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Lágrimas negras: del bolero a las diagonales

Barras bravas, secretos de Utilísima y un bolero de fondo: Julieta Novelli presenta una obra que escucha la voz de la calle para hacerle frente al desencanto

Desde los ojos de Rosario -o, mejor dicho, desde la cadencia de su voz-, un barrio platense va naciendo a medida que se lo nombra, se lo camina y se lo habita. Una mirada que devela, entre bambalinas cotidianas, las tensiones invisibles de su familia y sus relaciones. En ese camino, la protagonista convive con las frustraciones de su propia imperfección que no busca justificarse ni explicarse, sino edificarse a partir de sus refugios: una mitología profana tejida entre la devoción por una barrabrava mística, los saberes caseros transmitidos frente a la hornalla y el aprendizaje apasionado de nombrar el mundo con urgencia.

La narradora hilvana una iniciación sentimental que bordea lo fantástico sin perder jamás el calor del barro

EL MELODRAMA COMO GRAMÁTICA BARRIAL

La novela de la escritora platense Julieta Novelli -doctora en letras y actriz- se parte de una premisa: los afectos más profundos del barrio no se explican, se cantan o se sufren -o ambas- con lágrimas negras. En su último libro en prosa (2025), la narradora hilvana una iniciación sentimental que bordea lo fantástico sin perder jamás el calor del barro.

Rosario crece en una casa atravesada por el silencio. Entre una madre absorta en las planillas de IOMA, un padre sindicalista cuya presencia oscila entre la heroicidad vecinal y el vampirismo, y su hermano Nico, “el niño avión”, que acapara el orgullo doméstico, ella habita un desamparo.

El cuerpo existe, ocupa, y se nota en su prosa: “yo empecé siendo actriz; y empecé a escribir desde ahí, en mi casa, desde la improvisación, desde el tono, escribía en voz alta”, cuenta en entrevista con EL DIA. Hay una inmediatez corporal y una sintaxis desobediente que se aleja del acartonamiento académico para jugar en tonos íntimos y fragmentarios de quien cuenta su vida desde la urgencia dramática de una pena.

UNA CORTE DE DIVINIDADES COTIDIANAS

Pero un día alguien le da identidad. Huyendo de las burlas, cruza apurada la calle, y recibe un grito desde la ventanilla del camión: “Guarda mi vida”. Ese rezo se transforma en una epifanía. Por primera vez, alguien la ha mirado y le ha otorgado una misión vital; ella y su amiga obedecen casi como si fuese un mandato divino.

La Señora, una legendaria barrabrava de Gimnasia, no es un ángel celestial, sino una figura profana tallada por la dureza de la tribuna: una mujer de cuerpo flaco, cabello largo entrecano, veintidós tatuajes en la piel y unas zapatillas verdes con los cordones desatados. Es la reina indiscutible del camión “el Osito” y de las ollas de viandas.

A través de su amistad con Vera -la sobrina de la Señora, que baila en la cama, que hace karate, que la abraza- Rosario se deja llevar por esta adoración compartida. Ambas deciden que serán “señoras”, anhelando una libertad ajena al modelo de sus madres. Para ellas, es una santa mundana y lúcida: “Ella quiere ser esa señora con su amiga Vera; se quieren alejar un poco de las figuras de sus madres y creen que pueden llegar a ser una señora con ese mayúscula”, explica Julieta. Lo más bello es que la elegida es esta mujer rodeada de hombres, a esta “crota” y mala influencia. “Es un personaje muy a tierra; con un montón de problemas y no es la buena. Me gusta eso de seguir un modelo que está roto, que no conviene, que tiene lo su lado lindo, su lado feo”, agrega.

Sin embargo, el santoral profano tiene su contraparte intramuros en Nelly. Hermana menor de Beva -la querida niñera de la infancia de Rosario que murió en un accidente-, Nelly llega a la casa como un vendaval santiagueño. Es una de las figuras más singulares: una mujer de afecto esquivo pero incondicional, que busca armar a Rosario para la vida real para que “no sea una tarada” o “una marmota”. Frente a la cocina, mirando Utilísima Satelital, Nelly transmite una sabiduría casera, su realidad mágica. Doblar la ropa o preparar baños de vapor se convierten en rituales protectores.

EL DESAPEGO DE LA SINTAXIS Y LOS SILENCIOS

Una de las decisiones estéticas más valiosas de Novelli es la omisión. Rosario no habla de “mi madre” o “mi padre”, sino de “madre” y “padre”, secamente, como si sus nombres fueran los roles institucionales que ocupan. Esta licencia gramatical muestra que nombrar es un acto de percepción y, en este universo, decir “madre está enferma” introduce una extrañeza lírica que define el tono de la obra.

En esas elipsis, en eso vagamente sugerido, la historia se llena. Novelli renuncia activamente a la tentación de explicarlo todo: “Hay mucho de lo no dicho; fui muy cuidadosa con no explicar; sentía que si desarrollaba, había algo que se perdía”, confiesa.

Las tensiones no se desglosan ante el lector; se muerden la lengua con intensidad contenida de una protagonista que mira la realidad sabiendo que las ausencias no se resuelven con discursos, sino que se arrastran en el pecho.

EL DESENCANTO Y LA PERSISTENCIA DEL MITO

La segunda parte de la novela nos enfrenta al salto temporal en su crecimiento. Los mitos de la infancia sufren el desgaste de la adultez. La Señora es encontrada muerta en una zanja sucia, lo que abre paso a rumores de ataúdes vacíos y a milagros urbanos que la narradora y Vera deciden investigar escribiendo una biografía poética del personaje. No buscan una resurrección calcada de la fe cristiana -eso ya lo hizo Jesús, se burla; buscan preservar la memoria de esa deidad sucia y ruda que les enseñó una sensibilidad ajena a lo que se espera.

“Hay mucho de lo no dicho; fui muy cuidadosa con no explicar; sentía que si desarrollaba, había algo que se perdía”

El crecimiento desarma los altares. Su hermano enmudece, sus amores se pierden, Vera se muda. Cuando Rosario viaja a visitarla años después, el reencuentro está teñido por la melancolía del tiempo perdido y la presencia de algo nuevo pero ajeno. Rosario, quien ha pasado sus días trabajando en una librería gris, descubre que ya no es posible rearmar aquella vieja melodía. Las cosas han cambiado, Nelly se ha vuelto a su pueblo, y su hermano ha formado su propia familia lejos de ellos.

Sin embargo, la mística nunca muere del todo; solo cambia de refugio. Rosario ve asomar por debajo de la puerta unas familiares zapatillas verdes. En la penumbra, una voz agrietada le susurra. No importa si es un fantasma, un milagro o una alucinación. En esa ambigüedad poética se sella el destino de la novela: los mitos barriales son cicatrices que nos acompañan en la adultez, escudos invisibles que nos permiten, por fin, desvincularnos de la muerte y dejar vivir. “Lágrimas negras” termina por confirmar que, cuando la realidad duele o desampara, siempre nos queda la voz: esa forma obstinada y melodramática de inventarnos nuestros propios santos para no salvarnos solas.

caja de libro
LAGRIMAS NEGRAS
JULIETA NOVELLI
Editorial: Erizo Ediciones
Páginas: 172
Precio: $22.000
Julieta Novelli / EL DIA
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