Las pocas charlas que tenemos a esta altura de la vida con amigos, obviamente contemporáneos, limitados por los años, las malas comunicaciones telefónicas y alguna cosa más que puede ser el clima, rondan sobre familia, nietos, bisnietos, enfermedades y salpicamos con algo de política. Pero hay un tema que siempre sale a la luz: ¿qué haremos con todo lo que juntamos durante nuestra larga estancia en este mundo? Generalmente está pensado y bien pensado. Allí juegan las afinidades, los conflictos, las necesidades, las obligaciones y la calidad de atención que se recibió, sobre todo, en los últimos años. Pero hay un tema que nos desvela a unos mas que a otros: los libros
Nunca me había detenido a pensarlo hasta que escuché a la hija de unos amigos, cuyos padres, ya grandes, fallecieron recientemente, que ante el desalojo con premura de la casa paterna, lo mas triste materialmente hablando fue el tratamiento despiadado de los libros, que ignoro en que calidad fueron sacados de esa imponente biblioteca. Evidentemente hay hechos que aunque sepamos lo que algún día ocurrirá no dejan de pillarnos desprevenidos
Eso basto para ponerme a hacer algo con la biblioteca empezada por mi marido y seguida por alguno de mis hijos uno de los cuales ademas de lector es “cazador de esos ejemplares leídos por otros ojos cuyas hojas ya amarillentas fueron tocadas por otras manos” y algunos con dedicatorias o firmas extrañas de traducir.
Familiares y amigos trataron de hacerme entender que mi intención de desparramar todos los libros para ver su estado y seleccionarlos era una empresa rayana en la locura, pero a pesar de los consejos empezó el operativo.
Confieso que me sentí un poco abrumada por ese universo de libros que nunca leí; de esos títulos de los cuales habíamos hablado tantas veces en otros tiempos. Algunas novelas, medicina, mucha historia, política, filosofía, realidad nacional e internacional, comprados, regalados, firmados, dedicados y hasta un manuscrito de Alejandro Korn. Fueron libros que ayudaron a entender, entre otras cosas, el mundo que nos tocó vivir. Con pena reflexioné sobre cuanta sabiduría había desperdiciado con ese habito mio de leer poco. Pude haberme ido desprendiendo de los libros con el correr de los años pero lo que para otros es un juntadero de tierra, -y de bichos- para mí es una compañía, y cumplen su función incluso quietos, alineados, silenciosos.
Aún nos queda por hacer, pero lo que pintó como un trabajo de presos terminó en momentos familiares llenos de recuerdos, anécdotas y disfrute. Cada cual se llevó lo suyo, otros se fueron regalando y con la satisfacción de haber evitado un trabajo futuro e inevitable, comprobé que mis locuras no son tales. La incógnita cuando terminemos es pensar que hacemos con los que seguramente quedaran.
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