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Todo empieza en el café London, en Buenos Aires. Un grupo de desconocidos descubre que ganó un viaje en barco gracias a una lotería de la que ni siquiera recuerda haber participado. Suben a bordo sin saber cuál será el destino, quién es el capitán o cuánto durará el viaje. La sorpresa -mejor dicho, la incertidumbre- parece formar parte del premio. Hasta que aparece una prohibición tan sencilla como desconcertante: nadie puede pasar a popa. No hay explicaciones convincentes. Solo una puerta cerrada.
Durante más de sesenta años, la respuesta pareció obvia: Rayuela. La novela publicada en 1963 terminó convirtiéndose en la puerta de entrada casi obligatoria al universo de Julio Cortázar y, de paso, dejó a su predecesora en un lugar casi invisible. “Los premios”, aparecida apenas tres años antes, quedó reducida muchas veces a la categoría de ensayo, de borrador; una especie de prueba piloto. Como si solo importara porque anticipa lo que vendría después.
Sin embargo, basta abrir sus primeras páginas para entender que ahí ya estaba ocurriendo algo.
Es una de esas ideas que Cortázar sabía convertir en literatura: tomar una situación apenas desplazada de la realidad y dejar que esa mínima alteración lo cambie todo. A partir de esa orden, los pasajeros empiezan a dividirse. Algunos consideran que no vale la pena discutir; el viaje es gratis, ¿qué importa una puerta más o menos? Otros sienten que aceptar una prohibición sin entenderla es una forma de resignar algo más profundo que un simple paseo por el barco.
La pregunta deja de ser qué hay en la popa para convertirse en otra: ¿por qué algunos necesitan saber y otros prefieren no preguntar?
Leída hoy, la novela sorprende porque muchas de las obsesiones que luego asociaríamos con Cortázar ya están ahí. El juego como una forma de conocimiento, la sospecha de que la realidad es más porosa de lo que parece, el cuestionamiento de las rutinas y de las convenciones sociales, la búsqueda de “ese otro lado” que nunca termina de definirse.
El barco se aleja de Buenos Aires, pero nunca deja de habitarla. Sus personajes hablan como porteños, discuten como porteños, cargan con prejuicios de clase, ironías y maneras de mirar el mundo que convierten al barco en una pequeña Buenos Aires flotante. Más que una aventura marítima, el viaje termina siendo un experimento sobre cómo se reacciona cuando alguien altera las reglas de convivencia.
Ni siquiera el propio Cortázar quiso clausurar el misterio. Años después confesó, en una entrevista, que tampoco él sabía exactamente qué había en la popa. La novela nunca ofrece una respuesta definitiva, porque el enigma no funciona como un acertijo policial sino como un mecanismo para poner a prueba a los personajes... y también al lector.
Quizá por eso algunos pasajes desconcertaron a generaciones enteras. Persio, ese pasajero que parece quedarse al margen de la acción para entregarse a largas reflexiones, fue durante mucho tiempo señalado como uno de los puntos débiles del libro. Sin embargo, las relecturas más recientes proponen verlo de otra manera: sus divagaciones modifican el ritmo del libro y amplían el sentido del viaje. La aventura no consiste solo en recorrer un barco; también implica aprender a mirar de otra forma. No olvidar a quién se está leyendo.
Algo parecido ocurrió con la novela en su conjunto. Durante décadas fue leída casi exclusivamente como la antesala de “Rayuela”. Hoy la crítica tiende a devolverle autonomía y a reconocer que muchas de las preguntas que hicieron de Cortázar uno de los grandes escritores del siglo XX ya estaban formuladas en estas páginas, aunque todavía no hubieran alcanzado la fama de la Maga y Oliveira.
Tal vez esa sea la mejor razón para volver a “Los premios” porque plantea un interrogante que sigue siendo incómodo y divertido. Frente a una puerta cerrada, frente a una regla cuyo sentido se desconoce, ¿qué se hace?
Cortázar nunca respondió esa pregunta. Nunca abre del todo esa puerta. Nos deja frente a ella. Y sesenta y seis años después, todavía dan ganas de cruzarla.
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