Hay escritores para quienes la mudanza empieza mucho antes de hacer una valija. Empieza cuando aparece la conciencia de que una vida puede continuar en otra parte. A veces se trata de una elección. Otras, de una expulsión, una guerra, una dictadura o la necesidad de buscar otro futuro. Y están también quienes nacen en el país de llegada pero crecen con otra lengua, otras costumbres y una historia familiar que viene de lejos.
La llamada literatura de la migración reúne todas esas experiencias, aunque no sea sencillo encerrarlas bajo una misma etiqueta. Puede hablar del viaje, pero también del regreso; del exilio, pero también de los hijos de quienes se fueron; de la frontera, pero también de algo más íntimo: qué ocurre con una persona cuando el lugar que conocía deja de ser su lugar.
En Argentina, esa tradición tiene una historia particularmente rica. La inmigración europea dejó una marca profunda en la literatura nacional y produjo escritores que hicieron de la distancia, la lengua y la memoria familiar materiales centrales de sus obras.
Uno de ellos fue Syria Poletti, que llegó desde Italia en 1938, cuando tenía 21 años. Aprendió español y escribió toda su producción literaria en esa lengua. En Gente conmigo, publicada en la década del 60, incorporó elementos de su propia biografía y convirtió su experiencia de inmigrante en materia narrativa. Un trabajo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP señala que Poletti construyó su identidad literaria desde una triple mirada: como inmigrante italiana, como viajera europea y como escritora argentina.
También está Antonio Dal Masetto, nacido en Italia y llegado a la Argentina durante su infancia. En su obra, la experiencia del desarraigo aparece de manera persistente. La investigadora María Florencia Buret estudió esa dimensión en Siete de oro, La tierra incomparable e Imitación de la fábula, y señaló la presencia transversal de la temática migratoria en su narrativa.
La distancia, la lengua y la memoria familiar como materiales centrales de la literatura
En La tierra incomparable, además, el regreso ocupa un lugar central. El protagonista vuelve a la tierra natal después de muchos años y encuentra un territorio que ya no coincide con el que conserva en su memoria. El propio Dal Masetto explicó que intentó elaborar, a través de esa novela, el duelo producido por comprobar que aquel lugar que había imaginado como propio ya no podía ser recuperado de la misma manera.
EL IDIOMA, UNA FRONTERA
La migración no siempre termina en la frontera. A veces continúa dentro de una casa, en una familia o en una palabra.
La estadounidense Jhumpa Lahiri, nacida en Londres en una familia de origen bengalí, convirtió esa tensión entre generaciones en uno de los ejes de El buen nombre (The Namesake). La novela sigue a una familia bengalí instalada en Massachusetts y, especialmente, a su hijo Gogol, que crece entre la cultura de sus padres y la sociedad estadounidense. La obra explora el conflicto entre asimilación y preservación cultural, así como la dificultad de construir una identidad entre dos mundos.
En la literatura de Lahiri, además, la cuestión migratoria llega hasta la lengua. La escritora, que desarrolló buena parte de su obra en inglés, comenzó posteriormente a escribir en italiano. El cambio de idioma puede leerse así como otra forma de desplazamiento: una escritora que ya había hecho de la experiencia migratoria uno de sus grandes temas se convirtió también en extranjera dentro de su propia escritura.
Otro caso fundamental es el de Abdulrazak Gurnah, nacido en Zanzíbar y radicado en Inglaterra. En la década de 1960 fue obligado a abandonar su país debido a la persecución de personas de origen árabe y llegó a Inglaterra como refugiado. En 2021 recibió el Premio Nobel de Literatura “por su penetración intransigente y compasiva de los efectos del colonialismo y del destino del refugiado en el abismo entre culturas y continentes”.
A veces la migración continúa dentro de una casa, en una familia o en una palabra
En sus novelas, el desplazamiento no aparece como una simple mudanza geográfica. Sus personajes cargan con aquello que dejaron atrás y deben construir una vida en sociedades que muchas veces los reciben como extranjeros. Para el Comité Nobel, la interrupción de la vida del refugiado atraviesa toda su obra.
La nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie abordó una experiencia diferente en Americanah. Ifemelu y Obinze abandonan Nigeria rumbo a Occidente. Ella llega a Estados Unidos y descubre que allí su identidad racial adquiere un significado que antes no tenía de la misma manera; él intenta llegar a Inglaterra y termina viviendo como inmigrante indocumentado. Años después ambos regresan a Nigeria. La novela convierte así la migración en un recorrido de ida, transformación y regreso.
En esa misma línea contemporánea aparece Valeria Luiselli. En Desierto sonoro (Lost Children Archive), una familia emprende un viaje por Estados Unidos mientras alrededor de ellos aparece la crisis migratoria de niños que intentan atravesar la frontera sur del país. El viaje familiar y el de quienes migran se cruzan en una novela que combina voces, documentos, sonidos e imágenes.
Hay escritores que abandonan su país pero no necesariamente su idioma
Y hay una experiencia todavía más cercana: la del escritor que abandona su país pero no necesariamente su idioma. Clara Obligado, nacida en Buenos Aires y exiliada en España en 1976, convirtió esa contradicción en uno de los centros de su obra. En Una casa lejos de casa. La escritura extranjera, reflexiona sobre el exilio, la lengua y la dificultad de habitar un territorio que comparte el idioma pero no exactamente las mismas palabras ni las mismas formas de decir. Estudios académicos recientes ubican precisamente su obra en ese territorio entre exilio, identidad y desplazamiento.
Tal vez allí esté una de las claves de esta literatura. Migrar no consiste solamente en abandonar un lugar para instalarse en otro. También puede significar vivir durante años entre dos recuerdos, dos acentos, dos formas de nombrar las cosas. Para algunos escritores, incluso entre dos lenguas.
Por eso estos libros no hablan únicamente de quienes se fueron. También hablan de quienes se quedaron, de los hijos que heredaron fotografías y relatos familiares, de quienes regresaron y descubrieron que la tierra natal ya no era exactamente la que recordaban.
La literatura conoce bien esa incomodidad. Porque escribir, en cierto modo, también es desplazarse: salir del territorio conocido y buscar, palabra por palabra, un lugar donde una historia pueda vivir.
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