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En Morteros, un pueblo acostumbrado a que el agua tape sus calles sin pedir permiso ni dar explicación, las ausencias no irrumpen como una sombra trágica ni como un misterio insondable, pero lo cubren todo. Podría esperarse un libro oscuro y no lo es. La muerte, desde los pequeños ojos de Vidria, se vuelve lúdica.
Silvana Vogt cuenta en una entrevista a EL DIA: “Es un libro atravesado por la muerte y la obsesión de ella por los muertos, pero es un libro que para mí es pura luz”. Lo que la novela celebra, agrega, es “un canto de amor a la permanencia de los muertos, como fantasma, como compañeros todavía, pero no en el sentido lúgubre, sino en el sentido vital”. Los que ya no están no vuelven para asustar sino para acompañar.
Los fantasmas caminan todavía por el pueblo y la novela nos recuerda la larga tradición latinoamericana del realismo mágico. Vogt, sin embargo, no escribió con un molde delante: “No pensé en ninguna etiqueta. Escribí muy a ciegas, siguiendo la mirada del personaje”. El hallazgo fue Vidria: “Una vez que encontré a Vidria y su personalidad y sus obsesiones, fue como ir siguiéndola”. Y lo que busca como escritora, y también como lectora, es “ampliar la mirada literariamente”.
UN TONO PARA LA DESGRACIA
Las desgracias del pueblo no son un invento. “Las catástrofes son reales, incluso lo de los paracaidistas”, asegura Vogt, y por eso supo que había que narrarlas con humor: “Si es una tragedia, entonces no lo puedo narrar como tragedia, la voz no puede ser grave, tiene que ser una voz en la que al lector le entre todo este mundo catastrófico por un lugar diferente”.
Ese humor, dice, es muy argentino. Y explica el mecanismo que ve detrás: “Lo que pasa es que le ponemos ese punto de magia, ese punto de fantasía o ese punto de carcajada para hacerlo soportable”.
Para sostener ese tono desaforado y luminoso hacía falta una mirada capaz de mirar el drama de frente, con una curiosidad intacta y un total desprejuicio. La elección de una voz infantil no fue caprichosa: le otorgó a la autora una libertad absoluta para desatar el disparate sin caer en la solemnidad. Sin embargo, técnicamente se trataba de un desafío complejo, ya que la gramática de un niño real a veces limita el vuelo literario. Para sortearlo, Vogt retiró en contadas ocasiones al personaje del tiempo estricto de la infancia: no se trata de reproducir el balbuceo ingenuo, sino de construir un puente temporal. Como ella misma explica, es la mirada del “adulto recordando cómo pensaba la vida y el mundo cuando era un niño, cuando era todavía inocente”. Esa distancia sutil es la que permite que el absurdo del pueblo conviva con una profunda reflexión filosófica.
LLANURAS VERTICALES
El primer capítulo, dice Vogt, agarra todo el significado del libro. El Rafa Capellino les cuenta a los chicos una realidad que queda más allá del pueblo, con “llanuras verticales que se llaman montañas” y la voz que narra se angustia: “Yo pensé que no podía ser que existieran palabras que yo no conociera, porque eso quería decir que existían cosas que esas palabras nombran que tampoco conocía”. Si eso era posible, “todo aquello que uno defendía podía ser refutado por alguien que supiera cosas que uno no sabía”. Esa reflexión viene, dice, de haber estudiado Filosofía y de una frase de Hermann Hesse que no se le olvida: “La entrada cuesta la razón”.
Ese capítulo ya estaba escrito, pero Vogt lo retomó al final porque había quedado corto frente a los demás. En esa reescritura apareció Harley Davidson, un personaje que no existía. “Como soy bastante obsesiva con esas cosas, quise hacer un homenaje a mi moto amada, que es una Harley Davidson”, cuenta. Hoy es “la plasticola de toda la peripecia”.
Casi sin buscarlo, la novela recuerda la larga tradición latinoamericana del realismo mágico
EL MONSTRUO Y EL BORRADOR
De ahí el título. La monstruosidad, para Vogt, es la del conocimiento: si la verdad es relativa, lo que Vidria vive puede narrarlo con belleza, con magia, con fantasía. “Es el momento exacto en que una cabeza deja de funcionar de manera normal, entre comillas, y empieza a funcionar como un escritor”, explica. Tras un hecho que será una bisagra en su vida, la protagonista lo resume así: “Para mí, la vida era el borrador de la literatura, y no al revés”.
Hay ahí una postura sobre la escritura -que aparece una y otra vez en la novela-, que Vogt formula con cautela. Frente a “una moda de una literatura de lo cotidiano, del reflejo exacto de la realidad”, defiende que escribir “también es intentar describir lo extraordinario, o ponerle magia, o ponerle fantasía. No solo una denuncia, no solo una copia del diálogo que salgo ahora a la esquina de casa, me siento en un bar y escucho”.
PAGAR LA FACTURA
Vidria es la única del pueblo que siente que Morteros le queda chico. “Esto no me alcanza, yo quiero salir”, resume Vogt. El paraíso, explica, “es tanto la infancia como el lugar en el que te criaste, en donde conocés los códigos, conocés los amigos, conocés la familia, tenés una herida colectiva en el pueblo”, y salir de él tiene su precio: “Siempre la ida del paraíso implica pagar una factura, pero es una niña valiente que está dispuesta a pagarla”.
La autora conoce ese camino. A los once años dejó Morteros para vivir en Santa Fe; después vinieron Corrientes, Buenos Aires y, en 2002, Barcelona. “Es un libro en el fondo también atravesado por el exilio”, reconoce, y habla de lo que hay que dejar atrás al adaptarse “a otra cultura, a otra lengua, a otras formas de vida”. Su primera novela, La mecànica de l’aigua, está escrita en catalán; en 2018, con una Beca de Escritura Montserrat Roig, retomó la escritura en su lengua materna.
El fino arte de crear monstruos, su segunda novela, ganó en febrero de 2026 el Premio Finestres de narrativa en español. La publicó una editorial española —“considero que mi casa está allá”, explica— y eso tiene su contracara: “es muy raro escribir un libro tan argentino y solo llegar a lectores españoles”. De ahí la terrible ilusión de que Eterna Cadencia haya comprado los derechos y el libro llegue a la Argentina. Suele ocurrir al revés, con autores argentinos que funcionan y se editan en Europa; lo suyo, dice, fue “un camino inverso muy raro, pero muy lindo, que ahora lleva el libro a su lector natural”.
Silvana Vogt ya trabaja en otra cosa. Para ella la historia de Vidria está terminada, “por lo menos por ahora”, y escribir sobre la infancia era “como un caramelo” del que cuesta salir: “No quiero repetir voz, no quiero repetir fórmula, no quiero repetir humor, quiero que cada libro que escribas sea como un paso más, con su propia identidad, con sus propias reglas y con la creación de un mundo diferente”. Es la misma convicción que atribuye a Vidria, que quiere “lo que tiene, sino lo otro, lo que queda más allá”.
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