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Es extraño lo que pasa con el tango. En Europa, en los Estados Unidos, en Japón, en países exóticos o en tierras hermanas de nuestra América pisa fuerte y atraviesa un auge nunca visto antes. Hay academias de tango en Roma, en París, en las grandes ciudades. El festival Piazzolla en Italia es anunciado con enormes pancartas blancas en las autopistas.
El tango aparece en películas de Hollywood, el tango es interpretado por la Sinfónica de Viena o lo graban violinistas o pianistas famosos en conciertos, el tango acompaña en las noches como música de fondo a miles de turistas en la plaza San Marcos de Venecia, “el salón más bello de Europa”, según dijo Napoleón. El tango se canta y baila en Tokio.
Pero ese auge y esa expansión no se registra hace años en su cuna original, en la Argentina, su país nativo. Los cantantes populares de tango desaparecieron de la TV, de las radios, de los grandes clubes. No hay recitales para el 2 x 4 y quedan pocos espacios para las orquestas, salvo atomizados templos de culto aquí y allá, aunque casi escondidos, defendidos a capa y espada por tangueros que hacen la resistencia. Y sobreviven cantores varones y mujeres talentosos, firmes ante la indiferencia, pero sin masividad frente a ellos, sin oídos jóvenes. Casi sin respaldo, casi heroicos.
El reciente fallecimiento de Daniel Melingo, uno de los que junto a José Ángel Trelles, intentaron renovar la vigencia tanguera -con estilos que fusionaron el rock y la balada, con letras incisivas y modernos- acaso sirvió para renovar los interrogantes.
LOS CANTANTES
“Seguro que el tango atraviesa una paradoja. Mientras en gran parte del mundo vive un notable crecimiento, en la Argentina perdió muchos espacios de difusión que antes tenía en la radio, en la televisión y en muchos grandes escenarios”, dijo Alberto Alba, presidente de la Casa del Tango y Biblioteca Popular Carlos Gardel, titular de la Federación de Instituciones del Gran La Plata e impulsor de nuestra música y de la cultura.
Esa pérdida de difusión “hizo que las nuevas generaciones tuvieran menos contacto con el tango. Ahora bien, el fenómeno más fuerte es el tango bailado. Las milongas, los festivales y las escuelas convocan a miles de personas, incluso a muchos jóvenes y extranjeros”, agregó.
Pero esto no pasa con el tango cantado. ¿Cuál es el motivo? “Es así, el tango cantado no ha logrado renovar figuras con la masividad que alcanzaron en las últimas décadas Edmundo Rivero, Julio Sosa, Roberto Goyeneche o Alberto Castillo, entre otros”.
¿Usted cree que hay nuevas voces jóvenes que pueden darle nuevos aires al tango? “Claro que si. Existen artistas jóvenes de enorme calidad, como Jesús Hidalgo. Ariel Ardit, Lautaro Mazza, Sandra Luna y Noelia Moncada, entre otros. El talento está, lo que falta es una mayor difusión para que lleguen al gran público.
Según Alba, el tango “no necesita ser reinventado” sino que “necesita volver a ocupar el lugar que merece en la vida cultural de nuestro país”.
Recordó que hace pocas jornadas murió Daniel Melingo, el cantante que fusionó rock con tango y que interpretó letras contemporáneas: “Sí, Melingo fue un artista muy valioso porque se animó a romper moldes. Venía del rock y logró acercarse al tango con una mirada distinta, incorporando una estética contemporánea que despertó el interés de nuevos públicos, especialmente en el exterior, pero ese valioso intento no alcanzó la masividad necesaria para generar un verdadero recambio generacional”.
TRELLES
Clásico pero vanguardista, íntimo, atrevido, buscador de letras actuales, José Ángel Trelles inició en la década del 60 hasta su fallecimiento en 2022 un obstinado intento por renovar al tango. Tuvo algo de Serrat, de Paco Ibáñez, de la trova de Pablo Milanés, mucho de baladista mundial, pero fue tanguero de alma como lo fue Astor Piazzolla que lo llamó para que aportara a su octeto aquella voz moderna.
Su hermano Alberto Amato -porque Trelles fue nombre artístico- dice ahora que “siempre quiso cantar. Y siempre cantó desde chico. En nuestra casa de Liniers cantaba mi padre, en voz muy queda. Había un bandoneón, herencia de un tío que había muerto muy joven. Con ese bandoneón en brazos tomó sus primeras lecciones de música con el maestro Luciano Leocata, que vivía en el pasaje Alpatacal, vecino a casa. Cuando en los años 60 llegó el boom del folclore, mi padre se apareció un día con una guitarra en la mano. Desde entonces, ese fue el instrumento del Flaco Trelles, que fue mi hermano”.
Alberto Amato tiene sobre su alma la carga de sus muchos años de periodista en Clarín, en Infobae, en La Semana y en otras publicaciones. Y así recuerda a su hermano el cantor: “Amó la música porque supo que era su destino. Su apellido artístico viene de allí, del folclore: salían a cantar con Roberto Rimoldi Fraga, eran unos chicos de quince años, y la madre del “Pete” Rimoldi le dijo que no podía cantar folclore con un apellido tan itálico. Y lo bautizó Trelles. Amó la música popular casi como un designio político. Era afinado como un piano. Cantó siempre con el corazón, y con algo más también: le dio a cada palabra de cada canción un valor inmenso, a menudo imborrable”.
Trelles pecó de “modestia excesiva”, reflexiona ahora su hermano. “Cantó dos veces en el Carnegie Hall, en la Concertgebouw de Amsterdam, en el Massimo de Sicilia, cantó en Tokio, cantó bajo la batuta de Gideon Kremer, por decir algo. Él nunca dijo mucho, casi nada. Pero creo que juzgó siempre su mayor logro artístico el haber cantado en dos etapas diferentes con Astor Piazzolla y sus formaciones. Sentía por Astor una enorme admiración, un entrañable respeto, acaso no correspondido. El gran talento de Piazzolla estuvo siempre enturbiado por un carácter arisco, una verba hosca, una personalidad indescifrable. Cosa de genios. El Flaco, Pepe, Trelles, también era un poco montaraz. Honesto hasta el dolor, había aprendido a decir no, una cualidad que al mismo tiempo beneficia y condena. Su mujer María del Carmen, y su hijo Federico lo amansaron un poco, no mucho”.
El auge y la expansión del tango no se registra hace años en su cuna original
Su protagónico en “El diluvio que viene” -agregó Amato- lo puso en contacto con la comedia musical de la que salió más maduro y más suelto; al amparo del maestro José Carli, se volcó aún más a la música y a los clásicos. Nunca dejó de crecer. Fue un artista. No hay mejor premio que ese”.
Trelles con su voz fijó -en especial con las letras de Horacio Ferrer- tangos que alcanzaron popularidad mundial como Balada para un loco. Balada para mi muerte, Yo no sabía, Chiquilín de Bachin, y Libertango, entre otros. Pero también grabó centenares de obras de los poetas clásicos del tango y la milonga. Y aún así, faltó masividad.
Homero Manzi, para muchos el máximo poeta del tango, formuló un reclamo indirecto, a través de un juego de palabras que debiera poner las cosas en su justo lugar. Fue cuando dijo: “Tengo dos caminos: ser hombre de letras o hacer letras para los hombres”.
El tango quiere y merece ser profeta en su tierra.
El auge y la expansión del tango no se registra hace años en su cuna original
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