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A cincuenta años del golpe de Estado, la ópera prima de Pablo Torres narra la sospecha de un músico de rock que cree ser nieto de desaparecidos. Editada por Corregidor, la novela cruza ficción, investigación social e historia reciente.
Ciriaco Pizzutti abre la puerta de su casa en Montserrat vestido de corto, con una remera de un chimpancé estampado en el pecho, y dice apenas “Chino” a modo de saludo. Es guitarrista de León Trotsky y la Gillette, una banda de rock en ascenso, y detesta las entrevistas casi tanto como el silencio le pesa esa tarde. Cuando por fin habla —después de mate, de Yupanqui sonando en un parlante y de que su pareja lo obligue a “contarle” al periodista que los visita— dice una sola frase, sin adornos: “Creo que soy nieto de desaparecidos”.
Esa escena, con la que arranca “El mar vacío”, la primera novela del escritor y exintendente bonaerense Pablo Torres, funciona como detonante de una historia que la editorial Corregidor presentó este año dentro de su colección Narrativas al Sur del Río Bravo. El libro —con prólogo narrado en primera persona por un periodista de rock que se convierte en testigo y casi en investigador de la búsqueda— fue parte de la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la mesa “Ficciones argentinas a 50 de nuestra noche más oscura”, junto a las autoras Ana Silvia Galán y Andrea Suárez Córica.
UNA FICCIÓN QUE NACE DE UNA INVESTIGACIÓN TRUNCA
Torres, licenciado en Trabajo Social por la UNICEN y autor previamente del ensayo “Votos, chapas y fideos: clientelismo político y ayuda social” (2001), cuenta que la idea nació como inquietud de trabajo de campo. “Hace unos diez años, alrededor del 2015, me percaté del problema de la identidad de los hijos apropiados, que se prolongaba a partir de que iban teniendo sus propios hijos”, explica. Con colegas de distintas disciplinas —ciencia política, psicología, trabajo social— intentó entonces una investigación formal sobre el impacto de la apropiación en la generación siguiente a los propios hijos de desaparecidos. “No nos dio para hacer la investigación, pero me quedó el tema”, resume en el prólogo del propio libro, “que pasó de la no ficción a la ficción”.
Ese material —entrevistas a hijos apropiados ya restituidos que para entonces tenían sus propios hijos, lecturas teóricas, consultas con Abuelas de Plaza de Mayo— quedó archivado varios años, interrumpido además por la gestión de Torres como intendente durante la pandemia. “La empecé a re-vivir pero como si la hubiese escrito otra persona”, dice sobre el regreso a la escritura. El resultado es una novela que se apoya en documentación real sin pretender ser un texto de investigación: la ficción, dice, le permitió “poner en la agenda pública” un tema “del que aún se habla poco”.
LA INTUICIÓN COMO MOTOR NARRATIVO
El eje de la trama es la sospecha de Ciriaco, que no cuenta con pruebas sino con una convicción difusa que se agudiza cuando se entera de que va a ser padre. Torres construyó ese mecanismo a partir de casos reales: “Varios hijos apropiados iniciaron el proceso de descubrir su propia identidad a partir exclusivamente de una intuición, así que es algo que también se verifica en la vida real, no solo en la ficción”, señala. Y agrega una lectura sobre la paternidad inminente como catalizador: “Cuando uno es padre, cambian muchas cosas, se ponen en duda muchas de las anteriores certezas. A Ciriaco le pasa eso no quiere legarle la incertidumbre que él habita”.
El título tiene un origen filosófico explícito. “Se lo robé a Nietzsche, que en ‘Así habló Zaratustra’ en un momento dice: hemos matado a dios, hemos vaciado el mar”, cuenta el autor. “Me pareció una imagen muy potente: un mar sin agua, un mar vacío; sentí que no saber de dónde venís o quién sos es sentir la misma angustia que al estar frente a un mar vacío”.
Ese trabajo con la imagen y con la intuición como fuerza narrativa se nota también en la construcción del narrador: un cronista de rock, ajeno a la militancia política tradicional, que registra los hechos casi en tiempo real —el propio Torres publicó primero estos capítulos como entradas de blog— y que usa la música, sobre todo el folklore y el rock nacional, como lenguaje emocional de los personajes.
SIN ÉPICA NI ESTEREOTIPO
Uno de los logros que reivindica Torres es haber esquivado el lugar común del “hijo militante” en el personaje de Ernesto, el padre de Ciriaco, que se niega a acompañar la búsqueda de su hijo. “Ernesto no es el hijo de desaparecidos típico, el militante, sino es un tipo de guita, bastante desagradable, preocupado por cuestiones más individuales. Traté de hacerlo antipático”, explica. La elección tiene un correlato biográfico: “Yo vengo del micromundo de la militancia política, traté de hacer gente poco parecida a mí”.
Esa distancia deliberada convierte a “El mar vacío” en algo más que una novela “de tema dictadura”: el derecho a no querer saber, encarnado en el padre, tensiona todo el tiempo al derecho a saber que persigue el hijo, sin que la ficción tome partido de manera esquemática.
“NO ES UNA NOVELA SOBRE EL PASADO”
El dato que más repite Torres en la entrevista es de orden estadístico y también político: según cifras públicas de Abuelas de Plaza de Mayo, hasta agosto de 2026 la organización lleva restituida la identidad de 140 nietos y nietas apropiados durante la última dictadura, mientras se estima que todavía hay alrededor de 300 casos sin resolver. Y ese número, advierte el autor, no es estático: “Aquellos bebés apropiados por la dictadura hoy tienen alrededor de 50 años, ya muchos tendrán sus hijos, que andarán en los veintipico de años. El delito de apropiación de la identidad se sigue reproduciendo a más de 40 años de finalizada la dictadura”. De ahí el énfasis con el que corrige cualquier lectura nostálgica de su propio libro: “La novela no es sobre el pasado, es sobre lo que ocurre hoy y lo que ocurrirá mañana”.
La pregunta se vuelve más urgente, dice, en un contexto de recambio generacional dentro del propio movimiento de derechos humanos. “Las Madres y Abuelas están partiendo, por una cuestión lógica de la biología, pero tienen recambio en nuevas organizaciones, como Hijos o Nietes. Estamos en un contexto desfavorable donde todo se pone en duda con un negacionismo atroz”, sostiene, y le atribuye a la literatura un rol específico: “colaborar en poner estos temas en la agenda pública, en ayudar a pensarlos, en reflexionar sobre ellos”.
UNA PREGUNTA UNIVERSAL, UN CASO PARTICULAR
Torres insiste en que la búsqueda de origen que atraviesa a Ciriaco no es exclusiva de las víctimas del terrorismo de Estado. Cuenta que, tras la publicación del libro, una lectora le escribió para contarle que se había enterado a los 50 años de que no era hija de quienes la habían criado, sin relación alguna con la dictadura. “La identidad es una construcción que todos hacemos paulatinamente”, resume, y agrega que la apropiación de niños “no es algo que inventó la dictadura”: “Siempre se robaron niños en Argentina. La historia argentina está llena de ejemplos de apropiación de niñas y niños”.
Esa doble escala —el caso puntual de los Pizzutti y la pregunta más amplia sobre el origen como estructura biográfica— es lo que sostiene la lectura de “El mar vacío” más allá del público ya interesado en la memoria, verdad y justicia. Con prosa directa, capítulos breves y un ritmo que debe buena parte de su agilidad al origen del texto como crónica publicada por entregas, la novela de Torres llega a las librerías en un año en que la pregunta sobre quiénes faltan por encontrar sigue, según sus propias cifras, completamente abierta.
Editorial: Corregidor
Páginas: 208
Precio: $29.500
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