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Mi Abuelo Segundo

Por Andrés Salinero

Viejo, papá, hace unos días hubiera sido tu cumpleaños, y en noviembre van a ser 39 años que volaste, alto y lejos, al hogar de las almas buenas. Fuiste un niño abandonado por su padre -mi abuelo Segundo- a tus 7 años; nunca más lo viste ni supiste de él, pero a tus 44 años se reencontraron en su casa de Mendoza, a instancias de mi madre porque vos no querías saber nada con “ese señor”.

Así, viajaste con nosotros, tus tres hijos adolescentes, a Mendoza, en el viejo Ford Falcon gris familiar. Estuvimos unos días en la casa de tu padre, al que yo quería querer en silencio. Pero la vida, siempre la vida, me negó esa posibilidad. Estando en casa de tu papá, recuerdo vívidamente mirar y admirar la imponente silueta nevada del Aconcagua, todas las mañanas al despertar...

No sé y ya nunca sabré si hubo diálogo entre vos y tu padre, no sé si recompusieron el vínculo roto a tu tan corta edad.

Al atardecer, volviendo a nuestra casa en Meridiano V de La Plata por la ruta 7 paraste en un puesto rutero de venta de frutas, en el que un hombre grandote y fortachón vendía bolsas de enormes manzanas, y le compraste una gran bolsa para el viaje. Con sus fuertes manos, este hombre tomó una manzana y la partió en dos mitades; vos intentaste hacer lo mismo pero ni siquiera tus también fuertes manos de ex basquetbolista lograron lo mismo. Y todos reímos.

Manejaste de vuelta toda la noche en silencio, vaya a saber dónde estaba tu cabeza. No usabas las luces altas del Falcon, algo que yo no entendía ni aceptaba. Después de un par de horas de viaje nocturno empezamos a sentir olor a quemado, paramos, revisaste y el olor provenía de los frenos de las ruedas traseras; efectivamente, al salir te habías olvidado el freno de mano accionado, y las campanas y cintas de freno estaban al rojo. Compusiste la situación, seguimos nuestro viaje nocturno y sin palabras, y poco después del amanecer ya estábamos en La Plata.

Nunca más vi a mi abuelo y vos nunca más viste a tu padre, y extrañé como nunca ese viaje. Y esas manzanas.

Pocos años después también te dejé de ver a vos... querido Heraldo.

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