Hubo un tiempo en que la literatura latinoamericana parecía condenada a cargar siempre con la misma etiqueta. Desde afuera y durante años, la prosa del continente era leída casi exclusivamente a través del realismo mágico. Ni siquiera es necesario nombrar a aquellos escritores que lo representaron.
Sin embargo, basta recorrer las mesas de novedades para descubrir que algo cambió. Hoy buena parte de los escritores más celebrados de la región prefieren imaginar futuros posibles antes que recrear pueblos míticos. Y esos futuros, lejos de estar poblados por galaxias lejanas, se parecen inquietantemente a la vida cotidiana.
Las novelas, desde hace algunas décadas, hablan de inteligencia artificial, cuerpos modificados, ciudades contaminadas, pandemias, algoritmos capaces de conocerlo todo o sociedades donde la democracia se volvió frágil. Pero, en realidad, hablan de nosotros. Antes el realismo mágico -entre otros géneros-; hoy, la ciencia ficción latinoamericana, encontró una manera distinta de hacer lo que siempre hizo la buena literatura: formular preguntas sobre el presente.
Argentina ocupa un lugar central en ese fenómeno. Agustina Bazterrica convirtió Cadáver exquisito en un éxito internacional con una historia que parte de una idea tan perturbadora como verosímil: un virus vuelve incomible la carne animal y la humanidad acepta criar personas para consumo. Más tarde, Las indignas volvió a explorar un futuro devastado, donde la escasez de recursos y el fanatismo reorganizan la vida de los sobrevivientes. Son novelas extremas, distopías nacidas de preocupaciones muy actuales: la crisis ambiental, la violencia y el deterioro del pacto social.
Algo similar ocurre con Samanta Schweblin. En Kentukis no hay grandes inventos imposibles: apenas unos muñecos conectados a internet que permiten observar la intimidad de desconocidos. El resultado es una reflexión sobre la exposición permanente, la vigilancia y la dependencia tecnológica, temas que hoy forman parte de cualquier conversación cotidiana.
Incluso novelas anteriores, como El año del desierto, de Pedro Mairal, anticipaban este camino. Allí Buenos Aires comienza a retroceder hacia un estado salvaje por una fuerza inexplicable. Nunca importa demasiado cuál es la causa; lo verdaderamente inquietante es ver cómo una sociedad intenta sostenerse mientras todo a su alrededor empieza a desmoronarse.
La enumeración, consecuencia de la creatividad de este lado del mundo, podría continuar y continuar.
Los nombres platenses
Dentro de esa generación aparece Martín Felipe Castagnet, platense y considerado una de las voces más originales de la narrativa argentina contemporánea. Sus novelas no construyen grandes epopeyas futuristas. Prefieren partir de una idea extraordinaria para observar comportamientos completamente humanos.
En Los cuerpos del verano, por ejemplo, imagina una sociedad donde la muerte deja de ser definitiva porque la conciencia puede permanecer almacenada hasta ocupar otro cuerpo. La pregunta no es tecnológica sino existencial: ¿qué ocurre con los afectos, los vínculos o la identidad cuando morir deja de ser un límite? En Los mantras modernos, en cambio, proyecta un mundo donde estar conectado ya no es una decisión sino una condición permanente, una prolongación natural de la vida cotidiana.
En alguna entrevista, el propio Castagnet sostiene que escribir literatura fantástica hoy es una forma de ser realista. Vivimos rodeados de tecnologías que hace apenas unas décadas parecían imposibles. En ese contexto, imaginar un pequeño paso más allá del presente permite comprender mejor el mundo que habitamos.
Pasado y presente
En realidad, la tradición argentina lleva décadas recorriendo ese camino. Mucho antes del auge actual, Adolfo Bioy Casares publicó La invención de Morel, una novela donde una máquina es capaz de conservar para siempre la imagen y la presencia de las personas. Leída desde el siglo XXI, la historia dialoga con conceptos como la realidad virtual o las identidades digitales. Tampoco puede quedar afuera El Eternauta, que convirtió una invasión extraterrestre en una de las grandes metáforas políticas de la literatura argentina.
Según Martín Castagnet, escribir ciencia ficción hoy, es una forma de ser realistas
Pero el fenómeno excede ampliamente las fronteras del país. La boliviana Liliana Colanzi mezcla ciencia, mitologías andinas y desastres ambientales; la uruguaya Fernanda Trías imagina ciudades donde respirar puede resultar letal; el boliviano Edmundo Paz Soldán utiliza epidemias y gobiernos autoritarios para explorar el miedo colectivo; mientras que la mexicana Gabriela Damián Miravete combina feminismo, ecología y tecnología en relatos donde el futuro nunca deja de tener raíces latinoamericanas.
Aunque el momento actual parezca novedoso, la historia del género todavía guarda sorpresas. Hace pocos meses, el poeta platense Julián Axat recuperó Los batracios de fuego, una novela publicada en 1982 por el escritor berissense Raúl Filgueira y prácticamente olvidada. En ella, unos misteriosos batracios luminosos atacan la destilería de YPF en Berisso. El rescate no solo devolvió a circulación un libro inhallable: también recordó que la imaginación futurista siempre tuvo representantes en la región, incluso cuando casi nadie hablaba de ciencia ficción latinoamericana.
El poeta platense Julián Axat recuperó Los batracios de fuego, una novela publicada en 1982 por el escritor berissense Raúl Filgueira
Los escritores no intentan adivinar cómo será el mundo dentro de cien años. Se hacen preguntas incómodas sobre el presente. Después de todo, los mejores relatos del género no buscan predecir el futuro: ayudan a entender por qué el mundo de hoy ya empezó a parecerse tanto a una novela de ciencia ficción.
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