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Horacio Castillo, con la fuerza de una voz que no se apaga

Homenajes al poeta platense. El próximo mes donarán su biblioteca a una institución de Ensenada. Testimonios de Oteriño, de Straccali y de su nieta María Pilar
El poeta platense Horacio Castillo (1934-2010)
Horacio Castillo junto al Ónfalo (u Omphalos), la piedra sagrada que representa el “ombligo del mundo”, ubicada en el célebre sitio arqueológico de Delfos, Grecia

Por Por MARCELO ORTALE

La voz del poeta platense Horacio Castillo (1934-2010) se sostiene y se propaga en el tiempo hacia nuevas generaciones de lectores. Pasaron quince años de su fallecimiento y su voz sigue convocando a seguidores. Con esa mirada lúcida que tenía, recordó así en un poema a su padre y reunió a tres generaciones: “Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros./ Débiles aún, su peso nos impide la marcha./ Pero luego se vuelve cada vez más liviano,/ hasta que un día deja de sentirse/ y advertimos que ha muerto./ Entonces lo abandonamos para siempre/ en un recodo del camino/ y trepamos a los hombros de nuestro hijo”.

Hace pocas semanas se le rindió un homenaje en la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de la UNLP. Sobre su obra y personalidad hablaron su amigo, el poeta Rafael Felipe Oteriño (presidente de la Academia Argentina de Letras), las profesoras y también poetas Eugenia Straccali y María Minellono, así como los poetas y escritores Norma Etcheverry, Guillermo Pilía y Gustavo Martínez Astorino.

En esta ocasión se aludió a la decisión de la familia Castillo, instrumentada a través del intenso trabajo que desplegó la nieta del poeta, María del Pilar Castillo, de donar su biblioteca personal a la Biblioteca Municipal de Ensenada, ciudad en la que nació Castillo.

Se trata de un acervo que reúne más de un millar de libros, “entre ellos sus propias obras —poesía y traducciones de poetas contemporáneos griegos—, así como una amplia selección de lecturas que lo acompañaron a lo largo de su vida”, según informó su nieta.

Añadió que la colección incluye un sector dedicado a la poesía griega, con autores fundamentales como Elytis, Seferis, Ritsos, Kavafis y Calímaco, además de las traducciones realizadas por el propio Castillo. “También se conservan diccionarios de diversos idiomas y una amplia poesía organizada por países y lenguas —francesa, inglesa, alemana, argentina— que da cuenta de la amplitud de sus intereses literarios”, dijo.

Al ser consultada por los recuerdos de su abuelo, María del Pilar expresó que “hasta mis 17 años tuve la fortuna de disfrutarlo. Su calidez humana y su amor sembraron en mí la figura que más me ha marcado en la vida. Después de su partida, llegó a mí el escritor y hoy, a mis 33 años, su afecto volvió a tocarme como una experiencia maravillosa”.

“Siempre sentí que su obra no podía quedar en silencio dentro de una casa; que el esfuerzo y el trabajo de un hombre reconocido en el mundo de las letras de nuestro país merecían un espacio propio, un lugar donde su voz pudiera llegar a las nuevas generaciones”, expresó, para agregar que “la palabra vive y nos transforma, no muere. Él nos dejó la fuerza de una voz que no se apaga, mientras alguien pueda leerlo”.

Cabe recordar que, al año siguiente de su fallecimiento, la Embajada de Grecia en nuestro país le rindió un emotivo homenaje en un acto realizado en la Academia Argentina de Letras. El entonces embajador griego, Michael B. Christides, destacó la obra poética de Castillo y, muy particularmente, la amistosa relación que trabó con el homenajeado, para subrayar luego su agradecimiento por la trascendente transmisión de la poesía y cultura griegas que hizo Castillo. “Para nosotros era simplemente Horacio, helenista querido y respetado por todos”, dijo Christides.

El próximo 15 de agosto se inaugurará la Casa de la Poesía Horacio Castillo en la biblioteca de Ensenada, ubicada en Horacio Cestino 379, en un acto público que se iniciará a las 19.

EL PERIODISTA

Castillo trabajó muchos años como periodista de EL DIA. Fue cronista universitario en las décadas del 60 y 70, para luego colaborar con una columna diaria de no más de quince líneas que se editaba debajo del artículo editorial. Eran como aguafuertes ciudadanas, pero más reflexivas que realistas, escritas con una prosa precisa y admirable.

“Siempre sentí que su obra no podía quedar en silencio dentro de una casa”

Castillo venía casi todos los días a la redacción para dejar sus artículos. Era feliz y así lo decía al entrar a la sala, donde se quedaba largo rato conversando con antiguos colegas como Juan José Terry, Carlos Fragueiro, Ricardo West Ocampo, Juan Francisco Lagomarsino y otros. Al retirarse adoptaba una suerte de postura ceremonial, sonreía y decía: “Señores, lamento irme de esta Atenas…”.

Primero su discípulo y luego amigo de toda la vida, Oteriño —que lo conoció al iniciarse la década del 60 en la Fiscalía de Estado, donde Castillo trabajó también muchos años (era abogado graduado en la UNLP)—, dijo ahora: “Siempre pude comprobar la gran influencia que tuvo su trabajo como periodista en el estilo de la poesía de Horacio. Él tenía un estilo directo y transparente en su manera de escribir. A los demás que intentábamos iniciar un poema nos costaba mucho empezar. Él, cuando tenía un tema, se lanzaba y lo escribía con rapidez”.

En la contratapa de un libro dedicado a Castillo, cuyo autor es Alfredo Jorge Maxit, explicó Oteriño el porqué del helenismo en Castillo: “Porque en Grecia está la luz mediterránea que creó —según él— una relación erótica con el paisaje, y porque Grecia le brindó las dos fuerzas bajo cuya tensión escribió su obra y realizó buena parte de su vida: lo apolíneo y lo dionisíaco”.

UNA PROFESORA

La recuperación del archivo de Castillo “no es simplemente una mudanza física de papeles amarilleados ni el rescate de una biblioteca privada del polvo del olvido”, sino “un acto de restitución ontológica. Cuando nos propusimos la tarea de poner a resguardo los libros y manuscritos del gran poeta que fue Horacio Castillo, sabíamos que irrumpíamos en un territorio sagrado”. Así se expresó Eugenia Straccali, poeta y profesora de Teoría Literaria especializada en Poesía Argentina de la UNLP.

Añadió que “hablar de Horacio Castillo es invocar una poética única en la literatura argentina. Su voz no buscaba el adorno ni el fervor del aplauso inmediato; prefería interrogar los límites de la materia, el peso de la ceniza, el revés del mito y la tensa vibración de la belleza ante la muerte”.

Afirmó por último que “en esa búsqueda de absoluto no estuvo solo. La geografía poética que habitó se tensa y se complementa con la obra de sus inmensos compañeros de ruta, faros de nuestra literatura que hoy, afortunadamente, siguen caminando entre nosotros y ensanchando el lenguaje: Néstor Mux, con su lirismo de lo cotidiano y su desgarradora y humana lucidez, y Rafael Felipe Oteriño, maestro de la mirada meditativa, capaz de capturar el paso del tiempo en la transparencia del poema. Ellos tres configuran un mapa de resistencia estética irrepetible, una trinidad platense y ensenadense que devolvió la dignidad a la palabra”.

“Él, cuando tenía un tema, se lanzaba y lo escribía con rapidez”

Acaso al fin de la vida nos espera el mito de Caronte, el barquero que nos hará cruzar el río hasta la otra orilla y al que le debemos pagar con monedas griegas —óbolos— ese último viaje, tal como lo escribió Castillo: “El paisaje es más hermoso de lo que habíamos imaginado:/ estas murallas que caen a pico sobre nosotros,/ aquel sol negro descendiendo sobre la laguna,/ allá, a estribor, un arco iris que refracta la niebla./ Pero esta moneda de hierro entre los dientes,/ este óbolo que debemos morder hasta el término del viaje,/ cierra la boca que desea cantar./ Cantar para estas almas tristes sentadas en el banco,/ mientras el cómitre marca con el látigo el compás,/ mientras ordena remar sin interrupción,/ cada vez más fuerte, cada vez más rápido, más lejos de la luz”.

Acaso desde la otra orilla, con sus libros ya disponibles para la gente, Horacio desea cantar. Con la fuerza de una voz que no se apaga, como dijo su nieta.

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