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Cuando el lector se convierte en protagonista

Obras que invitan al lector a ser una pieza activa: elegir, combinar, saltar, volver atrás y hasta construir una versión propia del texto

así es la obra de Raymond Queneau, “cien mil millones de poemas” / web
rayuela, de julio cortázar, preculsora de las múltiples lecturas /web

Por Redacción

Leer no siempre significa avanzar de la primera página hasta la última. Hay libros que proponen detenerse, elegir un camino, regresar sobre los pasos o incluso modificar, sin tocar una sola palabra, aquello que el autor escribió. En esas obras, el lector deja de ocupar el lugar silencioso que tradicionalmente se le asignó y pasa a intervenir en la construcción de la experiencia literaria.

Uno de los antecedentes más extraordinarios de esta idea apareció en Francia en 1961, cuando Raymond Queneau publicó una obra concebida casi como una máquina poética. A partir de unos pocos textos y una estructura combinatoria, el libro permitía construir una cantidad descomunal de poemas diferentes. La importancia del experimento no estaba solamente en la cifra, sino en la pregunta que escondía: ¿quién escribe un poema cuando las piezas fueron dispuestas por un autor pero la combinación depende de quien lee?

La literatura del siglo XX encontró distintas maneras de responder. Julio Cortázar llevó esa inquietud a la novela con Rayuela, publicada en 1963. Su famoso tablero de dirección propone abandonar el recorrido lineal y saltar entre capítulos. El lector puede seguir el orden convencional, detenerse antes del final sugerido por el autor o aceptar el itinerario alternativo. La historia sigue siendo de Cortázar, pero la forma de llegar a ella ya no le pertenece por completo.

La operación tiene consecuencias más profundas que un simple juego formal. Cambiar el orden modifica el ritmo, las asociaciones y aquello que queda en primer plano. Dos personas pueden leer el mismo libro y, sin embargo, atravesar experiencias diferentes. El texto permanece, pero la lectura se transforma.

Décadas después, los llamados libros-juego llevaron esta lógica a la literatura infantil y juvenil. En las series conocidas como Elige tu propia aventura, una decisión tomada frente a una página conduce a otra. El lector decide qué hace el protagonista y, con esa elección, modifica el desarrollo de la historia. No existe un único recorrido: hay posibilidades, desvíos, errores, finales felices y otros menos amables.

En todos estos casos aparece una idea que también atraviesa buena parte de la literatura contemporánea: un libro no termina necesariamente cuando termina de escribirlo su autor. Se completa en el encuentro con quien lo lee.

Por nombrar otros ejemplos, en la trilogía de Cristian Acevedo -Matilde debe morir, Matilde debe vivir, Matilde debe matar- el lector es una pieza fundamental de la obra: es el protagonista debido a que toda la acción está puesta en su mirada.

Lo cierto es que por todo ello puede hablarse de una literatura colectiva, aunque no haya varios escritores sentados frente a la misma hoja. Lo colectivo aparece en la intervención. Cada lector aporta una decisión, un orden, una combinación, una interpretación. El libro se convierte entonces en un territorio abierto, capaz de producir distintas obras a partir de una misma materia.

Quizás ahí radique una de las posibilidades más interesantes de la literatura: que leer no sea únicamente recibir una historia, sino también participar de ella. El lector ya no es el pasajero al que le indican el recorrido. Es quien toma el mapa, elige dónde doblar y, al hacerlo, descubre que también puede construir el camino.

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