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Elegía para mi esposa

Por Alejandro De Muro

La soledad es una fuerza atroz que abruma y fagocita. Está provista de infinitas garras con las cuales aprisiona, somete y devora. No la conocía. Ayer, se tornó aguda. Se materializó con la osadía malsana de quien domina el lugar y se explaya. Su voz es casi inaudible. Innecesaria porque con su silencio se vuelve atronadora y se basta.

Cuántas preguntas, cuántos porqués. Rebeldía, rabia, puños encrespados, miradas al cielo sin límite. Todo se conjuga en la búsqueda de una razón que tranquilice el alma y mitigue su lacerante presencia. Cuando el dolor es tan hondo que desolla el corazón, las manos se vuelven laxas y no se atreven.

Esta casa, vacía de ecos y plena de sombras, es propicia para convencerse de que el amor ilimitado, las lisonjas pronunciadas hasta el último aliento del ser ausente, no convienen por inoportunas y vanas. Cuando hasta hace horas las cautivadoras palabras abundaban, se agita el alma y se llega a la conclusión de que, en toda pasión, debería quedar un espacio para el enojo y el rencor interminables. No es bueno el cariño a ultranza. Pareciera que ese ámbito de asordinado reproche, serviría para convertir en tolerable lo que hoy, impiadosamente, carece de consuelo. Sin embargo, a poco de expresada, esta reflexión asoma desatinada y falsa. Cual estatua de sal, se desmorona y disgrega. Huye sin fundamentos ante un amor que siempre navegó por aguas calmas.

Empezaría otra vez el mismo camino, sin enmiendas, sin ambages y recovecos. Sin reservarme nada. Con la fe tenaz de arrebatarle a la muerte lo que robó y no debía.

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