marhila2003@yahoo.com.ar
El humor no solo es un recurso frente al dolor que ofrece un mundo salido de quicio. También, sin quererlo y por el solo hecho de serlo, el humor alimentado en las redes es un arma para hostilizar al poderoso, al déspota, al enemigo en las guerras. Si no quedan piedras para arrojar, aparecen los chistes. No hace mucho, el dramaturgo y actor italiano Darío Fo dijo que “la sátira es el arma más eficaz contra el poder. El poder no soporta el humor”.
El humor no deja de latir aun cuando, en la actualidad, se dirimen en el planeta más de 130 conflictos armados, el doble que hace 15 años. No se habla solo de guerras tradicionales entre países, sino también de milicias autónomas enfrentadas, grupos paramilitares y organizaciones que batallan entre sí por negocios criminales.
El mundo está infiltrado por una violencia variopinta que lo está colocando al borde del colapso. Sin embargo, el humor involucrado en ella, víctima de ella, preso o muerto por ella, sigue vivo y palpitante. No intenta ser agresivo, pero naturalmente está llegando a serlo. Sobran los poderosos a los que un chiste sobre ellos puede abatir con la precisión de una bala de plata.
Los últimos datos disponibles, de diciembre de 2025, señalan que casi 120 millones de seres humanos se encontraban en situación de desplazamiento forzoso o exilio y que, en los últimos días, con los 50.000 migrantes de Marruecos que se sumaron a los desplazamientos hacia España, son aún más. Pero entre ellos también el humor busca oxígeno y respira, pese a que muchos migrantes cruzan a nado y terminan bajo las aguas. Un chiste marroquí dice que un migrante le contesta a un amigo: “Prefiero aprender a nadar, porque si me quedo en la playa me muero de hambre”.
UCRANIA
Hace casi cinco años que sobre Ucrania llueven misiles, drones y amenazas de guerra nuclear. El humorista ucraniano Anton Tymoshenko dijo sobre la hipótesis de un ataque nuclear: “Nunca me preocupé por un ataque nuclear. Sé que matará a la gente rica del centro de Kiev. Yo vivo en las afueras. Antes de que la radiación llegue a mi casa, tendrá que hacer dos transbordos en el metro”.
También aludió al frecuente estallido de los drones, cuyo sonido sería menos estruendoso que el de misiles o bombas. Allí utilizó el humor negro: “Lo triste es el ruido que hacen los drones kamikaze. Suenan muy poco motivadores, como la forma más barata de morir”.
Y si se habla de comediantes en Ucrania, su actual presidente, el poco convencional Volodímir Zelenski, que antes fue actor de comedias y alcanzó gran popularidad, ironizó sobre el presidente ruso, Vladímir Putin, al decir que, si Putin faltara algún día, la guerra terminaría de inmediato porque no se podría encontrar a ninguna persona en el mundo con ese mismo nivel de obsesión por invadir Ucrania.
EL FUNDAMENTALISMO
Ya en curso la guerra de Irán, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se equivocó en una declaración y llamó “Golfo Árabe” al “Golfo Pérsico”. La represalia por ese error estuvo a cargo de una cincuentena de historietistas iraníes que organizaron en Teherán una exposición para ridiculizar esa equivocación.
El organizador del encuentro, el dibujante y director de los estudios iraníes de animación, Seyed Masoud Shojaei Tabatabaie, afirmó que “existe en Irán una larga tradición satírica y, por lo que vemos, la gente no critica a Trump, sino que se burla de él. Los caricaturistas son muy populares en Irán, por eso decidimos que una exposición de caricaturas sería una respuesta razonable a los nuevos insultos de Trump”.
Claro que en sectores encumbrados de Irán campea el fundamentalismo más intransigente y nada chistoso. Las prohibiciones crecen como hongos y, entre la generosa gama de censuras, a las mujeres iraníes se les prohíbe bailar en público. Además, por ley deben llevar un velo que les cubra el cabello y el cuello, de modo que muchas optan por cubrirse enteramente con una tela grande llamada chador.
Existe en Teherán un cuento humorístico anónimo que dice que, si una mujer va por la calle y escucha que propalan su música preferida, “lo que debe hacer es quedarse completamente rígida y fingir que es una estatua de la Revolución”. El humorista árabe Maz Jobrani no deja de poner entre ridículas comillas la moral de un régimen tan dadivoso a la hora de mutilar libertades.
El fundamentalismo batió récords de intolerancia contra el humor. El peor atentado registrado en Francia en los últimos cincuenta años fue el perpetrado contra la revista satírica e izquierdista Charlie Hebdo, el 7 de enero de 2015, en París. Se trató de una represalia por la publicación de caricaturas de Mahoma.
Al mediodía de esa jornada, dos personas que pertenecían al grupo fundamentalista Al Qaeda ingresaron con fusiles de asalto Kalashnikov y mataron a 12 personas en la redacción, mientras que otras 11 resultaron seriamente heridas. El lugar quedó en ruinas. Pocos días después, la policía francesa identificó y abatió a los terroristas.
En la Argentina, la relación entre “poder y humor” tuvo un episodio resonante en 1966. Fue cuando el recién asumido presidente, el general Juan Carlos Onganía, que proyectaba un gobierno sin finalización a la vista —“esta Revolución no tiene plazos, tiene objetivos”—, decidió clausurar la revista de humor Tía Vicenta porque lo había caricaturizado como una morsa, por sus tupidos bigotes.
ONGANÍA Y LANDRÚ
La revista vendía 100.000 ejemplares y había sido creada por Landrú (Juan Carlos Colombres), un humorista de costumbres de primer orden. Le explicaron desde la Presidencia que a Onganía no le gustaba la revista. Landrú no se arredró y contestó que “si no le gustaba, lo que tenía que hacer era no comprarla”.
Pocos deben recordar los nombres de quienes acompañaron al general golpista en la Casa Rosada. En cambio, en Tía Vicenta colaboraban Quino, Caloi, Copi, Faruk, María Elena Walsh, Hermenegildo Sábat y Conrado Nalé Roxlo, entre otros talentos. ¿Quién tuvo más poder? ¿El poder o el humor? ¿Quién ganó, Onganía o Landrú?
EL PAJARITO
En julio de 2014, con el pueblo ya acosado por un régimen autoritario, Nicolás Maduro sorprendió a la población cuando dijo que un pajarito —silbando— le habló y le contó que el fallecido Hugo Chávez estaba feliz y que le mandaba bendiciones.
El “pajarico” silbador volvió a encontrarse con Maduro días después, en una capillita, y el presidente volvió a hacer pública la charla mantenida: “Yo voy a confesar que otra vez se me acercó un pajarito y me dijo: ‘No se lo vayas a decir a nadie’, así que ustedes no se lo cuenten a nadie, que el Comandante estaba feliz, lleno de amor de su pueblo, de la lealtad de su pueblo, él está orgulloso, feliz, no se lo vayan a contar a nadie”, comentó.
Venezuela está poblada de gente chistosa y el diálogo de Maduro, que entre trinos y silbidos le traía desde el más allá mensajes de Chávez, fue festejado a carcajadas por la población. Y como la censura aún no había cerrado las compuertas del humor, en la televisión venezolana se hizo mucho humor con ese dúo.
“De cada situación sacamos un chiste, de las tristezas o las tragedias”, dice el intelectual y cineasta venezolano Alejandro Liendo, autor del Diccionario Venezolano. “Desde que nacemos somos inmunes a las dificultades o al dolor, ya que todo lo mitigamos con humor”, añade. Cuesta aceptarlo, pero eso forma parte del juego entre el poder y el humor.
Ahora bien, la ola delictiva que reinaba en Venezuela hace unos seis años —que también robaba en las casas de muchos chavistas— hizo que se estampara una frase que quedó para la memoria. Corrían los tiempos de la pandemia y el aforismo hizo ruido: “En Venezuela no sabemos si usar barbijos o chalecos antibalas”.
EL GRAN DUELO
El gran duelo “poder-humor” es el que se planteó entre Adolf Hitler y Charles Chaplin. Este último se burló del Führer en su película El Gran Dictador, estrenada en 1940, que se convirtió en una sátira feroz del nazismo.
Nacidos con cuatro días de diferencia, parecidos en algunos rasgos y ambos con bigotito de cepillo, el humorista enfrentó, provisto solo con el escudo del arte, al dueño del mayor ejército mundial de aquella época.
Chaplin logró que su Hitler bailara y jugara al fútbol en su despacho con un mapamundi. Lo hizo desgañitarse hasta el grotesco frente a multitudes que lo saludaban con el brazo derecho en alto. Lo ridiculizó por completo. Y hace poco tiempo se pudo descubrir un registro que mostraba el nombre de las películas que Hitler había visto en el búnker y el día en que las vio. Y allí figuraba, con el detalle de las fechas, El Gran Dictador, el film de Chaplin que Hitler vio en dos oportunidades.
¿Quién ganó?
La sátira es el arma más eficiente contra el poder: el poder no soporta el humor.
SUSCRIBITE a esta promo especial