Ulises, atado al mástil principal, escuchaba el canto de las sirenas. Esos chillidos horribles parecían provenir del infierno. Aterrorizado, apenas pudo soportarlos. Pensó que, de no estar amarrado, se habría suicidado allí mismo. Por fin, cuando hubieron atravesado el infame lugar, los tripulantes se quitaron la cera de los oídos y lo desataron. Ulises no tuvo el valor suficiente para confesarles la verdad y decepcionar a sus marineros, así que les relató que el canto era tan maravilloso que, de no estar atado, seguramente se hubiera ido con ellas.
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