Pide dos cafés, deja los anteojos sobre la mesa y son pocos los minutos que pasan hasta que Julián López -escritor, docente y tallerista en un todo homogéneo- dice: “La obra es mucho más interesante que quien la produjo”. Antes, en ese interludio de inspección habitual entre dos desconocidos, el autor de “Las iracundas”, novela publicada a principios de septiembre por Random House, López detalla los compartimentos de su presente: dar clases en la Universidad Nacional de las Artes, dirigir clínicas de obra de grupos privados o de forma individual y, en los ratos que le queda, escribir, difundir su obra, leer.
López nació un día de 1965. Desde joven nada entre la poesía y la narrativa. Va de aquí para allá sin abandonar ninguna de las dos. Así, escribió los poemarios Bienamado (2004) y Meteoro (2020); y las novelas Una muchacha muy bella (2013), La ilusión de los mamíferos (2018), El bosque infinitesimal (2022). Su prosa ha sido traducida en varios idiomas: el francés, el inglés, el italiano, entre otros.
Sin embargo, luego de su anteúltima novela hasta la escritura de Las Iracundas, López ignoró sus antecedentes y comenzó a pensar que ya estaba, que esto no era para él, que “la escritura era una gilada”. Se llenó de angustia o, mejor dicho, de iracundia. Dos años y medio en esa agonía hasta que, de repente, irrumpe esa voz: La Voz. “Siempre me pasa lo mismo, paso mucho tiempo perdido hasta que algo empieza a precipitarse”, dice a EL DIA y añade: “Cuando aparece, te das cuenta de la arqueología que estuviste pensando. Reconocés una forma en la que venís dialogando hace mucho tal vez sin saberlo”.
Las iracundas es una novela tan irónica como visceral. Una mujer grande, artista, se embarca en una residencia literaria arriba de un bote que navegará durante un período que parece infinito sobre el Río Paraná. Desde aquel lugar, envía cartas a un remitente que nunca las recibirá. La ausencia, el devenir permanente, el deseo y la sexualidad, casi como en la vida misma, se desarrollan a lo largo de la obra.
- ¿Qué pensás de la mirada actual sobre los escritores? ¿Y sobre la voz del narrador?
- Hoy es posible consultar al autor sobre lo que leíste, lo que te gustó o no te gustó. Entonces se arrasa un poco la mediación del narrador que, en términos narratológicos, es el que define qué se mira y cómo se lo mira. Da la sensación de que quien escribe tiene ideas claras acerca de todo y no sé qué tan interesante es eso. Afortunadamente, la obra es mucho más interesante de quien la produjo.
- ¿Pero cómo es esa conexión autor-narrador?
- Uno construye el mundo que se le impone con el material propio. Obvio que hay mucho de tu mirada del mundo pero lo fabuloso de la escritura es que es incalculable. Te entregás a algo. Por lo menos en términos de escritura que a mí me interesan. Pretendo que la escritura sea imprevista para mí. Incluso cuando creo que sí.
- ¿Cómo fue encontrar la voz del personaje de Las Iracundas?
- Estuve mucho tiempo perdido hasta que algo comenzó a precipitarse. Apareció el esa voz, perfilada y dije “acá está”. Empezás a recibir la escritura, tomar decisiones y sobre todo a conocer eso que está apareciendo para ver cuál es la mejor manera que le podes ofrecer para que se convierta en una manifestación lo más plena posible. Yo creo que Las Iracundas es una novela que habla de la escritura. Cuando apareció esa voz empecé a entender todo eso y empecé a organizar lo que podía para hacer esa novela.
- ¿Cuál fue la génesis de este personaje?
- Tiene referencias de amigas mías pero también de obras como “El affair Skeffington” de María Moreno y La Operación Massota de Carlos Correas. Él, junto a Sebrelli y Massotas fueron tres intelectuales de los 50 que me deslumbraron y que de alguna manera quería referir. También quería escribir algo sobre Agnés Varda. Tenía muchas cosas sueltas que no terminaban de cuajar. Claro, hasta que apareció este primer texto de de la novela y ahí fue una escritura muy graciosa; me reí mucho.
- ¿Por qué la decisión de que la obra sea epistolar? ¿Hay algo de escribirle a una ausencia?
- La escritura es siempre a una ausencia que después uno dota de un montón de cosas. Toda escritura parte de la ausencia; como una cuarta que mandás a una persona, a una situación, al mundo incomprensible y cruel. Toda novela o escritura es como una botella al mar; siempre una carta.
Y en este caso, me servía lo epistolar porque te permite lograr un nivel de intimidad y de comodidad con ese otro. Sin que te interrumpan es un devenir, es como el río Paraná. Es una voz que nunca se agota. Es un discurso que nunca se agota, que se puede perder, que deriva, que naufraga, que puede volver a producir pero que nunca termina.
-¿Cómo fue la construcción de aquel escenario denso, pesado? ¿Hay algo de Saer?
- El Paraná es una especie de personaje único en la novela. Hay algunas cosas un poco fantásticas. Yo tengo una lectura literaria del Paraná como una cosa fabulosa, hiperbólica; una deriva sorprendente y vital. No tenía una referencia de Saer. Más bien es una mezcla de la tradición literaria con una especie de mirada ecológica muy actual de la que mi personaje se burla un poco.
- Ella se burla un poco de todo.
- Ella valora cierta nobleza del arte de uno de los personajes pero a todos los demás desprecia. No obstante, termina conmovida. Es un poco una mirada zumbona acerca de las poses del universo artístico literario que tienen todas las cofradías. Los que circulamos ahí adquirimos esas poses y practicamos ese desprecio con otros y somos despreciados por otros. Pertenecer es un poco eso, abrazarte con los propios y despreciar a los impropios.
- ¿Vos te hacés cargo de esa crítica?
- Yo me burlo mucho de mí en esa novela. La burla me servía para construir ese personaje. Pero en realidad tengo una mirada muy amorosa y muy admirativa con mis mayores. Ni hablar con la circulación también, más allá de que estoy más cerca de alguna gente y más lejos de otra, y me posiciono más cerca de alguna de alguna línea que de otras. Pero bueno, es el es el universo que habito.
- Me causaba gracia la idea de residencia literaria y que sea todo tan suntuoso.
- Todo muy pretencioso.
- ¿Y el amor no correspondido en esas cartas hacia Frau?
- Esta vieja se interna en esta residencia pero la aprovecha para tener como su charla final contra algo, ¿no? Para de alguna manera terminar o intentar terminar el duelo. Pensé a la novela formalmente como un objeto, como una hipótesis narrativa consistente que se fuera desencajando, que se fuera desarmando, que se fuera disolviendo. Entonces, es una residencia de artistas, es un barco que se va deshaciendo de sus tripulantes, de sus pasajeros en el que ella termina sola, sin rumbo. Todo se disolvió. Frau no está y ella termina enfrentándose a la noche.
- No obstante, también hay un poco de sexualidad. Quizás no es tan habitual imaginar a una adulta mayor teniendo sexo y vos en la novela abordás ese tema.
- Siempre me interesó la sensualidad y el erotismo de los cuerpos no jóvenes. Siempre me sentí viejo y siempre tuve relación con gente más grande que yo. Entonces quería investigar una idea de la vejez que fuera sensual y vital a pesar de que este personaje descubre que se está disolviendo y que se va a morir.
- ¿Por qué Las Iracundas?
- Es una palabra que me gusta mucho y que no circula tanto. Y también porque esta es una vieja muy iracunda, llena de ira.
- Me quedé pensando en aquel periodo que no podés escribir, de desasosiego y angustia. ¿Cómo sos vos ahí?
- La paso mal. Me pongo muy pesimista y me pongo muy reactivo, me parece la escritura una gilada. Digo, “no quiero hacer esto, no quiero pertenecer a ese mundo”. Me pongo muy malo, me parece todo una pose. Es mi manera de tolerar esa angustia, la ira, la iracundia.
Hasta que empiezo a escribir y algo se organiza y la energía empieza a circular mejor y entonces me interesa discutir la escritura.
- Ese período en que sí escribís, ¿cómo hacés para que tus mundos convivan?
- Soy un escritor diurno y desprolijo. Me levanto 7:30 y mi actividad es tomar mate, mirar por la ventana e intentar escribir hasta que comienza la jornada de dar clases.
- ¿Y si venís envalentonado?
- Es un pelotazo. Es muy caro ser escritor en Argentina. Se escribe cuando se puede que, en general, no se puede nunca. Tenés que inventarte ratos. Es muy caro comprar tiempo para escribir. Que un escritor termine una novela, un libro de poemas y que lo pueda publicar, es un acontecimiento que yo miro con mucho respeto.
Las iracundas
Julián López
Editorial: Random House
Páginas: 192
Precio: $35.499
SUSCRIBITE a esta promo especial