Casi sin querer, después de diez años, volví a sentir eso que llaman mariposas en la panza.
Mi historia es la siguiente: quedé viuda hace diez años. Durante mucho tiempo pensé que esa iba a ser mi historia para siempre: una mujer sola, hijos grandes que viven solos, recuerdos, sus rutinas y una vida que había aprendido a ordenar alrededor de una ausencia.
No fue sencillo. Hay días que todavía me acuerdo de mi marido, mi compañero de toda la vida y siento ese vacío conocido, en el medio del estómago. Pero también aprendí que el duelo no significa quedarse detenida para siempre, aunque me costó reconocerlo durante muchos años.
Hace unos meses conocí a alguien. Fue de una manera absolutamente común, de esas cosas que pasan sin que uno las busque (para mi, la mejor forma en que se desencadenen los hechos). Empezamos hablando, después compartimos un café y, casi sin darnos cuenta, empezamos a esperar esos encuentros.
Tengo más de 60 años y me sorprende decir que estoy enamorada otra vez.
Lo más extraño es que al principio sentí culpa. Me preguntaba si tenía derecho a volver a sentir ilusión, a arreglarme para salir, a esperar un mensaje, a imaginar una escapada de fin de semana. Como si querer nuevamente significara olvidar a quien ya no está.
Con el tiempo entendí que no es así. A mi marido no lo olvido. Es parte de mi vida, de mis recuerdos y de la mujer que soy. Pero también descubrí que una persona puede guardar un amor y, al mismo tiempo, abrirle una puerta a otro.
A veces pensamos que después de cierta edad ya no hay lugar para empezar de nuevo. Yo hoy sé que sí.
No sé cuánto durará esta nueva historia. Tampoco necesito saberlo. Por ahora me alcanza con haber vuelto a sentir esa emoción tan sencilla de tener ganas de ver a alguien.
Y eso, después de una década, a mi me parece un montón.
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