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La guitarra de siete cuerdas es, en su base, una criolla con un agregado: una séptima cuerda, más grave, afinada en si. Alejandro Bordas la enseña desde hace diecisiete años en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), donde coordina la carrera de tango. “Es una guitarra criolla, pero con la particularidad de que tiene una cuerda más, que es la séptima, más grave”, explica. “Ahí se gana un montón de armónicos, notas y posiciones que uno, con una guitarra tradicional, no podría llegar a tocar: distintas disposiciones de acordes”, cuenta a EL DIA.
Este año, publicó “Tango en siete cuerdas. Un mapa posible para la guitarra”, editado por Mil Campanas, en el que deja por escrito ocho arreglos para guitarra solista y en dúo e imprime, por primera vez en el género, un modo de pensar la enseñanza de la guitarra de siete cuerdas aplicada al tango. El libro reúne cuatro arreglos para guitarra sola —La cachila, de Eduardo Arolas; Mariposita, de Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez; Milongueando en el 40, de Armando Pontier, y Una canción, de Aníbal Troilo— y cuatro dúos: El huracán, de los hermanos Donato; Valsecito amigo y Grillito, estos dos escritos junto con Claudia Humoller, y una Whisky Suite Troileana de Astor Piazzolla. Sale poco después de Mudanza, su disco solista, del que el libro transcribe parte del repertorio. La edición es bilingüe, en español e inglés, con prólogos de Julián Peralta y Federico Beilinson y arte de tapa del guitarrista y artista plástico Juan Lorenzo.
“El tango es un movimiento que está en constante movimiento y en constante expansión”
¿Cómo se innova sin perder la raíz? Bordas plantea dos vías. Una es genérica: “El tango es un género que está en constante movimiento y en constante expansión; no es que yo sea el único que lo propone, es parte de todo un gran movimiento”. La otra tiene que ver con el instrumento y su cuerda de más. Pero hay algo que a Bordas le interesa nombrar antes de seguir: qué hace que el tango sea tango. “Si uno transforma los modelos rítmicos de acompañamiento y la paráfrasis del género dentro de la discursividad musical, ahí está la expansión y el diálogo con la raíz, sin perder el riesgo que requiere en sí misma la composición.”
REVISITAR LO CLÁSICO
Los ocho arreglos toman piezas del cancionero tradicional, no composiciones propias. Bordas lo explica desde su propia formación: “El impulso de componer lo fuimos teniendo a partir de experimentar los clásicos del repertorio. Desde esa perspectiva, es revisitar el pasado con un pie en el presente y proyectar hacia el futuro” —la convivencia, dice, entre la música del siglo pasado y la de este siglo, filtrada por una manera subjetiva de tocar y de componer.
En el prólogo del libro, Bordas ubica esa tarea de arreglar en un terreno más amplio. Escribe que un libro de partituras propone “una metodología para abordar el instrumento desde una concepción heterodoxa de la enseñanza” y que el trabajo, después de todo, es “un llamado a la invención”.
ESCUCHAR DESPACIO
Bordas vincula el proyecto con una idea que viene planteando desde hace tiempo, sobre los modos de consumo cultural actuales: “Estamos en un momento en el que todo pareciera ser una especie de espejismo de ilusión exitista, de recompensa inmediata, en relación con las redes sociales y con los consumos vía streaming”, dice a este medio. Frente a eso sitúa el estudio riguroso y la escucha atenta, “procesos largos, que llevan una reflexión profunda”. La valoración de hoy, agrega, “tiene que ver con una recompensa inmediata que muchas veces está a distancia de un clic”. Por eso, concluye, apostar a este tipo de trabajo “es casi contracultural”.
EL MATERIAL QUE FALTABA
La razón concreta detrás del libro es más específica: no hay, dice Bordas, material publicado de guitarra tango —ni solista ni en arreglos de dúo— en el ámbito educativo del género. “Cuando empecé a tocar este instrumento, en 2009 o 2010, no había absolutamente nada. Existe una gran escuela de estudio de la guitarra de siete cuerdas ligada al choro y a la música brasilera, pero no está orientada al tango.” De ahí el propósito que declara para el libro: dejar un soporte concreto para quienes, en la EMPA o fuera de ella, se acerquen al instrumento con intención de tocarlo. La escuela cumple cuarenta años este año, y Alejandro describe su tarea ahí como parte de un proceso más largo de institucionalizar el estudio de la música popular argentina.
Sobre qué busca transmitir cuando su propio trabajo se vuelve material de estudio para otros, vuelve una y otra vez sobre la misma idea: “Es pensar en el otro, en los que vienen.” El libro está dedicado a Lia, a su hijo Lucio y a su amiga Claudia Humoller, coautora de dos de los arreglos.
Editorial: Mil Campanas
Páginas: 68
Precio: $42.000
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