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Nuevo comienzo

Por Redacción

Tengo 57 años y durante treinta estuve casada con el mismo hombre. Tuvimos una buena vida, con momentos felices y otros difíciles, como cualquier matrimonio. Formamos una familia, criamos a nuestros hijos y construimos una historia que pensé que iba a durar para siempre.

Pero a veces la vida cambia cuando una menos lo espera. Hace algunos años empecé a darme cuenta de que lo que sentía por mi mejor amiga no era solamente amistad. Nos conocemos desde hace muchísimo tiempo. Compartimos cumpleaños, vacaciones, problemas familiares, tardes de mate y esas conversaciones que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan contando aquello que una nunca se animó a decir.

Durante mucho tiempo intenté convencerme de que estaba confundida. Me preguntaba cómo podía pasarme algo así después de treinta años de matrimonio. También sentía culpa. No quería lastimar a mi marido ni destruir todo lo que habíamos construido juntos.

Hasta que entendí que seguir fingiendo también era una forma de hacernos daño.

Hablé con mi marido. Fue una conversación dolorosa, probablemente la más difícil de mi vida. Hubo lágrimas, enojo y muchas preguntas para las que todavía no tengo respuestas. Pero decidimos separarnos. No porque nuestros treinta años juntos hayan sido una mentira. Fueron verdaderos. Simplemente, la mujer que soy hoy descubrió algo sobre sí misma que durante mucho tiempo no pudo ver.

Mi amiga también me confesó que sentía algo por mí.

Y entonces hicimos algo que hace unos años me habría parecido una locura: decidimos irnos a vivir juntas a la Isla Paulino.

Cambié el ruido, los horarios y las obligaciones de la ciudad por el río, los árboles y una vida mucho más sencilla. Todavía estamos aprendiendo. Hay días en que extraño mi antigua casa y otros en los que me pregunto qué pensarán mis hijos, mis vecinos o las personas que me conocieron durante tantos años como “la mujer de”.

Pero cuando cae la tarde y nos sentamos frente al río con un mate entre las dos, siento una tranquilidad que hacía mucho tiempo no conocía.

No escribo esto para decir que todo fue fácil ni para presentar mi decisión como una historia perfecta. Hubo personas heridas y también pérdidas. Escribo porque quizás haya alguien leyendo que siente que, después de cierta edad, ya no tiene derecho a cambiar.

Yo también lo pensaba.

A los 57 años descubrí que todavía podía enamorarme, equivocarme, tener miedo y empezar otra vez. No sé cómo será el resto de mi vida. Por ahora sé que elegí vivirla de una manera que nunca me había permitido imaginar.

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