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En 2016, en la apertura del Festival de Literatura de Berlín, César Aira afirmó: “La literatura no sirve para nada que no sea ofrecer el placer que produce”. En 2024 y después de publicar La llamada, Leila Guerriero dijo en una entrevista: “Creo que el sentido que tiene la escritura en el fondo es bastante egoísta. Yo no puedo vivir sin escribir, si no escribo me licúo, el mundo pierde consistencia”. Casi como respirar, ¿no?
Agosto de 2026. Juan José Becerra se sienta en el estudio de EL DIA y una de las primeras oraciones que dice es: “Creo que no tiene ninguna importancia el acto de escribir. Ni siquiera para el que le hace. Sólo lo es en el sentido del entretenimiento y justamente en el sentido más infantil que se pueda tener. Es un vínculo con la soledad, con la imposición de reglas propias, con la utilización personal al extremo. Es una relación egoísta”.
Durante la casi media hora que habitará el estudio del diario, el autor de Santo (1994), Patriotas (2009), ¡Felicidades! (2019) Amor (2023), Un hombre y Dos mujeres (2025) -entre otras novelas y ensayos- dialogará sobre la concepción de ser escritor, su relación casi metafísica con el lenguaje, la construcción de los personajes en sus obras, y cuánto se deja arrastrar -o no- por las demandas propias del oficio. Asimismo, dejará una serie de preguntas en el aire que teñirán de desconcierto y niveles de concepción enredados sobre la literatura. Es que para los amantes de las letras, ¿hay mejor pasatiempo que adjudicar palabras, adjetivos, adverbios y acciones a la tarea dialéctica del debate?
“TIENE QUE VER CON VIVIR”
No es un concepto nuevo que aparece en sus pensamientos, si no que con seguridad Becerra señala: “No pienso que soy un escritor. Incluso me parece que nadie lo es. No hay escritores. Y hay una explicación: tiene que ver con vivir”. Además, revela: “Soy una persona que escribe durante un tiempo del día. Es que es la única distinción con una persona común. Una persona que escribe es una persona común que durante algunas horas de su día se sienta y escribe”.
Uno podría pensar que la expresión es menospreciar la actividad. No obstante, sólo lo puede decir alguien que lo tiene incorporado, que el acto es de carácter similar como ir al baño o manejar. “Escribir es un hecho totalmente artificial por el instrumento que se utiliza, que es el lenguaje. Las modalidades con las que se lo administra son artificios. No hay nada de natural ahí. Sin embargo, está naturalizado el hecho de que escribir es una naturaleza para el que lo hace”, analiza.
“Está naturalizado el hecho de que escribir es una naturaleza para el que lo hace”
No obstante, ¿cómo convertir una actividad en algo inherente al ser? “Yo no digo mañana me tengo que poner a escribir. No son actos de la voluntad sino del deseo. Podría decir que es el deseo más puro porque es el que más se sostuvo de todos los que he tenido y los que tengo a lo largo de los años. No hay nada en lo que pensar, no hay preparativos, es simplemente me levanto y me pongo a escribir”, advierte Becerra.
Pero, entonces, ¿nunca un “no tengo ganas”, un “no quiero hacer esto”, un “y si me dedico a otra cosa”? “Alguna crisis de fe tuve pero fue breve y se desvaneció. Escribir me produce un efecto similar a la felicidad. Pero hay una prestación en la escritura que se parece mucho a vivir. Otra cosa, digamos, otro tipo de experiencias que incluso la vida no te da. Entonces, lo veo más por el lado de la felicidad que es como un patrimonio infantil. O sea estás escribiendo, cuando la gente responsable está haciendo cosas más importantes”, manifiesta, entre risas.
LEJOS DEL MARCO
Amor, publicado en 2023, exhibe la siguiente premisa: el amor dentro de 100 años. La obra, que se iba a llamar “Otra historia de amor”, finalmente tiene otro preámbulo, una capa más a la historia. Como si la trama en sí misma no fuera suficiente. Es que, ¿por qué debería serlo?
Algo similar ocurre en Un Hombre y Dos Mujeres: dos libros, un mismo universo. En alguna entrevista pretérita, dijo sobre ello: “Ante la posibilidad de juntar dos novelas cortas, lo que hice fue imaginar que cada libro tiene su propia cadena de sucesos, como los tiene la vida, que es últimamente mi yacimiento para escribir”.
En ese desborde del libro, donde cada uno parece alcanzar al otro, Becerra lo adjudica a la “volatilidad del lenguaje” y a su anhelo de “satisfacer el acto de hablar”. Sobre ello analiza: “Sobre el desborde del lenguaje, cuando vos escribís, hay un control más estricto. Cuando escribo, anhelo el acto de hablar. Y es por la suciedad que tiene. Hay algo de la vida del lenguaje que tiene más vitalidad cuando uno habla que cuando uno escribe”.
“No hay una superioridad en la percepción artística. Simplemente es así”
Sin embargo, el escritor advierte una forma de combatirlo: “Cuando el narrador se replegaba y concedía la voz que estaba sosteniendo a un tercero, por ejemplo a un personaje, y este empezaba a hablar con un régimen propio del personaje y no del narrador, hay una libertad que el narrador no tiene cuando ejerce su supuesta autoridad”, dice y añade: “Para mí es preferible a veces dejar correr la voz de un personaje que imagino que tiene la voz de alguien o de algunas personas”.
No obstante, también hay un período de confusión: “El narrador se mezcla con el escritor, este con el personaje, los niveles se van filtrando y queda una situación de escritura donde el narrador es un poco el escritor, un poco el personaje, un poco el que cuenta la historia en nombre de los dos. Es mestizaje, es muy propio del acto de escribir”.
Entonces, ¿qué hay de realidad en la pluma de Becerra? “Tengo un vínculo con la realidad: con la mía. Cada persona tiene una especificidad. Todos tienen una particularidad. Uno la puede usar para escribir porque es lo que te gusta, que el tiempo corra así”, manifiesta el oriundo de Junín y concluye: “Sin embargo, no hay una superioridad en la percepción artística. Simplemente es así”.
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