En Desfile, Rachel Cusk no la organiza alrededor de una historia lineal ni de personajes construidos según las convenciones habituales. En cambio, propone cuatro relatos conectados por una misma figura: G, nombre que reciben distintos artistas a lo largo del libro. Algunos son hombres, otras son mujeres; algunos parecen inspirados en creadores reconocibles y otros condensan experiencias, tensiones y conflictos que atraviesan el mundo del arte.
La novela parte de escenas que incomodan. Un artista comienza a pintar todo al revés, incluso a su esposa. Una mujer ataca a otra en la calle y, antes de escapar, se detiene a observarla como si contemplara un cuadro. Una pintora deja su hogar a los 22 años para construir una vida propia lejos de sus padres, pero más tarde encuentra obstáculos en su matrimonio. En otra historia, los hijos de una mujer muerta deben enfrentarse a la versión de sí mismos que ella dejó escrita. Cusk trabaja con esas situaciones para preguntar por la identidad, el poder y la mirada. Pero uno de los núcleos más fuertes es el lugar de las mujeres creadoras.
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