Felicito a la argentina y bahiense Amina Helmi por haber recibido el importante premio Kavli de astrofísica recientemente en Oslo, Noruega, por su intrigante (aunque incomprensible) investigación sobre las marcas de sistemas estelares absorbidos en el espacio (¿?).
Helmi descubrió un fenómeno astronómico ocurrido allá afuera hace entre 6 mil y 9 mil millones de años, en los inicios de la historia de la Vía Láctea, de cuyo polvo cósmico venimos los humanos. Ésta astrónoma o astrofísica está estudiando una gran colisión cósmica llamada Gaia-Encédalo, sucedida hace unos 10 mil millones de años, cuando ni siquiera existía el Sistema Solar... 1 millón de dólares otorga este premio. Nada mal, por cierto, por algo que nunca nadie entenderá ni a nadie le cambiará la vida.
¿Por eso, premio a qué? Premio a lo totalmente incomprensible, a lo que jamás podrá abarcar la mente humana ni la más afiebrada de las imaginaciones. Personalmente, nunca podré entender ni aceptar como “normal” que alguien pueda estar observando tranquilamente en la pantalla de una computadora el momento en el que una estrella dejó de existir (y brillar) hace millones de años; jamás convenceré a mi mente que la luz “viaja” por el espacio a 300 mil kilómetros por segundo; jamás podría concebir un supuesto “Big Bang” a partir del cual el Universo comenzó a existir (¿y antes? ¿La Nada misma? ¿Cómo es posible que de la Nada surja “algo”? ¿El dedo de Dios, tal vez?); nunca entrará en mi terrena imaginación la supuesta existencia de universos paralelos, aunque por ahora ésto sea solamente una hipótesis de la física. Jamás lograré entender tampoco ni abarcar en mi mente la Teoría de las Cuerdas, que postula la existencia de 11 (sí, once) dimensiones, de las cuales nosotros, simples mortales, percibimos sólo tres...
No puedo dejar de pensar entonces en la histórica miseria humana, en la pobreza extrema de miles de millones de personas en todo el mundo, en las guerras de antes y de ahora, en los millones de niños con hambre, en el vil narcotráfico, en la OTAN, en presidentes crueles, belicistas y completamente insensibles como Trump, Milei y tantos otros, en miles de seres humanos valiosos -como lo fue el gran René Favaloro- que ven su única salida en el suicidio... para así convertirse en las verdaderas estrellas, de las que seguramente emanará el polvo cósmico que se derramará en otros mundos para empezar de nuevo.
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