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“Me han dicho que soy una de esas personas a la que no le gusta lo que le gusta a los demás”, dice Elvira Orphée. No le gusta el dulce de leche, no le gustan las rosas ni las caminatas, no le gusta el olor de las rosas. Viene de Tucumán, “que no es el paraíso terrenal”. Tampoco le gusta la mucha compañía: “Yo tolero compañías por un ratito. Y creo que en ese ratito se puede decir todo”, dice en una entrevista con Audiovideoteca de Escritores (2005).
Esa voz, que se define por lo que descarta, es la de una escritora cuya obra volvió a circular en los últimos años. Fondo de Cultura Económica publicó este año Cuentos reunidos, con prólogo de la escritora Luciana De Luca, que junta por primera vez en un mismo volumen Su demonio preferido (1973), Las viejas fantasiosas (1981) y Ciego del cielo (1991).
CASI VEINTE AÑOS DE CUENTOS
Entre el primer libro y el último pasan dieciocho años; los tres tomos se publicaron antes, durante y después de la última dictadura. Reunirlos permite leer de corrido lo que estaba repartido en libros de épocas distintas, cuyos títulos nombran una presencia (un demonio), un grupo (unas viejas) y una condición (ser “ciego del cielo”). En ese lapso Orphée también escribió novelas.
Los cuentos recorren un territorio amplio, como señala De Luca: la infancia y sus zonas oscuras, la justicia por mano propia, las intrigas amorosas que organizan a las familias, los femicidios, el amor tormentoso entre madres e hijos, las mezquindades de la clase trabajadora y de la burguesía, la corrupción que atraviesa a la república. También una época: la de la mano de obra desocupada de los años ochenta, que “afina la puntería y reinventa una industria del delito postdictadura”.
“Elvira es original de una manera en la que solo lo que es profundamente valioso logra serlo. Se la puede leer hoy igual que ayer, anteayer o hace cuarenta años. La oportunidad es exquisita: sus temas son álgidos, desafían, se inmiscuyen en lo que no es cómodo”, escribe la prologuista.
LO QUE HAY DENTRO
Su universo está poblado por figuras complejas: marginados, personajes atravesados por la mezquindad, pero rodeados de dignidad estilística. No hay juicios morales simplistas. Sus relatos exponen la corrupción como un entramado invisible, la crueldad cotidiana o los efectos del desamparo social con una elegancia que no atenúa la contundencia del impacto. “Hay belleza, mucha belleza, deslumbrante belleza. Hay maldad también: nunca falta. Nadie es bueno-bueno. Como en el mundo, pero mejor, porque es literatura”, explica De Luca.
La excentricidad que tiene no responde al azar, sino a una decisión estética inquebrantable. Respecto del acto de escribir y de los cauces narrativos tradicionales, la propia Orphée reflexionaba en una entrevista sobre las motivaciones formales de su búsqueda: “Hay mucha diferencia entre decir: quisiera creer en algo, que es una frase normal y común, pronunciable por cualquier persona que se pasea por la calle. Pero Renan dice en uno de sus libros: Empecé arrodillándome ante nada para ver si me arrodillaba ante algo. Mire qué dos distintas formas de decir quiero creer en algo. Y eso es la literatura: decir las cosas en una forma que le hable más al espíritu, que le hable más al pensamiento o que trate de ser totalmente preciso con los matices”. Esa precisión sobre el matiz y el lenguaje se trasluce en la arquitectura narrativa de sus relatos, en los que el lirismo convive con una crudeza punzante.
DE TUCUMÁN A PARÍS
Orphée nació en San Miguel de Tucumán en 1922. Pasó buena parte de su infancia en cama y la ocupó leyendo: “como vivía enferma, vivía leyendo”, dice. Ya sabía leer a los cuatro años, con los cuentitos de Calleja que le regalaba su padre. En el colegio de monjas escribía versos de amor en las clases aburridas; una religiosa la descubrió y llamó a su madre; fue un escándalo en la época. A los quince se fue a Buenos Aires. Quería estudiar medicina, pero en el examen le dijeron: “Con esas uñas usted no va a ser médico”, porque las tenía pintadas de rojo. Terminó la carrera de Filosofía y Letras y se inclinó por la literatura. Había escrito cuentos, hasta que un día se dijo “Basta de cuentos”, porque “no tenían resolución”, y se puso con la novela.
En la década de 1970 vivió en Francia, donde trabajó para Gallimard y editó, entre otros, a Clarice Lispector, Juan Rulfo y Felisberto Hernández. A pesar de haber obtenido reconocimientos de prestigio internacional, como las becas Guggenheim y Civitella Ranieri, y haber sido elogiada por Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik e Italo Calvino, su obra ocupó con frecuencia un lugar lateral respecto de los grupos literarios hegemónicos.
El recorrido vital y profesional de Orphée desmiente cualquier intento de encasillamiento. Era lectora de manuscritos en español e italiano en la editorial Gallimard y los calificaba en informes del uno al cinco, con el uno como nota máxima. A Rayuela, relata, le puso “uno y un cuarto”, y Julio Cortázar no se lo perdonó: “ese cuarto no me lo perdonó jamás”.
La reaparición de sus tres libros de relatos devuelve a los anaqueles una voz que rehúsa la prisa y la transparencia facilista. Leer a Elvira Orphée hoy es aceptar el desafío de una obra singular que, con la misma potencia de siempre, demuestra que la literatura puede construirse desde la precisión, la libertad y la mirada atenta sobre lo humano.
Editorial: Fondo de Cultura Económica
Páginas: 457
Precio: $32.000
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