Cuando ya no estés aquí… La miro. La miro. Es mi mamá.
Sentada en el sillón marrón entre almohadones, una mantita en sus rodillas cae hasta el suelo.
Ahora apoya su mano derecha sobre la frente. Lee. No se cansa de leer novelas de Corín Tellado. Parece navegar en un velero marrón… a la deriva. Viaja desde un puerto lejano, cargada de recuerdos y pasiones mezcladas. Zapatillas grises. Pantalón floreado. Camperita bien cerrada. Siente frío. El frío del paso del tiempo, o tal vez, presiente que su viaje se acerca al Puerto Final…
¿Por qué lee encorvada? ¿Qué pasa ahora? ¿Otro desencuentro amoroso? Se saca los lentes y murmura mirando por la ventana.
-¿Se acabó el amor? No lo puedo creer. No puede ser que por una pavada se alejen así… Yo con mi Andrés pasé por temblores y llanos… tal vez, si dejaran el orgullo, la tonta vanidad… si hablaran serenos. Si callaran un poco…
-¿Estás bien mamá?
-Sí. ¿Por qué?
-Apretaste mucho el libro. Te doblaste sobre las hojas y las pasaste muy ligero.
-Es una novela sentimental. A veces, es cuestión de callar o de hablar a tiempo.
Y otra vez se recuesta en el sillón. Va hacia el Puerto Final con zapatillas grises, pantalón floreado y la camperita bien cerrada.
Va por esta tarde de verano con el viento Zonda detrás.
La miro. No me canso de mirarla. Hoy reconozco mi raíz. Hoy tengo mucho tiempo para saborear mi paraíso perdido. Después. No muy lejos, su velero marrón quedará vacío. Espacio hueco. Nido desarmado. Lo vivido. El ahora compartido hará un nudo seguro, tierno, dulce para el mañana. Para siempre.
-Hija, ¿me traes el relojito rojo? Es hora de tomar la pastilla de la presión. Yo a las once menos diez de la noche me acuesto. Tomo una sopita de verduras y nada más. Porque soy muy seca de vientre. El médico me dijo que a la noche no tengo que comer mucho. Y tampoco tanto líquido, porque luego me levanto a cada rato para ir al baño. No te quiero despertar.
A mí me gusta como canta Alberto Castillo.
-Está afónico, mamá. Toda la mañana lo escuchaste. Mirá la música que tenés acá: Hugo del Carril, Julio Sosa, Carlitos Gardel…
-No. Quiero escuchar a Alberto Castillo. ¿Afónico decís? ¡No! Es su voz. Tu papá no sabía bailar tango. Lo llevaba yo. Hacía así con mi mano en su espalda. Valses, sí bailaba, por el pasillo al comedor. Y ustedes aplaudían. Cuando murió no bailé más. ¿Con quién? Se fue mi compañero.
-Soy muy vieja, hija…
-Y qué sentís ahora, mamá, cuando decís: “soy vieja”.
-Miro para atrás y aparecen los recuerdos más lejanos.
Tu papá se acerca en bicicleta: “Señorita, hace tiempo que la veo y usted me gusta mucho. ¿Quiere ser mi novia?” Entonces, lo miro asombrada y le digo: “¿Usted habla en serio, caballero? “Yo siempre hablo en serio, señorita. Pero no me conteste ahora. Piénselo con la almohada. El sábado la veo y le pregunto. Si me dice: “Sí”, seré el hombre más feliz del mundo. Si mi dice: “No”… me iré con pena… y seguiré buscando al amor de mi vida”.
-¡Ah! Qué romántico.
-Me traía bombones en una cajita. Entraba silbando. Cuando sentía la puerta de calle, yo corría a pintarme los labios. “¡Mi Dora, qué buena moza, mi Dora!”. Y nos abrazábamos.
Son muchos años, hija. Y yo aquí. Cada vez más chiquita. Casi invisible, ya. La vida sigue. Todos corren detrás de sus trabajos, estudios... tuve tantos hijos. Nacen nietos, crecen…y yo, aquí. Todavía aquí. Los veo pasar como corriendo y yo voy quedando atrás. Luego, dentro de poco, pasaré adelante. Y ahí me verán. Escucharán mi silencio. Seré por un corto tiempo, grande. Me recordarán. Hablarán de mí… y después… pasaré otra vez para atrás. Para siempre. Me iré achicando… desapareciendo. Seré un polvo blanco.
Apoya la cabeza en su mano derecha y se queda mirando hacia adentro.
Y yo pienso: tal vez quiera partir. No vivir más. Es un tiempo de añadidura.
-Hija, es de noche. Juntá las cortinas. No me gusta ver la noche. Me toca la pastilla de la presión. Son las nueve. Yo a las once menos diez me acuesto. Tomo una sopita de verduras y poca agua. No te quiero despertar a cada rato.
En el terremoto del ‘44, sin decirle nada a mamá, salí de casa y caminé sobre los escombros, en busca de mi papá. Yo tenía 19 años. Llegué a la confitería donde él trabajaba y no estaba… volví por las calles. Todo caído. Y en la esquina de casa lo encontré. Desesperado. La casa caída…
Y yo pienso: Ésta es mi última oportunidad de verla con vida. ¡Gracias Dios por este tiempo! No puedo. No debo pedirte más.
-A dormir, mamá. ¿Rezamos?
-Quiero el rosarito rojo del Sagrado Corazón. Tapame la cara. Tengo frío en la nariz.
Y en el silencio de la noche estoy atenta a su respiración. Yo también rezo. Le pido a Dios que se la lleve. Que ya está. Son muchos años. Que se reencuentre con su Andrés. Ya está.
Sin embargo… desde lejos tiemblo al escuchar la voz en el teléfono: “Internamos a mamá. No está bien”.
¡Vayan, vayan, ya voy!
Estoy tan lejos… Soy un quejido. Espacio y tiempo enredados. Impotencia. Correr por escombros de nubes y tierra para verte. Para no verte caer…
Se fue. Partió. Cruzó a la otra orilla en un velero marrón. Verla ahí entre flores. En la tierra. De pronto, una polvareda caliente nos abraza y nos empuja hacia la vida. El viento Zonda detrás. Ahí comprendí sus palabras: “Escucharán mi silencio. Mi iré achicando, desapareciendo… seré polvo blanco”. Y yo digo… ¡Ay! No puedo dejar de pensar en vos.
Ahora que no estás aquí, mamá; yo iniciaré el Ensayo de mi propia Ausencia. Me pondré tu camperita, tus aros, la mantita marrón. Y con el rosarito rojo, seguiré tu huella de amor y coraje, aún entre escombros, hasta encontrarnos en el Puerto Final.
Mientras tanto, mamá… estarás siempre Adelante. Polvo de estrellas con el viento Zonda detrás.
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