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El misterio del signo oculto

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Por RAÚL OSCAR CORTÉS

El periódico en el que me desempeño como reportero deportivo, publicó hoy en su edición del Suplemento de Escritores, el inicio del “Segundo Concurso de Cuentos Eróticos”, con el fin de promover y distinguir escritores inéditos, sobre todo entre los jóvenes. Poder intervenir en un evento como ese me interesó desde el momento en que me enteré. Pensé: si obtengo uno de los premios con un cuento, de conflicto bien concebido y escrito en buen estilo, podré convertirme en un escritor prestigioso, reconocido por los críticos y requerido por el público cultor del género. Y eso me decidió. Pospuse dos o tres compromisos pendientes, solicité y obtuve permiso del editor del turno vespertino y me fui corriendo, ¡persiguiendo mi destino! Ni bien puse un pié dentro del dpto, ubiqué el split en 24º. Entorné levemente los postigos, me deshice de los incómodos borcegos y me serví un whisky on the rocks. Por fin, me hundí en el viejo sillón del living con intenciones de meterme de lleno en el proceso “escriturístico”. Entrecerré los ojos en un gesto de sereno recogimiento. Removí unos segundos los cubitos con dos dedos y los libé humedecidos por el licor. Sumido en ese silencio, rememoré un sinfín de hechos pretéritos que me tocó vivir en el ejercicio de mi profesión. Hoy, convertidos en recuerdos -verídicos, unos; quiméricos, otros-, residen encubiertos por el velo del olvido, como huéspedes recónditos en los vericuetos de mi mente. Recuperé dos o tres sucesos conexos con el mundo del deporte que juzgué pertinentes, y entre sorbo y sorbo, fui tejiendo y destejiendo los hilos con que urdí un guión ficticio pero con ciertos visos verosímiles. El meollo describe un pequeño grupo de intérpretes (todos del mismo sexo) que se mueven en un contexto onírico con ribetes truculentos. El diseño escénico se inspiró en cierto incidente que me refirió -en off- un DT que entrevisté en mis inicios como crítico deportivo.

-Lo que presencié, turbó por mucho tiempo mi equilibrio psíquico. -confesó conmovido, después del interview.

El hecho en cuestión no se hizo público en ningún momento por lo obsceno e indecoroso que resultó por entonces. Tuvo por epicentro un distinguido y selecto club femenino de deportes. Se suscitó en el entretiempo de un cotejo entre divisiones inferiores. “Bingo -me dije-, lo tengo; escribiré sobre eso”. De un generoso sorbo terminé el resto del whisky y sin otros prolegómenos me senté en el escritorio, encendí mi PC, desplegué un documento nuevo y lo titulé: “Segundo Concurso de Cuentos Eróticos”. Con gesto reflejo me restregué los dedos y con unos meneos lentos y sincrónicos destensé los hombros y músculos del cuello. Inspiré profundo dos o tres veces. Con todo dispuesto, comencé el escrito. No bien tipié los primeros conceptos se presentó un inconveniente de origen desconocido y cuyos efectos contiguos difícilmente hubiese previsto. Con lógico desconcierto observé que el monitor exhibió lo que escribí, convertido en un conjunto incoherente de signos sueltos, términos inconexos y proposiciones sin sentido. El texto que leí fue el siguiente: “Cundo Ctlin se incorporó l equipo femenino del club, sus dem’s compñers dmirron su bellez y simptí. Un trde el DT convocó l equipo pr ensyr lguns jugds como prte del entrenmiento hbitul. l finlizr l pr´ctic tods ls jugdors ingresron l vesturio. Ctlin, con nturlidd se despojó de sus prends humedecids por l trnspirción y se deslizó bjo l duch”. En esos momentos vrios ojos l siguieron con indisimuldo deseo”.

-¿Qué sucede? -me pregunté con disgusto, pues no entendí ni descifré dicho embrollo electrónico-. ¡Yo no escribí eso!

Lo primero que pensé fue en un simple error de tipeo, pero lo deseché luego que borré y rehice el texto dos veces. El efecto siguió repitiéndose. Si bien tecleé todos los botones correspondientes y en el orden debido, el engorro -según verifiqué-, devino por supresión de uno de los signos (siempre el mismo) que el monitor no mostró. Corroboré su omisión en todos los términos y voces en los que debió intervenir. Todos los esfuerzos que hice por comprender su proceder elusivo fueron inútiles, como infructuosos los intentos por influir en su decisión de proseguir invisible. No logré revertir su tozudez. Como último recurso reinicié el equipo. Pero ocurrió siempre lo mismo. Concluí entonces que uno u otros motivos desconocidos por mí, estuvieron incursos en el sinsentido que provocó el susodicho signo con su persistente resolución. En mi opinión lo que hizo pudo tener un doble motivo. 1) Fue un gesto consecuente con cierto compromiso ético. No quiso ser cómplice lingüístico de los enredos y pormenores indecentes y deshonestos, referidos en el incidente de los vestidores. 2) porque, solícito en eximirme de un rotundo revés en el concurso, optó por su propio “mutis por el foro”. Por momentos temí que, confundido entre sostener sus principios o defender mi pobre prestigio de escritor del género, se inmoló cometiendo un suisignocidio. Sumo otros dos motivos posibles: Porque simplemente, como un niño veleidoso, se obstinó en no cumplir el destino que pretendí imponerle. O que, fuere por H o por B, se dijo:

-Yo, de esto, mejor me borro-. Y optó por desentenderse del bolonqui que provocó y prefirió seguir oculto. Su evidente desprecio por mí y mis intereses, lejos de inducir mi deserción, provocó el efecto opuesto. Decidí entonces (en repudio por su desdén), escribir el presente reporte, prescindiendo ex profeso y por completo de su intervención. Un lector presto y diligente (como confío, es quien lo esté leyendo), seguro percibió en todo el texto el uso exclusivo de locuciones y términos desprovistos del signo en cuestión. Lo único que conservé, en recuerdo del intento funesto por escribir un cuento erótico, fue el título del mismo. Coloqué -eso sí-, un número supletorio en el sitio correspondiente que dejó libre el signo esquivo: “L1 píc1r1 C1rolin1 con l1s m1nos en l1 m1s1”.

Por fin -sintiéndome poco menos que un infeliz juguete del destino-, vencido por el infortunio y sus misteriosos designios electrónicos, desconecté todo, me serví otro whisky (doble) y me entretuve viendo fútbol por TV.-

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