El abecedario podría llamarse, en rigor, “abegedario”. Así habría quedado si un esclavo romano liberado, convertido en gramático por mérito propio, no hubiera decidido, en el año 321 antes de Cristo, separar la c de la g agregándole a esta última una cola hacia abajo. Esa intervención mínima —una cola que tardó dos mil años en enderezarse, recién en 1726— alcanza para mostrar de qué está hecho el libro de Daniel Balmaceda: después de rastrear el origen de las palabras en un trabajo anterior, esta vez corrió el eje y se puso a contar también la historia de las letras y de las frases hechas que usamos sin pensar. Cada capítulo funciona como una entrada independiente, pensada para leerse salteada, por curiosidad puntual, sin perder el hilo.
¿POR QUÉ LA HACHE NO ES MUDA?
Arranca divertido, con la letra que parece la más discreta del abecedario y termina siendo, según cuenta el autor, una de las más trabajadoras. En inglés la hache suaviza la t (brother, they), convierte la p en f (pharmacy, graphic) y al principio de una palabra puede sonar como j, como en hamster o Hollywood. En italiano directamente no hay palabras que empiecen con h: hospital se escribe ospedale, hoy se escribe oggi.
En español la explicación es otra y tiene más que ver con un problema de imprenta que con la fonética. Hace más de quinientos años la u y la v se escribían igual, y ese mismo carácter podía funcionar como vocal o como consonante. Una palabra como hueso, sin la hache, se podía leer de varias formas. Los copistas medievales resolvieron la ambigüedad poniendo una hache delante de la vocal dudosa: si había h, no había dudas de que se trataba de una u. La solución quedó, aunque el sonido que la originó haya desaparecido hace siglos.
¿DE DÓNDE SALE HABLAR POR BOCA DE GANSO?
Para esta frase, tan usada como poco explicada, el libro baraja tres hipótesis. Una la liga a las plumas de ganso con las que se escribía antes de la lapicera: repetir algo escrito por una autoridad. Otra apunta a los graznidos, que un ganso contagia al resto de la bandada apenas empieza. La tercera, la que más especialistas avalan, se remonta a los siglos XVII y XVIII, cuando en Europa los maestros eran apodados “gansos” porque caminaban detrás de sus alumnos igual que un ganso adulto camina detrás de sus crías. El alumno que repetía la lección sin entenderla terminó siendo, por asociación, el que hablaba por boca de ganso.
¿POR QUÉ DECIMOS DERECHA E IZQUIERDA?
Balmaceda cruza la Biblia, el Senado romano y la Revolución Francesa para responder esta pregunta. En Roma, quien votaba a favor de una moción se sentaba a la derecha de quien presidía la sesión; quien votaba en contra, a la izquierda. La costumbre se repitió en 1789, en la Asamblea reunida en el Palacio de las Tullerías: el sector que apoyaba el regreso de Luis XVI se ubicó a la derecha del recinto y quienes querían profundizar la Revolución, a la izquierda. Ahí quedó fijado el sentido político que la palabra conserva hasta hoy.
Hay una capa más, todavía más antigua: los augures observaban el vuelo de las aves y leían buen augurio si pasaban hacia la derecha, la diestra, y mal augurio si lo hacían hacia la izquierda, la siniestra. De ahí que llamemos siniestro a un hecho funesto y que la palabra siniestra haya terminado reemplazada, en España, por izquierda, tomada del vasco eskerra.
¿CÓMO UN REGALO SE CONVIRTIÓ EN AGUINALDO?
El recorrido arranca en el solsticio de invierno, cuando los romanos festejaban a Jano —dios del comienzo y el fin, que dio nombre a enero— y a la diosa Estrenia, a quien se le ofrecían frutos secos y ramas de laurel. De esas ofrendas viene la palabra estrena. Entre los celtas, cuenta Balmaceda, el regalo tradicional incluía muérdago, que en francés antiguo se llamaba gui, y la expresión “Au gui de l’an neuf” derivó en guillaneu y, después, ya en español, en aguilando. El libro no descarta tampoco la hipótesis de la Real Academia Española, que hace derivar la palabra del latín hoc in anno, “en este año”.
Y todavía queda margen para más. Ahí aparece el propio Chespirito: Roberto Gómez Bolaños escribía sus propios libretos y era bajo de estatura, así que empezaron a decirle “el pequeño Shakespeare” —en criollo, Chespirito—. También está el candidato, que se llama así por la toga cándida que usaban los postulantes a cargos en la Antigua Roma, símbolo de transparencia. Y el que anda baqueteado, expresión que viene de la baqueta, la vara de hierro con la que se castigaba a los desertores y que dejaba a la vista el aspecto del castigo.
Ideal para picotear sin compromisos, esta obra transforma la historia del idioma en una colección de curiosidades divertidas y ligeras. Balmaceda propone una lectura ágil y entretenida que despierta la curiosidad en cada página, perfecta para descubrir esos datos de color que nos hacen detenernos en lo que decimos todos los días.
“Historias de letras, palabras y frases”
Daniel Balmaceda
Editorial: Sudamericana
Páginas: 216
Precio: $33.999
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