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1929-2015

Horacio Preler: el poeta de la mesura

Horacio Preler: el poeta de la mesura

Horacio Preler: el poeta de la mesura

Por SANDRA CORNEJO

“Me he preguntado muchas veces si el poeta tiene un rol que cumplir en la sociedad y respondí que sí. De toda obra verdadera se desprende, quizá imperceptiblemente, el clima de la época, porque no se pueden ignorar las vicisitudes de una sociedad vulnerable”; entre otras cosas, esto decía Horacio Preler en su discurso de agradecimiento ante el Premio de la Academia Argentina de Letras 2001-2003 por su libro “Silencio de Hierba”.

Preler murió el 6 de agosto en la ciudad de La Plata. Fue abogado, pero especialmente poeta. Fue autor, entre otros libros de “Institución de la tristeza” (1966), “Lo abstracto y lo concreto” (1973), “Lo real, nuestra casa” (1991), “Oscura memoria” (1992), “Zona de entendimiento” (1999), “Silencio de Hierba” (2001), “Casa vacía” (2003), “Aquello que uno ama” (2006) y “La vida se interroga” (2012). Recibió el Premio Consagración de la provincia de Buenos Aires y el Premio Academia Argentina de Letras correspondiente al trienio 2001-2003. Pero en lo cotidiano, fue uno de nuestros maestros y estuvo cada vez que lo necesitamos. Nos acompañó de la mejor manera, dialogando; era mesurado y cálido, jovial, a pesar de sus largos años. Decía, por ejemplo: “Escribo en el espacio de tranquilidad que la noche procura. Cuando hablo de la pobreza no hablo de una pobreza abstracta, yo he sido pobre. Cuando hablaba de la injusticia tampoco era abstracto, yo sabía lo que era sufrir la injusticia”. Su cualidad primordial fue la transparencia: lo que veíamos: su poesía, ni más ni menos.

“Ocurre que un día sin saberlo nos encontramos escribiendo poemas. Con el paso del tiempo y la vida, continúa la necesidad interior de insistir en esa tarea. En 1966, cuando publiqué mi primer libro de poesía en una oculta imprenta de La Plata, me vinculé con otros escritores e ingresé en ese inefable mundo de la literatura”, contó alguna vez. Nos deja un trazo, una lírica despojada, pero esencialmente, nos deja una ética de la escritura.

Recuerdo siempre aquel poema de Antonio Machado que decía “nunca perseguí la Gloria”. Más que en muchos casos, ese verso, indudablemente, lo representa.

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