A mis 98 años y 361 días, cuando me encuentro próximo a cumplir un nuevo aniversario de vida, considero oportuno compartir algunas reflexiones que acaso puedan resultar de utilidad para quienes todavía tienen por delante buena parte del camino que yo he recorrido.
No pretendo atribuir mi longevidad a una fórmula extraordinaria. Sería una imprudencia desconocer la importancia de la herencia, la fortuna y la atención médica. Sin embargo, estoy convencido de que ciertas modificaciones en mis costumbres contribuyeron a que pudiera llegar a esta edad conservando una razonable autonomía y, sobre todo, el entusiasmo por vivir.
Durante mi juventud fui poco considerado con mi propio organismo. Comía en exceso, descansaba menos de lo aconsejable y confundía la fortaleza con la capacidad de soportar cualquier abuso. Con los años comprendí que el cuerpo no es una máquina inagotable y que la moderación, lejos de constituir una privación, representa una forma de inteligencia.
Abandoné el cigarrillo, reduje considerablemente el consumo de bebidas alcohólicas y procuré incorporar alimentos sencillos, verduras, frutas y agua en abundancia. También adquirí la costumbre de caminar diariamente, aunque fuera unas pocas cuadras. Nunca fui un deportista destacado, pero aprendí que la constancia suele ofrecer mejores resultados que los esfuerzos extraordinarios y pasajeros.
Otra decisión fundamental fue concederle al descanso la importancia que merece. Dejé de considerar las horas de sueño como tiempo perdido y procuré ordenar mis jornadas. Asimismo, aprendí a no concederles a las contrariedades más espacio del indispensable. Los disgustos son inevitables; prolongarlos indefinidamente, en cambio, suele ser una elección.
Pero si algo me permito recomendar es no abandonar jamás la curiosidad ni los afectos. Todavía leo el periódico, converso con mis allegados, ejercito la memoria y encuentro motivos para interesarme por los acontecimientos del mundo. La vejez puede imponer limitaciones físicas, pero no necesariamente debe significar una renuncia a la vida intelectual y social.
He despedido a personas entrañables y atravesado circunstancias que hubiera preferido evitar. Aun así, procuro no vivir prisionero de la nostalgia. Cada época tiene sus dificultades y sus oportunidades, y considero un privilegio poder seguir siendo testigo de las transformaciones de nuestra sociedad.
Ignoro cuánto tiempo más me será concedido. Tampoco puedo asegurar que mis hábitos expliquen los años alcanzados. Pero sí puedo afirmar que me ayudaron a vivirlos mejor.
Si estas palabras consiguieran persuadir a una sola persona de cuidar su salud, cultivar sus vínculos y abandonar alguna costumbre perjudicial, sentiría que esta carta ha cumplido sobradamente su propósito.
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