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“El mal querer”: cuando el amor duele y la escritura salva

Entre el realismo crudo del litoral y el thriller psicológico, la novela explora la “nebulosa” del trauma y la red de complicidades institucionales que sostiene la violencia en la Argentina contemporánea

Oriunda de corrientes, Tognola es docente, comunicadora y escritora / Web

Por Por FRANCISCA LORENZO

florenzo@eldia.com

Una chica del litoral desaparece en Buenos Aires. Ese es el punto de partida de “El mal querer”, la primera novela de Virginia Itatí Tognola. Pero la desaparición no es el verdadero misterio: el misterio es cómo se llega hasta allí; cómo una joven con nombre, cuerpo y deseos propios termina convertida en un expediente que nadie quiere resolver, en una historia que el poder prefiere enterrar.

Publicada en mayo de 2026, la novela funciona como un artefacto de doble entrada. Por un lado, el diario íntimo de Silvina Escupidero, escrito mientras atraviesa una relación con Gabriel González Prieto, un joven de familia acomodada que la manipula, la aísla y la somete a una violencia que empieza siendo invisible y termina siendo devastadora. Por otro, la bitácora de Andrés Muñoz, un investigador improvisado contratado —con cruel ironía— por el propio agresor para asegurarse de que no haya rastros que lo impliquen.

Estas dos voces, aunque parecen correr por carriles separados, terminan construyendo el mapa de una misma violencia. Silvina habla desde la experiencia inmediata: con furia, contradicción y desconcierto, en un registro fragmentado que muchas veces parece ir más rápido que su propia comprensión de los hechos.

Publicada en mayo de 2026, la novela de Tognola funciona como un artefacto de doble entrada

Andrés ocupa el lugar opuesto. Su relato es más frío, más racional, aunque también está atravesado por la incertidumbre: investiga sin saber bien qué busca ni qué implicancias tiene aquello que empieza a descubrir. La propia Tognola explicó que la aparición de Andrés surgió cuando entendió que Gabriel “no debía contar propia su historia, sino que debía ser contado por los demás”. El efecto más interesante aparece justamente en esa alternancia: la novela deja que el sentido se construya en la fricción entre ambas perspectivas.

MUJERES COMPLEJAS, NO VÍCTIMAS PERFECTAS

Tognola construye personajes femeninos que no aspiran a la santidad. Silvina bebe, desea, miente, se contradice, es capaz de ser cruel. No es una víctima inmaculada: es una persona. Y eso, dentro de una narrativa sobre violencia de género, tiene un peso político considerable.

“Mostrar mujeres sucias, que tienen muchas capas psicológicas y oscuridades”

La novela parece hacerse cargo de algo que los medios y la justicia suelen hacer al revés: en lugar de examinar la vida privada de las víctimas para decidir si merecían lo que les pasó, la autora invierte el mecanismo. “En la novela quería hacer el camino inverso, mostrar mujeres sucias, que tienen muchas capas psicológicas y oscuridades y no por eso no dejan de merecer una vida digna”, afirmó la autora.

Por eso ni Silvina ni las demás mujeres que atraviesan violencia machista en la historia responden al modelo de la “víctima perfecta”. Como dice Tognola, “no son damiselas en peligro”. Son personajes contradictorios, incómodos, incluso funcionales por momentos a la violencia estructural de la que intentan escapar. Y justamente ahí aparece uno de los mayores aciertos de la novela: entender que la complejidad moral de una mujer no disminuye el horror de la violencia ejercida sobre ella.

El cuerpo de Silvina es también un territorio de conflicto. El consumo de sustancias, el embarazo no deseado y la autodestrucción aparecen narrados sin espectacularización ni corrección moral. “Sufre tanto que el padecimiento corporal al que se somete es totalmente insignificante para ella”, explica la autora. Hay una crueldad contenida en cómo Tognola escribe esos pasajes: sin complacencia, pero también sin frialdad.

EL LITORAL COMO LENGUA

Tognola —nacida en Esquina, Corrientes, y formada entre el cine, el periodismo y la edición— no escribe desde Buenos Aires hacia el litoral, sino desde adentro de una identidad desplazada. Los modismos litoraleños (guaina, angaú, caú, gurisada) no funcionan como decoración pintoresquista: son marcas de pertenencia que sobreviven incluso cuando los personajes cambian de geografía.

“Los modismos y términos locales ayudan a construir una identidad muy específica, tanto de los personajes como de su mundo. Silvina viene del litoral y carga con una forma de hablar, de recordar y de vincularse que no desaparece cuando cambia su geografía”, señala la escritora. La novela mezcla expresiones del litoral, habla urbana porteña y modismos latinoamericanos más amplios porque sus personajes viven desplazándose entre tensiones: provincia y ciudad, intimidad y vida social, precariedad y dinero, ternura y violencia.

El resultado es una prosa áspera e íntima al mismo tiempo, que no busca neutralidad estilística y que encuentra justamente en esa mezcla una voz propia.

Esta territorialidad también aparece en el plano espiritual. Cuando Silvina huye, se aferra a una religiosidad popular —la Difunta Correa, curanderas, rituales litoraleños— que convive sin conflicto con la racionalidad técnica que Andrés intenta sostener. Son, simplemente, las herramientas disponibles para cada personaje según su historia y su mundo.

POLICIAL NEGRO DE PROVINCIA

La estructura de “El mal querer” es constitutivamente fragmentaria: fechas, horarios, entradas de diario, lecciones de manuales detectivescos. Esa fragmentación no funciona como mero artificio formal. “La construcción fragmentaria de la historia fue una de las decisiones constitutivas. Siempre estuvo la idea de que se cuente de a retazos porque de esa manera se dilata la historia principal y el suspenso crece. Además, lo fragmentario abre la posibilidad de arrancar muchas líneas narrativas simultáneas que no necesariamente tienen que cerrar, que están ahí para contar mejor ese mundo y sus habitantes”, explicó Tognola.

La novela no organiza el caos: lo reproduce. Los fragmentos dilatan el suspenso, abren líneas narrativas que no necesariamente cierran y construyen un mundo más que una intriga clásica. La desaparición importa menos como enigma policial que como síntoma social.

Aunque Tognola asegura que inicialmente no pensó la novela como policial negro, el género termina apareciendo de manera inevitable: la víctima invisibilizada, el detective improvisado, la complicidad entre dinero y fuerzas de seguridad, el viaje como investigación moral. Incluso las referencias culturales que atraviesan el libro —Truman Capote, Bajos instintos, la televisión basura, las telenovelas— revelan los materiales culturales con los que la autora arma su universo.

UN FINAL QUE NO OFRECE CONSUELO

El tramo final de la novela cambia de tono. Silvina escribe cartas a su hijo por nacer y la desesperación parece desplazarse hacia una forma precaria de esperanza. Pero Tognola se encarga de desmontar cualquier lectura tranquilizadora: “Cada lector tendrá su visión, pero yo no creo que el final sea feliz. Ella sigue escapando, se aferró a lo poco que tenía como seguro y huyó. Para salir de toda esa violencia tuvo que dejar su vida entera atrás. No pudo resolver, su porvenir es un caos por ordenar. Sin embargo, aún en esas condiciones ella expresa ese cambio de tono que pareciera ser positivo”.

Prosa áspera e íntima que no busca neutralidad estilística y que tiene voz propia

La huida no resuelve el daño. Apenas abre una posibilidad de supervivencia.

Es justamente esa negativa a ofrecer reparación fácil lo que vuelve a “El mal querer” una novela literariamente honesta. El origen mismo de la novela está atravesado por su experiencia de violencia. La autora contó que la escritura surgió luego de reencontrarse con diarios personales escritos durante una relación abusiva: “Me encontré con registros caóticos, llenos de odios, de bronca, amor, de emociones y deseos contradictorios y me sentí extraña, como si esa persona que escribió fuera alguien desconocido para mí”.

Tognola no escribe para consolar ni para bajar línea moral; escribe para exponer conflictos humanos sin anestesia. “Independientemente de la interpretación de un final, creo que la literatura no ofrece salidas porque su objetivo es mostrar conflictos humanos. A mí me gusta mucho la literatura que intenta despertar preguntas, no respuestas, y eso intento replicar en mis textos”, afirma.

En esa incomodidad reside buena parte de la potencia del libro.

Con esta primera novela, Virginia Itatí Tognola aparece con una voz ya formada, una sensibilidad política que nunca necesita volverse consigna y una capacidad narrativa que no parece un debut. “El mal querer” es una novela que incomoda, hiere y permanece. Como las mejores.

EL MAL QUERER
VIRGINIA ITATÍ TOGNOLA
Editorial: Caburé
Páginas: 192
Precio: $30.000
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