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La narradora de cuentos

Por CARTA 1

Raúl Oscar Cortés (NOMBRE)

Es una cálida tarde de otoño. Julia detiene sus pasos ante la antigua casona, cercada por un enrejado negro de hierro forjado. Una tupida enredadera trepa por las paredes; sus hojas, alguna vez verdes, han mudado hacia tonos amarillentos, ocres y bermellón.

Faltan tres minutos para las cinco.

Toca el timbre.

Una mujer de guardapolvo blanco y pequeño tocado abre la puerta y atraviesa el jardín para recibirla.

-Buenas tardes, Julia. Adelante.

Julia la sigue en silencio. Es lectora de compañía. Tres tardes por semana acude a domicilios, hospitales y residencias para prestar su voz a quienes, por enfermedad, ceguera o edad avanzada, ya no pueden leer por sí mismos.

En la sala de paredes blancas, tapizada con suntuosos gobelinos y refinado mobiliario de roble macizo, Julia se quita el tapado y lo deja sobre uno de los sillones de terciopelo corinto, junto con el sombrero.

La mujer se dirige a una de las habitaciones, abre la puerta y le franquea el paso.

Al entrar, Julia percibe el aroma de jazmines recién cortados dentro de un fanal de cristal sobre la cómoda. Por el postigo entreabierto del recinto se filtran, tenues, los últimos rayos de sol, creando una atmósfera apacible. Se oye el bullicioso trinar de los pájaros en los árboles del parque.

En la cama yace Esteban, un hombre mayor. Su rostro permanece sereno; los párpados cerrados velan un profundo letargo. Los brazos descansan junto al torso.

La enfermera controla el suero y se retira. Los hijos de Esteban contrataron a Julia para que le lea durante una hora. Nadie puede asegurar que él la escuche.

El reloj de la sala marca cinco campanadas con acompasada gravedad. Julia se sienta junto a la cama, extrae un libro de su cartera, busca la página señalada y comienza:

-Capítulo V. La nave zarpa del puerto de Valparaíso…

Durante casi una hora lee con voz pausada. Al finalizar, cierra el libro.

-Hasta aquí por hoy, don Esteban. Mañana sabremos si la nave consigue cruzar el Cabo de Hornos.

Es un rito que nunca altera. Cree -o necesita creer- que en algún rincón inaccesible de aquella conciencia dormida las historias encuentran todavía un oído dispuesto a escucharlas. Antes de retirarse observa el rostro inmóvil del anciano. Entonces le parece que el dedo índice de la mano derecha se contrae apenas.

Contiene la respiración. Espera. Nada vuelve a suceder. La enfermera entra en ese momento.

-Creo… creo que movió un dedo -dice Julia.

La mujer sonríe con ternura.

-Hace cinco años que todos creemos haber visto algún movimiento.

Julia baja la mirada. Tal vez haya sido una ilusión. Al despedirse acaricia, como siempre, la mano de Esteban. Y por primera vez siente bajo la palma un tibio estremecimiento, frágil como el temblor de un pichón de tórtola.

Desde aquella tarde ya no vuelve a leer con la serenidad acostumbrada. En los pasajes de mayor suspenso cree advertir cambios imperceptibles en la respiración de Esteban, un movimiento de los labios, un dedo que se relaja. Signos tan leves que bien podrían ser obra de su imaginación.

Una tarde pregunta:

-¿Cuánto tiempo lleva así?

-Poco más de siete años.

-¿Y siempre estuvo solo en esta casa?

-No. Vivía aquí con su esposa. Cuando ella murió, sus hijos pensaron en venderla. Pero él enfermó poco después y decidieron conservar la propiedad. Creyeron que estaría mejor aquí con la esperanza de una mejoría. Pero…, el tiempo pasa…

-¿Sus hijos creen que puede escucharme?

La enfermera sonríe.

-No. Ellos creen que usted necesita creerlo.

La respuesta la desconcierta. Procura convencerse de que la mujer tiene razón. Está allí para cumplir un trabajo: lee durante una hora y regresa a su casa, como hace con los demás pacientes. Pero con Esteban ya no resulta tan sencillo.

Una tarde termina la novela que ha leído durante semanas y busca otro libro en la biblioteca de la casona. Los anaqueles están repletos. Entre dos gruesos volúmenes descubre un pequeño cuaderno de tapas de cuero envejecido. Lo abre. En la primera página encuentra unas líneas escritas con elegante caligrafía:

“A quien lea estas páginas algún día: si alguna vez el silencio me alcanza antes que la muerte, no dejen de contarme historias. Un hombre deja de vivir cuando ya nadie le narra el mundo.” Julia vuelve a leerlas. No hay firma. En la última página encuentra una pequeña etiqueta: Propiedad de Esteban Valdés. Permanece inmóvil. Aquel cuaderno parece haber atravesado los años para llegar hasta ella.

Desde entonces lee de otra manera. Ya no por obligación ni por compasión. Tampoco para comprobar si aquellos estremecimientos son verdaderos. Lee porque siente que está cumpliendo una voluntad expresada por Esteban mucho antes de que el silencio lo alcanzara y de que ella entrara en su vida.

Poco después, los hijos deciden vender la propiedad y trasladarlo a una institución especializada. A Julia le quedan pocas tardes en aquella habitación. Abandona entonces las novelas de aventuras y elige otras historias.

Historias de infancia, primeros amores, árboles y jardines. De tardes de lluvia y del olor del pan recién horneado. De estaciones ferroviarias y largos viajes en tren. De barcos que regresan al puerto, plazas, perros, canciones y mesas familiares.

De esas pequeñas cosas que, reunidas, terminan configurando la vida de un hombre. Ya no lee para despertarlo. Lo hace para que, si aún persiste algún rincón de conciencia detrás de tantos años de silencio, ese rincón no quede completamente vacío.

Mediante su voz le devuelve un mundo que Esteban ya no puede salir a buscar: el rumor del mar, las calles de ciudades lejanas, los bosques, los amores, la lluvia contra los cristales y las aventuras de otros hombres. Tal vez Esteban no oiga nada. Tal vez lo oiga todo.Julia comprende finalmente que ya no necesita saberlo.

Mientras su voz llene aquella habitación, el anciano no estará enteramente solo. En la última tarde antes del traslado termina una historia cuando el jardín comienza a hundirse en las sombras. Cierra el libro y coloca el señalador entre las páginas.

-Mañana seguimos -dice, aunque sabe que al día siguiente la habitación estará vacía.

Toma la mano inmóvil de Esteban y permanece así unos instantes. No hay estremecimiento. Ni movimiento. Ni respuesta. Esta vez no espera ninguno. Se incorpora, recoge la cartera y camina hacia la puerta. Antes de salir vuelve la mirada. La habitación queda en penumbras. Sobre la mesa de luz descansa el libro cerrado.

Julia deja la puerta entornada, como aquella primera tarde. Mientras atraviesa el jardín comprende, por fin, el verdadero sentido de aquellas palabras escritas tantos años atrás: un hombre deja de vivir cuando ya nadie le narra el mundo.

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