Los negacionistas, aunque minoritarios en el mundo, logran que sus teorías permanezcan en la vidriera pública. Libran una tenaz contienda con los que se someten a las evidencias empíricas.
Los opuestos al criterio racional sobresalen por sus posturas rebeldes y obcecadas; contestatarias e inclaudicables. El listado de reparos que ofrecen, para enfrentarse a certezas alejadas de toda controversia, no tiene límites.
Aún hoy, descreen de hechos ampliamente corroborados. A pesar de documentos extraídos del propio gobierno nazi que así lo atestiguan, no aceptan que el número de víctimas registradas durante la Segunda Guerra Mundial haya sido de 6 millones, en su mayoría judíos.
En la bitácora de los “anti”, el ataque a las Torres Gemelas ocupa un lugar relevante. Aseveran, con total osadía, que se trató de un atentado autoinfligido por los Estados Unidos para victimizarse y justificar sus oleadas imperialistas en Medio Oriente.
Para la generación de escépticos consuetudinarios, el hombre no llegó a la Luna a pesar de que ni la Unión Soviética, polo de la Guerra Fría existente por entonces con los EE.UU, jamás lo puso en duda. Asimismo, reiteran que la Tierra no es una esfera que gira sobre sí misma sino una superficie plana (sic).
Para consumo local, se solazan diciendo que Alfredo Yabrán continúa vivo y que el 6 a 0, asestado por la Selección argentina a la peruana, en el Mundial 78, se pactó en un escritorio y a través de un contubernio. Más acá, que Messi y los suyos, en la final jugada ante España, “negociaron” la derrota.
Mientras el calentamiento global crece y el verano europeo registra temperaturas inéditas, los sensatos, apoyados en un sólido bagaje científico, procuran preservar el planeta y garantizar el bienestar de quienes lo habitan. Los negacionistas, a su vez, se empeñan en dinamitarlo.
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