En una escuela pública argentina, el comienzo de 1971 queda marcado por una fotografía anticipada. Los alumnos de séptimo grado posan para un retrato que, según el nuevo director, busca preservar el recuerdo de los compañeros antes de que sus caminos se separen. Pero la infancia empieza a quedar atrás de una manera menos ordenada de lo que esa imagen pretende registrar.
En ese escenario transcurre El carapálida, la primera novela de Luis Chitarroni, que circula tras su primera edición de la mano de interZona. La trama se instala en ese momento incierto en el que los chicos dejan de ser niños, pero todavía no terminan de convertirse en jóvenes.
La muerte accidental de uno de los alumnos altera ese pasaje. El compañero fallecido aparece ante los demás como una presencia fantasmal, mientras la escuela se convierte en el espacio donde conviven los últimos momentos de la infancia, los vínculos entre compañeros y aquello que empieza a cambiar alrededor de ellos.
La novela recupera así una edad de frontera: los doce o trece años, cuando crecer puede ser una posibilidad deseada y, al mismo tiempo, una forma de pérdida. La fotografía escolar funciona como una anticipación de esa separación. Los chicos todavía están juntos, pero ya existe la conciencia de que ese grupo no permanecerá intacto.
Chitarroni construye ese mundo cerrado de la escuela y lo atraviesa con elementos que exceden la experiencia infantil. Según una lectura incluida en el material de la reedición, la novela muestra cómo en una escuela de barrio comienzan a actuar fuerzas que no estaban contempladas en los modelos tradicionales de educación ni en las miradas nacionalistas y católicas de comienzos del siglo XX.
La obra ocupa un lugar particular dentro de la producción de Chitarroni, escritor, ensayista, editor y, sobre todo, lector. A lo largo de su trayectoria estuvo vinculado con distintas generaciones de escritores argentinos y desarrolló una escritura reconocida por su densidad y por una particular relación con el lenguaje.
En El carapálida, sin embargo, esa exploración literaria se concentra en un territorio reconocible: un grado escolar, sus alumnos y ese instante en que una etapa está terminando aunque todavía no sepan exactamente qué viene después. La novela convierte ese pasaje en materia narrativa y vuelve sobre una experiencia que, en lugar de quedar fijada en una fotografía, permanece abierta en la memoria.
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