La palabra “polímata”, que viene del griego antiguo y significa “el que sabe mucho” y también “el que ha aprendido mucho”, sirve para definir a Juan Carlos Manchiola (1957- ) que ejerce y cultiva distintas disciplinas artísticas. En su caso se habla de un teórico y, a la vez, de un práctico en pintura, escultura, literatura y docencia. Al minuto de hablar con él, su entusiasmo parece propio del que anda en lo que más le gusta.
En la escuela industrial Fray Luis Beltrán, se recibió de técnico químico. Antes había cursado el primario en la escuela católica Agustín Roscelli. Al morir su padre que era empleado del Aeropuerto platense salió a trabajar para allegar recursos a su casa familiar.
En esa época había una ley que le reservaba a un hijo el empleo del padre fallecido. Así que trabajó unos meses en el Aeropuerto, de modo que algo de aeronáutica también sabe: “Pero esa ley fue derogada en 1976 por el gobierno militar, me echaron y tuve que salir casi de adolescente, a la lucha por el peso”, cuenta.
Nació en el barrio de Los Hornos, en donde vive. Tiene cuatro hijos de su primer matrimonio y ahora una nueva pareja, la geógrafa Silvina Lopardo Busquet.
Así que de chico fue a las calles, primero como vendedor ambulante de especies alimenticias y después de ropa. Dice que no le fue mal y que, terminado el secundario fue a Bellas Artes donde se graduó de licenciado y profesor de Pintura y de Historia del Arte, cátedras que ejerció unos años.
Eso hasta a principios de los 90, en que abrió un taller de Arte y Comunicación (el TAYC), “en el que entre otros fueron profesores Ricardo Rocambole, Lido Iacopetti, Andrés Compagnucci y Hermenegildo Sabat”.
Narra que el taller iba muy bien, hasta que fundió económicamente, con la crisis del 2000: “Pero no dejé de pagarle hasta el último peso a los profesores, no me quedó un centavo”, dice y se divierte al recordar aquel tiempo.
Técnico químico, profesor de Bellas Artes, escritor, restaurador de estatuas, pintor de cuadros, escultor en madera
El 7 de septiembre próximo concluye –como pintor de cuadros- una exposición de sus obras en el Museo de Arte Contemporáneo Beato Angélico platense ubicado en 47 esquina 16 y diagonal 73. Su director, Walter Di Santo, elogió esos trabajos. Acá valora Manchiola el rol de los museos: “en especial es una mala época para vender cuadros, porque en la Argentina no se ha sabido hasta ahora formar un mercado confiable”.
Empezó a escribir –editó libros de historia y de arte- , pero siguió con sus trabajos de pintura y escultura. Y también sigue siendo profesor de arte en el Normal 1 (sexto año), en la Escuela 80 ubicada en 29 y 63, y en la escuela Vergara de 28 y 63. Manchiola no abandona al profesor.
Hay que recapitular. Sobre la mesa del café donde avanza la entrevista, Manchiola apoyó una pila de libros, publicaciones en revistas científicas, CD, fotos de sus cuadros. Hay que catalogar el inventario de su vida, porque todo se parece a un gran lío en formación. Su caso debe ser parecido al de Xul Solar, aquel intelectual y artista argentino difícil de clasificar.
Técnico químico, profesor de Bellas Artes, escritor (libros de historia cultural, de arqueología, de reseña de sus trabajos como escultor y restaurador de estatuas en el barrio El Carmen –es experto en la historia del parque Pereyra Iraola-, pintor de cuadros, escultor en madera. Por las dudas se le pregunta si no está componiendo alguna sinfonía: “Todavía no..”, responde sonriendo- “aunque tengo mucho sentido musical. Cuando pinto o trabajo en alguna escultura, escucho a Mozart, Beethoven o Tchaikovsky. Y también me gusta el rock clásico”. Se extiende al hablar de música, se le humedecen los ojos cuando habla del Requiem de Mozart y parece sorprendido al señalar que “el ambiente artístico está lleno de Salieris…”.
La sinestesia, que es un fenómeno considerado neurológico que mezcla sensaciones de diferentes sentidos –alguien escucha una música y eso le hace ver un color, o ve un color y lo intenta escribir con palabras- es una percepción constante en la vida de este hombre.
De pronto recuerda a tres amigos que tuvo, tres grandes pintores de nuestra ciudad: Lido Iacopetti, Raúl Mazzoni y Carlos Pacheco. “Un día Lido me dijo…vos sos el Leonardo Da Vinci de La Plata, y a partir de ahí me pusieron ese calificativo…yo a veces pienso quién soy realmente…Y me digo que soy un ecléctico…que no me conformo con nada…pero creo que lo que más me siento es escultor”.
PINTOR, ESCRITOR
Ahora está exponiendo como pintor, “pero creo que siempre me gustó más la escultura, me siento más un escultor”. Escultor en madera, aclara. Y vuelve a la pintura para explicar que su Mona Lisa pintada –expuesta estos días en el Fra Angélico- la pinté primero el lápiz, pero en distintas etapas y a lo largo de muchos años le fui agregando un collage, que inclusive tiene fotos de la revista Hola…en fin es un cuadro grande de 1 metro de ancho por 1,20 de altura”. Al contrario de la Mona Lisa original que está en el Louvre, que es un cuadro muy pequeño.
“Pinto con distintas técnicas, con lápiz, con tinta o acrílico y con mucha variedad temática”, añade.
Como escritor recuerda que en 2007 viajó al NOA y se interesó en los mitos y en la simbología de los pueblos originarios del Noroeste argentino, para realizar una investigación de tipo arqueológica acerca de los estudios realizados por Bernardino Gómez (1878-1961), un fraile expedicionario que rescató piezas únicas en los departamentos Capital, Sanagasta, San Blas de los Sauces, Castro Barro, Arauco y Famatina de la provincia de La Rioja.
El cura Gómez dejaría como legado el hoy conocido Museo Arqueológico Regional Inca Huasi, en la ciudad de La Rioja, “que tiene piezas muy valiosas arqueológicas, halladas por él en sus expediciones, que exhiben restos materiales del pasado prehispánico en esa región”.
Manchiola viajó varias veces “y tuve la ayuda muy importante de la geógrafa Lopardo Busquet”. Todo este trabajo quedó compendiado en su libro titulado “Memoria entre las sombras” editado en 2022. Son algo más de 400 páginas en las que analiza también el legado de la conquista española. Participó además como autor de cuentos en Letras de América, Editorial CEAP, 2022.
El cura Gómez dejó como legado una institución con piezas arqueológicas halladas por él en sus expediciones, que exhiben restos materiales del pasado prehispánico en esa región. Asimismo, el libro rescata la memoria de todos aquellos hombres olvidados que tuvieron iniciativas y contribuyeron a conservar la herencia cultural propia de las comunidades prehispánicas.
Y cuenta que el cura Gómez, que vivió más de ochenta años, “realizó unas cincuenta expediciones con un viejo Chevrolet modelo 28, o lo hizo a caballo y mula para recorrer las sierras del Velazco y Famatina. Este personaje está a la altura del caudillo Facundo, del sacerdote Castro Barros, de Joaquín V. González, entre muchas otras figuras de la historia del país”.
Como escultor….bueno. No hay manera de abarcar la actividad de este hombre, autor en madera entre otras obras de un esquemático Guerrero Ancestral, una serie de esos guerreros que están tallados en chapadur, huecos por dentro, inspirados en los guerreros chinos de terracota: “Pero me inspiré al hacerlos en quienes combatieron en el norte contra los españoles, los soldados de Güemes y los guerreros calchaquíes”, dice.
Se consumieron los segundos cafés. Llega el ocaso de la entrevista. Se vuelve a la literatura. ¿Está escribiendo algo? “Sí…es una historia de ciencia ficción. Son habitantes de otros planetas que vienen a la Tierra a conocernos, llegan desde el espacio cósmico y están hechos de oro. Y ocurre que no saben hacer arte…Vienen para eso, para aprender qué es el arte….Y no cuento más”.
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