Lecturas de poemas en actos que se desarrollaron en otras ciudades y en La Plata, en donde nació, vivió y murió; ensayos y monografías sobre su obra; artículos periodísticos y el libro que una escritora platense publicó en estos días demuestran la vigencia del poeta platense Francisco López Merino (1904-1928), que fue admirado por autores de la talla de Jorge Luis Borges y Juan Ramón Jiménez, entre muchos otros.
Muerto por mano propia —a sus tempranos 24 años de edad se disparó en la cabeza, en un límpido baño del viejo Jockey Club de La Plata—, dominó con maestría un refinado estilo poético, al que inevitablemente el paso de los años y la suma de corrientes vanguardistas que se sucedieron desde entonces parecieron dejar atrás.
Sin embargo, su lirismo, su tono menor, siempre renacen y le devuelven una confiable posteridad. Está claro, además, que, según críticos literarios consistentes, López Merino conforma, junto a Almafuerte, Roberto Themis Speroni y Horacio Castillo, el cuarteto de poetas muertos más representativo de la poesía platense. Y con mayor proyección en la nacional.
La editorial Vinciguerra, en conjunto con la Fundación Argentina para la Poesía, acaba de editar el libro Francisco López Merino y una poética de los símbolos (2026), cuya autora, María Minellono, aún no sabe si lo presentará, “porque no quiero molestar a la gente, ya que últimamente presenté varios libros míos”. El ejemplar ya está en las librerías.
Desde que dejó las cátedras y se jubiló en 2018, Minellono no paró de escribir. A partir de ese año publicó tres libros de poesía (Vigilia, A la intemperie y De las exiguas flores), mientras que otros tantos fueron ensayos (Los poetas en sus voces, De la voz al papel y este último sobre López Merino), todos editados por Vinciguerra. Participó también como autora convocada en la Antología de la poesía argentina, que editó la Fundación Argentina para la Poesía.
“La de López Merino es una poesía muy bien escrita, que resiste el paso del tiempo. Es un caso raro, porque López Merino integró uno de los grupos de vanguardia —el de la revista Martín Fierro, allá por 1925— y, sin embargo, en plena juventud, un día decidió apartarse y prefirió quedarse en un estilo personal y familiar, es decir, volvió la mirada hacia su pasado. Pero cuidó su lenguaje poético y otros aspectos formales que le dieron identidad a sus composiciones”.
LOS VANGUARDISTAS
Minellono —jubilada como profesora titular de Literatura Argentina y adjunta de Literatura Latinoamericana en Humanidades de la UNLP, además de que también fue decana de Humanidades en la UCALP— destaca en este último libro que, luego de su estadía en Europa, el entonces muy joven Borges volvió consustanciado con las nuevas corrientes literarias, entre otras, con el ultraísmo. Corría la década del 20 del siglo pasado.
Allí, jóvenes escritores, veinteañeros en su mayoría, se nuclearon en el grupo Martín Fierro, en donde intervino en forma activa López Merino. Un grupo que contó, además de Borges, con figuras de la talla de Leopoldo Marechal, Enrique González Tuñón, Nicolás Olivari, Ulises Petit de Murat, Francisco Luis Bernárdez, Raúl González Tuñón, Horacio Rega Molina, Carlos Mastronardi y Pablo Rojas Paz.
Irreverentes, iconoclastas, “fustigaron de manera especial, por distintos motivos, a dos escritores modernistas, el nicaragüense Rubén Darío y el argentino Leopoldo Lugones”, reseña Minellono.
La entrevistada argumenta que el entonces revoltoso López Merino, de pronto, prefirió desertar de ese enfrentamiento entre modernistas y ultraístas, en una decisión que no tuvo solo fundamentos literarios: “También pienso que López Merino, tanto por sus lecturas como por sus predisposiciones personales, necesitó dar un paso atrás, intentar una clásica fuga hacia el pasado, mientras sus compañeros prohijaban el futuro”, dice en la página 28 de su libro.
En párrafos anteriores, como uno que aparece en la página 9, Minellono ya había adelantado acerca de este “apartamiento” por parte de López Merino: “Porque la poesía de López Merino siempre estuvo hablando de otra cosa…”, de modo que “alcanzó por un camino singular y autónomo la universalidad y trascendencia de una propuesta diferente”.
SU POÉTICA
La autora del ensayo menciona los que considera que son los cuatro temas más dominantes y significativos en la obra de López Merino. Y así los define:
A) La delectación en lo que agoniza o muere: cita en ese sentido su predilección por el otoño, los crepúsculos, las convalecencias, los duelos y el mundo íntimo.
B) La idealización femenina: “Muchas figuras de mujeres aparecen como estampas (el término es utilizado en su connotación religiosa). A veces tienen nombres propios, pueden llamarse Alicia, Inés o Stella, pero casi siempre se definen por su vínculo familiar o afectivo, las reconocemos como la hermana, la amada, la madre, las primas, entretejidas siempre con todo aquello que las trasciende y las desmaterializa”.
López Merino, admirado por autores de la talla de Borges y Juan Ramón Jiménez
C) El desprestigio de lo real: “López Merino, como muchos artistas de su tiempo, volvió su mirada hacia el pasado personal y familiar, elaborando una clásica fuga hacia la infancia, la casa paterna, las costumbres y los juegos interrumpidos para siempre”.
D) Su poética: el poeta platense no solo cuidó su lenguaje poético, sino también otros aspectos. En relación con su rima y la métrica que utilizó, dice Minellono: “Advertimos que procuró atenuar las consonancias a favor de asonancias más suaves y delicadas; respetó la métrica regular, inclusive escribió hermosos sonetos” y, agrega, logró un estilo “sin afectaciones ni solemnidades”. Algo que, añade, protegió a la obra del envejecimiento.
EL FINAL
En cuanto al suicidio del poeta, parece importante transcribir el testimonio del consagrado crítico Antonio Requeni, que, en un artículo publicado hace poco tiempo en el diario La Nación, calificó a López Merino como “un alma llena de estrellas”.
Cuenta Requeni que “el escribano Juan Nicolás Rozos nos narró cómo había ocurrido la tragedia. Esa mañana de mayo, cerca del mediodía, estaba sentado con Panchito —así lo llamaban los amigos— a una mesa del Jockey Club” y que “la charla discurría con serenidad cuando López Merino se incorporó y le dijo: ‘Voy hasta el baño’”.
“Segundos después se oía la terrible detonación. Rozos corrió hacia el lugar junto con otras personas y encontró al poeta tendido en el suelo, con la cabeza destrozada”. Agrega que, según Rozos, “después de la muerte de su hermana mayor, afectada de tuberculosis, se volvió taciturno”.
“La de López Merino es una poesía muy bien escrita, que resiste el paso del tiempo”
Requeni consideró que al dolor por la pérdida de la hermana “se unía la sospecha de que él también padecía el mismo mal”. Sin embargo, los amigos de López Merino le habían consultado al médico personal del poeta, que era Rodolfo Rossi, qué enfermedad padecía y el profesional les aseguró que no estaba enfermo, que todo respondía a “su hipocondría”.
Después de aquel inconcebible disparo, Borges escribiría: “Solo nos queda entonces/ decir el deshonor de las rosas que/ no supieron demorarte/ el oprobio del día que te permitió/ el balazo y el fin…”.
¿Qué es lo que López Merino quería para sí mismo? Lo dice en uno de los poemas que Minellono incluyó al final de su ensayo. El poeta solo quería ser un hombre “definitivamente bueno”. Para eso se había preparado. El poema se llama “Cielo de primavera en agosto” y dice así: “Cielo de octubre en este mediodía de invierno/ Soleado y limpio anhelo/ de tener una novia, para escribirle versos o regalarle un libro de Jammes, por ejemplo/ Repentino deseo de ser árbol; deseo/ de tornarme labriego/ para tener las manos aromadas de huerto/ y un alma simple hecha de lluvia y cielo./ Inesperado anhelo de estar convaleciendo/ para que a las pupilas vuelva el asombro; el anhelo/ de ser definitivamente bueno”.
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