Hay libros que cuentan una historia y hay otros que parecen abrir una puerta hacia la cabeza de quien los escribe. La novela luminosa, de Mario Levrero, pertenece a esa segunda clase. Publicada póstumamente, la obra es, al mismo tiempo, diario, novela, reflexión sobre la escritura y registro minucioso de una vida encerrada en sus pequeñas obsesiones.
El proyecto tenía, en apariencia, un objetivo concreto. Entre agosto de 2000 y agosto de 2001, Levrero recibió una beca Guggenheim para retomar un libro que había comenzado unos veinte años antes. Quería escribir sobre determinadas experiencias extraordinarias, aquellas que consideraba “luminosas”, y encontrar una forma de trasladarlas a la literatura sin destruir aquello que las hacía excepcionales.
El problema es que escribirlas resultó casi imposible. Y esa imposibilidad terminó convirtiéndose en el verdadero motor del libro.
UN AÑO DEDICADO A NO ESCRIBIR
La obra está dividida en dos partes. La primera y más extensa es el Diario de la beca, un registro cotidiano de aquel año en el que Levrero debía avanzar con su proyecto. En lugar de una progresión ordenada hacia la novela prometida, aparecen las interrupciones, las demoras y los desvíos: la computadora, Internet, los problemas de sueño, la salud, las compras, las lecturas, los medicamentos, los sueños y una interminable colección de pequeñas preocupaciones.
Levrero observa su propia vida con una mezcla particular de obsesión y humor. Puede detenerse en el comportamiento de las palomas de su balcón, en una discusión con el corrector ortográfico de Word o en la organización de sus medicamentos. También aparecen sus paseos breves por Montevideo, sus lecturas y la presencia de “Chl”, la mujer que lo acompaña, lo alimenta y aparece y desaparece de ese mundo doméstico.
Pero debajo de esa acumulación de detalles hay una preocupación mucho más profunda: el tiempo.
El escritor sabe que el tiempo destinado a escribir se está consumiendo. La computadora, el porno, el valium y otras compulsiones aparecen como formas de escapar de una angustia difícil de nombrar. Levrero las entiende como mecanismos para hacer que el tiempo pase sin sentirlo, aunque también advierte la paradoja: mientras intenta escapar de la angustia, está dejando escapar su propia vida.
Ahí aparece una de las grandes ironías del libro. El fracaso de la escritura termina produciendo literatura. La espera, la postergación y hasta la falta de acontecimientos se convierten en materia narrativa.
BUSCAR OTRA REALIDAD
La segunda parte recupera el texto de La novela luminosa que Levrero había escrito en 1984. Allí se encuentran aquellas experiencias que dieron origen al proyecto: percepciones extraordinarias, sueños, telepatías, presencias y la intuición de que detrás de la realidad cotidiana existe otra dimensión que apenas podemos percibir.
Para Levrero, la literatura no parece estar relacionada con construir una trama perfecta ni con reproducir modelos consagrados. Su búsqueda apunta a algo más difícil: acercarse al verdadero ser de las cosas. Por eso una avispa, una araña, una hormiga, una paloma o un sueño pueden adquirir una importancia inesperada.
Su literatura encuentra lo extraordinario en aquello que, a primera vista, parece insignificante.
Y allí está buena parte de la potencia de La novela luminosa: en la capacidad de transformar lo cotidiano en una zona de misterio. El departamento, la computadora, los libros, las noches interminables y las visitas se convierten en elementos de un universo propio, gobernado por una lógica que mezcla humor, angustia, obsesión y pensamiento.
Levrero tampoco teme exhibir sus contradicciones. El hombre que pretende recuperar una experiencia casi mística puede pasar horas atrapado frente a una computadora. El escritor que busca una revelación puede quedar detenido en los problemas más triviales. El proyecto trascendente convive con el mosquito que pica, el trámite pendiente, el libro policial comprado compulsivamente o una discusión absurda con un programa informático.
Esa convivencia entre lo sublime y lo ridículo es una de las claves de su escritura.
El libro encuentra su forma precisamente en la imposibilidad de alcanzar el objetivo inicial. El diario de un hombre que no consigue escribir la novela termina siendo la novela.
Mario Levrero, seudónimo de Jorge Varlotta, fue un escritor ajeno a las formas convencionales, autor de una obra atravesada por el humor, lo extraño y una permanente exploración de la percepción. La novela luminosa, su obra póstuma, condensa buena parte de esas búsquedas.
Editorial: Penguin
Páginas: 568
Precio: $54.999
SUSCRIBITE a esta promo especial