“Desde que me enteré siempre estuvo en mi cabeza dando vueltas el tema de soy esto, no soy esto. ¿Soy Evelin? ¿Soy otra persona? Una y otra vez me pregunté quién soy. Durante todos estos años entendí que la identidad se reconstruye y se resignifica todo el tiempo”.
La mujer -rubia, con anteojos, ella dirá en la entrevista que tiene unos “cuarenta y tantos”- del otro lado de la pantalla no pone pausas en su relato. Apenas respira. Entonces continúa: “Mi libro habla de cómo entrar a tu sombra, a tu oscuridad, a tu profundidad más profunda y desde ahí, intentar encontrarte. No hay una única respuesta. Creo que lo más interesante del camino interior son las preguntas que abren paso cada vez más. Por eso el título ‘quién está ahí’; ¿qué hay ahí adentro? ¿Qué más tengo para sanar? ¿Quién soy hoy?”.
Quien habla en diálogo con EL DIA es Evelin Karina Bauer Pegoraro que, durante sus dos primeras décadas de vida, se presentó con sus amigos, con sus compañeros de ingeniería, con sus vecinos de Mar del Plata y con todo aquel que conociera con otro apellido: Policarpo.
En 1998 -a sus 21 años- le dijeron a Evelin Bauer Pegoraro que era hija de desaparecidos
En 1998, Bauer Pegoraro tenía 21 años cuando le tocaron la puerta -ella cree que fue un jueves- y le dijeron que posiblemente sea hija de desaparecidos por la dictadura cívico militar que se desplegó entre 1976 y 1983; que al que llamaba papá - Luis Vázquez Policarpo, encargado de inteligencia de la Base Naval de Mar del Plata- y a quien conocía como mamá -Ana María Ferrá, personal civil de la marina- la habían adoptado ilegalmente. Que, aunque faltaba hacer las pruebas correspondientes, lo más seguro era que fuese hija de Rubén Santiago Pegoraro y Susana Beatriz Bauer, ambos secuestrados el 18 de junio de 1977, hoy todavía desaparecidos; que su llegada a este mundo en octubre de 1977 no había ocurrido en la ciudad cabecera de General Pueyrredón, sino que había nacido en el Centro Clandestino de Detención que funcionó dentro de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
IMAGÍNESE, USTED, LECTOR, RECIBIR SEMEJANTE NOTICIA. ¿QUÉ HARÍA?
Lo cierto es que 28 años después de aquel suceso disruptivo, Evelin Pegoraro Bauer publicó el libro “Quién está ahí”, una obra con tintes autobiográficos escrita en primera persona que intenta reflejar cómo continuó viviendo tras aquella revelación. ¿La particularidad? Durante muchos años, Evelin se negó a hacer el examen de ADN solicitado por la justicia como por las organizaciones de Derechos Humanos. ¿Por el cariño hacia quienes llamaba papá y mamá? ¿Por miedo?
En un contexto marcado por visitas a diferentes estratos de la justicia, Evelin intentó continuar con su vida y reconstruir su identidad. En ese camino, dirá en la entrevista a este diario, que “el libro busca reflejar un camino de autoconocimiento que continúa hasta el día de hoy. No busca condenas ni tiene un tinte político, sino reconstruirme a partir de los hallazgos y certezas de mi historia”.
“QUIÉN ESTÁ AHÍ”
El encuentro vía zoom no refleja la distancia que divide a la Ciudad con la residencia de Pegoraro, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En la habitación se dejan entrever un ventilador, un mueble, una pared blanca. En el medio, ella que dice: “El libro es un relato de reconstrucción personal y de identidad. Más allá de que tiene una connotación política y judicial -es imposible que no lo tenga-, la obra va mucho más allá de eso: busco contar todo lo que me fue pasando con una mirada más humana”.
Asimismo, agrega: “Es una mirada personal sobre una historia que esta contada por fuera o inclusive por otros protagonistas. Entonces, me parecía interesante plantearla como un relato de sanación personal intentando relatar lo que me pasando los años posteriores”.
EL DURANTE
La conversación dura cerca de 30 minutos pero podría ser mucho más extensa. Pegoraro, quien responde todo con calma pero con seguridad, exhibe que el libro orbita sobre una idea: el dolor como territorio compartido.
En un intento por no caer en simplificaciones y respuestas cerradas -ella asegura que prefiere las preguntas-, confiesa que durante mucho tiempo sintió que debía defenderse de una situación que no había elegido y que, en medio de ese proceso, la posibilidad de vincularse con su familia biológica quedó relegada por una necesidad un tanto más urgente: sobrevivir emocionalmente. “Yo no negaba la realidad de que no era hija de mis papás. Lo que no quería era estar en esa guerra permanente, interna y externa. No quería abogados, jueces, policías, cárceles. No elegí nada de esto”, explica a este diario.
La resolución judicial que finalmente permitió obtener su ADN llegó años después. Fue entre 2007 y 2008. Según relata, un allanamiento realizado en el departamento donde vivía con su marido derivó en la obtención de muestras genéticas que confirmaron su filiación.
La noticia, lejos de traer alivio inmediato, abrió una nueva etapa de incertidumbre. “Otra vez sucedió que me quedaba sin piso. Me cambiaron el nombre, me cambiaron el documento y volví a preguntarme quién era. Después de diez años luchando por algo en lo que creía, sentí que habían hecho lo que querían hacer de todas maneras”, recuerda.
Con el tiempo, sin embargo, comenzó un proceso diferente. Menos ligado a los expedientes y más conectado con la dimensión íntima de su historia.
Hoy mantiene vínculo con su familia biológica y trabaja como counselor acompañando procesos personales. Desde ese lugar, asegura, pudo comprender aspectos de su propia experiencia que durante años permanecieron ocultos. “Cuando estás mucho tiempo peleando, defendiéndote o sobreviviendo, llega un momento en que la batalla termina y te preguntás quién sos sin todo eso. Ahí empieza otro trabajo, quizás más difícil”, reflexiona.
“Yo no negaba la realidad de que no era hija de mis papás. Lo que no quería era estar en esa guerra permanente, interna y externa. No quería abogados, jueces, policías, cárceles. No elegí nada de esto”
UN LEGADO PARA SUS HIJOS
La decisión de escribir “Quién está ahí” apareció después de muchos años de elaboración interna. No surgió como una respuesta judicial ni como una intervención política. Tampoco como un ajuste de cuentas. Según explica, nació de una necesidad mucho más personal.
Por ello, relata: “Tenía ganas de contar esta historia. Primero para mis hijos. Pensé que algún día yo no iba a estar y ellos no iban a saber nada de todo lo que viví. No iban a conocer mis miedos, mis pensamientos o las pequeñas cosas que me marcaron”.
Pero mientras avanzaba con la escritura descubrió otro anhelo. Comprendió que, más allá de la singularidad de su caso, existían emociones universales capaces de conectar con cualquier lector. “Todos tenemos dolores, todos atravesamos crisis de identidad. A mí me tocó una situación muy extrema, pero las preguntas de fondo son las mismas. Sentía que mi historia podía ayudar a otras personas a atravesar las suyas”.
Esa idea aparece condensada en el título del libro. “¿Quién está ahí?”, la pregunta que da nombre a la obra, no apunta solamente a la búsqueda de una identidad biológica. Es, sobre todo, una invitación a mirar hacia adentro. Nuevamente, insiste: “Durante años me pregunté quién era. Leí mucho sobre identidad y entendí que se reconstruye y resignifica permanentemente. Entonces el título tiene que ver con entrar en la propia sombra, en la parte más profunda de uno mismo. No para encontrar una respuesta definitiva, sino para seguir haciéndose preguntas”.
A casi tres décadas de aquella tarde en que tocaron timbre y pusieron en duda todo lo que conocía sobre sí misma, Evelin Bauer Pegoraro expresa que todavía sigue buscando. Pero ya no desde la urgencia ni desde el desconcierto.
La búsqueda, dice, continúa. Y quizás esa sea la verdadera respuesta que propone el libro: entender que la identidad no es un destino fijo, sino una construcción permanente que se transforma con cada experiencia, cada pérdida y cada hallazgo. Así, concluye: “Las preguntas abren más preguntas. Por eso, otra vez, el enigma: ¿quién está ahí?”.
Editorial: Metrópolis
Páginas: 148
Precio: $28.000
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