Frente a lo inevitable, múltiples son las estrategias destinadas a morigerar sus efectos. Sin embargo, ninguna es de carácter universal y garantiza un resultado infalible.
La muerte invade y cercena. Despoja de manera aviesa. Es cruel frente a los estrechos vínculos personales existentes. Los agrede y convierte en vana toda pretensión eterna. Obliga a suturar heridas y a sanar almas con gangrena.
Iluso es quien se autodefine inmune y asegura estar preparado para combatir eficazmente sus consabidas secuelas. Es probable que muchos, a través de los años, se animen a desafiar sus estragos con diferentes consuelos. Pero serán sólo eso: paliativos para intentar evitar la fuga de acaudalados sentimientos sin freno.
En el caso de las parejas y las amistades, el final puede intuírse pero no dimensionarse cabalmente. La estrategia defensiva mental, ante lazos arraigados pero ahora truncos, se elabora teóricamente y naufraga, a menudo, ante la contundencia de los sucesos.
La fórmula adoptada, frente a la crisis afectiva, es forzosa e inevitable. Clave para disimular su temible impacto. Muchas veces consiste en pedir ayuda psicológica, recluirse en el amparo de amigos o ser permeable al despertar de ocasionales uniones. Un acentuado tránsito por lecturas, deportes o viajes, suele ser otra alternativa. Por lo general, todo surge como opción que, la víctima afectada, se propone o acepta de parte de los demás.
Cuando la receta prescripta no da fruto, hay desánimo. Cuando la terapia brindada es inocua, se extiende un abrasador dolor interior. Una pena paradojal ya que, aunque carece de voz, precipita un atronador y elocuente eco.
SUSCRIBITE a esta promo especial