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Desagravio post mortem

Por RAÚL OSCAR CORTÉS

Nací y me crié a media cuadra de la estación de ferrocarril. Nuestra propiedad daba directamente a la calle; se ingresaba por un corredor que comunicaba con los otros departamentos ubicados a continuación del nuestro. Como no teníamos patio, el escenario natural para los juegos y el encuentro con mis amigos era, casi siempre, la vereda. Allí pasé mi infancia y parte de la adolescencia. Los años transcurridos no han borrado los recuerdos vívidos y pintorescos que aún conservo de aquellos tiempos.

Con el correr de los años, el barrio transformó su fisonomía casi por completo. Un edificio en particular, justo al doblar la esquina, se resiste al cambio y se conserva tal como lo conocí: por entonces el local albergaba una biblioteca pública del Partido Socialista. El encargado de custodiar su patrimonio bibliográfico y cultural era un señor paraguayo, bastante mayor, bajito y enjuto, de estampa más bien bohemia. Tenía una melena oscura que asomaba por debajo de su boina negra de algodón y una voz cavernosa, enronquecida de tanto fumar cigarrillos negros. Cuando le sobrevenían accesos de tos, se estremecía convulsionado y carraspeaba la flema de la nicotina. Su nombre era Ricardo Anaya; yo, que para esa época tendría unos ocho años, lo llamaba respetuosamente «Don Anaya».

Por las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, solía frecuentar la biblioteca. Al llegar, me instalaba en una de las mesas del recinto; la tenue luz de las arañas creaba un ambiente íntimo de recogimiento y silencio, solo alterado por el crujir de la pinotea del piso cuando alguien caminaba. Adosados a las paredes, rústicos anaqueles y estanterías de madera exhibían cientos de libros, publicaciones y revistas científicas y culturales. Don Anaya abría una de las vitrinas, retiraba dos enormes diccionarios enciclopédicos y los depositaba, solemne, junto al Manual Estrada y los cuadernos en los que yo hacía los deberes. «Para que consulte», decía. Las profusas ilustraciones en tinta negra de aquellos ejemplares añejos fascinaban mi imaginación infantil mientras recorría las páginas con verdadera unción, siempre bajo la sutil mirada vigilante del viejo Anaya que, desde una mesa cercana, leía y escribía. A medida que avanzaba en la secundaria mi concurrencia se fue haciendo menos frecuente, hasta que dejé de ir y su figura quedó en el olvido.

Con diecisiete años me trasladé a vivir y estudiar a La Plata. Tiempo después, volví unos días de vacaciones a la antigua casa. Una tarde me senté en el umbral de la vereda, allí donde de chico jugaba con soldaditos de plomo y autitos de Turismo Carretera; esta vez lo hacía en compañía de un libro de la Editorial Universitaria de Buenos Aires. En un momento de la lectura levanté la vista y lo vi venir desde la esquina. Era el viejo Anaya. No parecía muy cambiado en su aspecto general: solo un poco más encorvado, con las manos tomadas una con otra por detrás de la espalda, a la altura de la cintura. Caminaba chancleteando las alpargatas, dando pasitos cortos y arrastrados. Una ancha faja oscura le ceñía el talle con varias vueltas; llevaba la melena cubierta con la boina y el eterno cigarrillo negro entre los labios. Al aproximarse a donde yo estaba, se detuvo y preguntó:

-¿Qué lee?

Sin levantarme, con ademán displicente, estiré el brazo para mostrarle la tapa del libro.

-Las sectas judías en el tiempo de Jesús, de Marcel Simon -respondí, lacónico.

-Ah! -dijo él a su vez, con total naturalidad-, la traducción de ese francés es mía...

No sé si fue porque no lo oí bien o quizás porque no quise dar crédito a sus palabras, pero de seguro pensé que algo semejante sería, más bien, competencia exclusiva de un erudito aventajado. No podía ser obra de un individuo como él, a quien yo conocía y que vivía justo a la vuelta de mi casa. Lo cierto es que, después de algunos comentarios de circunstancia, Don Anaya siguió su camino y yo, mi lectura, sin más miramientos. Nunca más volvimos a vernos. Supongo que habrá muerto antes del fin de siglo.

Después de cuatro décadas de desempeño docente, llevo ya varios años «felizmente» jubilado. Por tal motivo, decidí desprenderme de casi toda mi biblioteca, aunque todavía conservo unas pocas obras selectas. Ofrecí los libros de Psicología a una sobrina de San Juan; los de Comercialización junto con los de Relaciones Humanas a otra que estudiaba en la UADE; los de Filosofía se los había prometido a un amigo y los de Teología los despaché al convento donde profesa una cuñada carmelita. Antes de empacarlos, revisé cada uno con la intención de retirar cualquier anotación manuscrita. Así fue como me topé otra vez con el ejemplar de Marcel Simon. Al abrirlo en la primera página, leí en el reverso de la hoja: «Colección Cuadernos de Eudeba, Nº 68. 1962. Traducción de Ricardo Anaya».

De pronto, con el volumen entre las manos volvió a mi mente aquel pasajero encuentro con Don Anaya en la puerta de casa y recordé sus palabras al reconocer como suya la traducción del francés. Llevado por la curiosidad, más tarde busqué noticias acerca de él y de su trabajo en internet; me sorprendió constatar la enorme cantidad de obras que ese hombre silencioso había vertido a nuestra lengua. Su erudición políglota nos había familiarizado con intelectuales de la talla de André Piganiol, Émile Mireaux, Serge Hutin, René Grousset, Pierre Grimal, Louis Bodin, además de Marcel Simon.

Esa comprobación tardía -oculta en una página en la que jamás había reparado- cuestionó con contundencia mi comportamiento pueril, desconsiderado e irreverente de aquella tarde. Sentí que la realidad, irrefutable, me asestaba un duro golpe: después de cuarenta años, por fin verificaba su afirmación de autoría y lograba dimensionar su vasta ciencia. Descubrir semejante genialidad fue una provocación directa a la estrechez de mi conciencia, el inicio de una grieta irreversible en mi forma de entender el talento. Comprendí entonces que detrás de su desaliño no había desidia, sino una renuncia deliberada a lo accesorio para habitar la hondura de las palabras.

Evocar la escena hace que regrese hoy con fuerza volcánica, sacudiéndome con crudeza al recordar cómo, obnubilado por mis rígidos prejuicios de juventud, pretendí descalificarlo al no reconocer sus capacidades mentales. Me dejé arrastrar por la altivez juvenil, decretando con arrogancia que de un hombre con esa traza no podía brotar nada valioso. Su obra, sin embargo, trastocó por completo mi perspectiva ante el mundo y los demás: me enseñó a mirarlos con mayor benevolencia, desmantelando de raíz mi soberbia pasada.

Por esta razón es que, aquí y ahora, hago público un acto de justicia y desagravio post mortem a la memoria de Don Ricardo Anaya. Celebro la impronta original con que supo encarar tan fecunda labor intelectual, imbuido de una natural bonhomía campechana -ocasionalmente incomprendida por mí- que lo elevaba por sobre los estereotipos convencionales de su época.

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