“Hay que venderla, es muy grande” –dijo con voz lastimosa–, mientras sus dedos se deslizaban lentos sobre la superficie descolorida hasta orillear el precipicio de la mesa. Los ojos tristes y anhelantes de mi madre se clavaron sobre mi nuca.
“Sí, ya lo hablamos”, dije yo, sin poder darme la vuelta a mirarla, con la soledad del miedo que empezaba a apoderarse de mí.
Hubo un tiempo en el que supimos ser cinco. Ahora, todos nos hemos ido. Mamá se irá pronto también. La casa quedará en silencio, vacía, a la espera de nuevos moradores. La mesa, que ahora carga la luz de la tarde sobre su lomo, partirá también. Se llevará una porción de tiempo vivido.
Sus vetas se han tragado lo indecible. Y lo demás —risas, celebraciones, llantos, discusiones—, ¿se irán con ella también?
Una melodía brota desde la ventana abierta del comedor. La voz de Ciro, gastada y arrabalera, se derrama por la sala y también por mis venas. “Quizá no sea el vino, quizá no sea el postre, quizá no sea nada, pero hay tanta belleza tirada en la mesa, desnuda, toda rebalsada”, dice la canción.
Y yo sonrío, melancólica, feliz, por unos instantes. Y Ciro sigue cantando… “apurás el vaso, vas perdiendo el paso. Y en la mesa ya no hay nada.”.
¿ Nada?, pienso, me estremezco.
Entonces giro mi cuerpo en dirección a mi madre, helado por la súbita sensación de intemperie que me recorre. Ella me mira de costado, ofreciéndome una media sonrisa —forzada—, y yo la miro con ojos pálidos, y quiero decirle que no tema, que no es más que un objeto gastado y viejo; que hay ciclos que inevitablemente se cumplen; que así es la vida y ya. Que da igual si ya no somos tan jóvenes. Quiero decirle que la belleza, nuestra belleza, ese núcleo incandescente, absoluto y perfecto de felicidad y desdicha, no está desnuda ni está en la mesa, ni en la sala, pero sí está acá —apoyando mi mano sobre el pecho, a la altura del corazón—. Quise decirle que no tenga miedo, que sabremos apropiarnos de ella una vez que la puerta se cierre para siempre.
Quiero decirle todo eso, e incluso más. Y quise decírmelo a mí también. Pero no pude.
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