Hay un pueblo, en la costa patagónica, donde la gente se ha evaporado del mundo, del que parte “Faro Negro”, la nueva novela de Horacio Esber, publicada por El Brujo Ediciones. Allí llega Eugenia, una mujer “exiliada de su propia sangre”, según la describe la editorial, para instalarse en un territorio donde el faro abandonado y una biblioteca enterrada bajo tierra oficiarán de escenario para una pregunta que atraviesa todo el libro: ¿qué hacer con la herencia de un padre criminal?
La pregunta no es abstracta. El padre de Eugenia es, en la ficción, un genocida de la última dictadura cívico-militar argentina. La novela se construye a partir de un gesto radical: la protagonista decide renunciar a su “hijidad” y ampararse en el jouhatsu, el concepto japonés que designa la evaporación o desconexión voluntaria de los lazos familiares. En Japón existen empresas dedicadas a organizar esa desaparición, con marco legal incluido. Esber lo tomó de una noticia de diario y lo convirtió en el motor de su ficción: no por azar, el único bar del pueblo se llama El Olvido.
UNA NOVELA NACIDA DE LAS HISTORIAS DESOBEDIENTES
El disparador de “Faro Negro” fue extraliterario. Esber se acercó a Historias Desobedientes, la organización que reúne a hijas e hijos de genocidas condenados por delitos de lesa humanidad, y participó de sus encuentros gracias a la generosidad de Analía Kalinek, integrante de la agrupación, que lo autorizó a tomar notas para una futura novela. “Las respuestas a esas preguntas sobre la culpa heredada, al peso de la sangre filial y la decisión de romper con el mandato familiar y paterno, las encontré ahí. No inventé nada. En la novela hago un intento de recrear en clave narrativa todo eso que escuché”, cuenta el autor.
“La protagonista se escribió a sí misma. Tras adquirir el carácter es difícil después desviarla”
Esa cercanía con el archivo real conserva su intensidad en las palabras que Esber elige para describir aquello de lo que habla la novela: “Ser hijo o hija de un desaparecedor de personas, un torturador, un violador de mujeres, un apropiador de bebés y bebas, un asesino y un ladrón de gallinas, debe ser algo inimaginable. Inimaginable”, dice, y esa repetición funciona casi como una marca de estilo: la insistencia en lo que no se puede terminar de nombrar.
La construcción de Eugenia —el personaje que debía condensar las voces reales sin perder singularidad propia— fue, según el autor, el mayor desafío del libro. “Tenía que construir un personaje en la cual se condensara la vida emergida de las Historias Desobedientes y además tuviera su propia personalidad. Las y los personajes encuentran su propia voz, su trayectoria. Una vez que adquieren el carácter es muy difícil después desviarla de ese lugar que fue creándose, y esto pasó con Eugenia. Fue escribiéndose a sí misma”, explica.
UN MAPA HECHO DE SILENCIOS
La Patagonia como telón de fondo de la novela es, para Esber, una decisión estética y simbólica. “En la Patagonia el mar y el desierto se confunden. En la zona costera, son una misma cosa”, dice, y agrega que le interesaba la lejanía del pueblo respecto de los grandes centros urbanos del país, además de “una estética propia, hecha de silencios, de ensimismamientos, de discreción”. En ese paisaje se inscribe el mito que atraviesa la trama: el Anne B, un antiguo buque factoría reconvertido en imprenta anarquista flotante en los años 30, desde donde se distribuían libros clandestinos. Consultado sobre el paralelismo entre esa historia de distribución ácrata y las resistencias políticas posteriores, Esber elige no espoilear, pero sí definir el trasfondo: “La historia del anarquismo es una crónica interminable de desobediencia a los distintos modelos y poderes. Es la historia de la clandestinidad, hacer política desde la nada misma, sin ningún tipo de apoyatura”. Ahí nace, dice, la biblioteca enterrada en las entrañas del faro.
Ese cruce entre mito, política y memoria se sostiene en una estructura deliberadamente híbrida, que combina ficción, ensayo —”incluido el apócrifo”, aclara el autor— y registro testimonial. Es un procedimiento que Esber viene trabajando desde antes de sentarse a escribir este libro en particular: “Ninguna de las diez novelas que junto con ‘Faro Negro’ llevo publicadas se escapa de esta marca”. La forma coral, dice, también le permitió esquivar dos tentaciones del género: la nota al pie —”que en una novela hace mucho ruido pero que a veces es ineludible”— y la sobrecarga de datos duros en un texto narrativo.
LA DESOBEDIENCIA, DE EUGENIA A LA ÉPOCA
Desobediencia es la palabra que organiza el libro. Cuando Eugenia y Ana, otro personaje central, descienden a las galerías calientes del faro dispuestas a romper muros a mazazos, la escena funciona —según el propio autor— como una declaración de principios: “La desobediencia como acto central atraviesa toda esta novela. La resistencia a lo dado, al mandato. Es la desobediencia al patriarca en todos los sentidos. No solo el patriarca familiar, sino el que gobierna nuestras sociedades”, afirma, y remata con una observación que ubica el gesto en una genealogía histórica: “A lo largo de los siglos, la bandera de la desobediencia al patriarca la enarbolaron las mujeres, ¿no?”.
Esa centralidad de las voces femeninas no fue un dato menor en el proceso de escritura. Durante los tres o cuatro años que le llevó escribir y corregir el libro, Esber leyó “casi exclusivamente a mujeres”: Olga Tokarczuk —cuya novela “Los errantes” funcionó como disparador formal del proyecto—, Annie Ernaux, Cal Flyn, Han Kang, Clara Obligado, Dolores Reyes y Mariana Enríquez, entre otras. “La voz femenina fue el mayor desafío porque las protagonistas principales son todas mujeres. Los varones tienen un rol secundario”, señala. Sobre su propia tradición literaria, Esber ubica su trabajo en una línea que integra lo testimonial, lo político y lo social, cerca de nombres como Manuel Scorza, Cesare Pavese o Virginia Despentes.
UNA EDITORIAL, UNA APUESTA
“Faro Negro” llega, además, con un dato de política editorial que Esber destaca especialmente: el libro inaugura su vínculo con El Brujo Ediciones, el nuevo sello de Francisca Mauas. “Durante mucho tiempo aspiré a que Francisca Mauas, su editora, aceptara publicar mis novelas a través de Azul Francia Editorial. Bueno, por fin aceptó hacerlo en El Brujo Ediciones, su nuevo emprendimiento, que para mí es muy valioso”, cuenta el autor, que celebra que la novela ya forme parte del catálogo del sello.
Esber publicó anteriormente “El ojo del perezoso” (1999), “El familiar” (2000), “Algo va a pasar” (2002), “Llegar a Tilcara” (2003), “Las nueve muertes del Tusta Anastacio Frassoldatti” (2007), “Supe La Habana” (2012), “Legados” (2016), “Coreografía de la ausencia” (2019) y “Valentina y las moscas” (2023); varios de esos títulos pueden conseguirse en formato e-book en plataformas como Amazon, La Vanguardia y Casa del Libro. Además de su trabajo narrativo, dirige la revista web Literaria Pandora.
Durante los tres o cuatro años que le llevó el libro, el autor leyó sólo escritoras mujeres
Hay, todavía, un último detalle que se elige subrayar y que funciona como una síntesis posible de todo el libro: en “Faro Negro” brilla, intermitente, Marzo, “una estrella que aparece y se oculta caprichosa”. Ese titileo —presencia que no se deja fijar del todo— podría describir también el método de la novela: nada en ella se resuelve de una vez, todo insiste en aparecer y volver a esconderse, como la memoria misma.
Con “Faro Negro”, Esber vuelve a ensayar aquello que parece obsesionarlo desde hace diez libros: la posibilidad de que la ficción aloje la memoria y la política sin renunciar a la construcción de un mundo propio. Aquí ese mundo tiene forma de faro, de biblioteca enterrada y de un bar llamado El Olvido, donde un puñado de mujeres —evaporadas del resto de sus vidas— se enseñan mutuamente el oficio de desobedecer.
Faro Negro
horacio esber
Editorial: El Brujo Ediciones
Páginas: 362
Precio: $32.000
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