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Volver a nacer: se enfermó, estuvo al borde de la muerte y escribió un libro para contarlo

Delfina Labriola donó sangre y horas después empezó una cadena de complicaciones que terminó en un shock séptico, un coma de doce días y la amputación de sus dos piernas y parte de sus manos. Hoy, con una nueva vida, volvió a trabajar y el 25 de septiembre presentará su libro “En la sangre” en el Colegio de Médicos

Luego de un año de aquel suceso, hoy la joven bonaerense continúa con su rutina habitual. Eso sí: ella dice no ser la misma
La joven de 28 años, ante lo que sucedió, confiesa: “no a todo dolor hay que agregarle sufrimiento”
La obra literaria -testimonio íntimo del proceso posterior a aquel día inolvidabl- es mucho más que un testimonio, es un relato que busca encontrar un “para qué”

Por Redacción

El 27 de agosto de 2025 la vida de Delfina Labriola -vecina de la Ciudad pero oriunda de Nueve de Julio, médica residente, amante del deporte- dio un vuelco. Tras donar sangre y luego de varias horas de padecimiento, descubrieron que una bacteria mortal había infectado a su cuerpo. Horas al borde de la muerte, días en coma, meses internada fue lo que aconteció después en la vida de esta joven de 27 años. Pero no sólo eso: por la infección, le amputaron parte de sus manos y piernas.

Sin embargo, ante todo pronóstico, Delfina supo hallar luz: no sólo que se recuperó -hoy volvió a trabajar- sino que encontró en la literatura el mejor antídoto para presentar batalla a la enfermedad. Es así que, desde que recobró la conciencia y durante todo lo que duró el proceso de habitarse nuevamente, escribió un testimonio íntimo sobre la reconstrucción del ser: de su ser.

“En la sangre”, el libro de Delfina Labriola que será presentado el próximo 25 de septiembre en el Colegio de Médicos (¿dónde si no?), “explora experiencias inimagiables, la vulnerabilidad, pérdida de autonomía y la reconstrucción del ser. Entre prosas y versos gestados en la sala de internación y rehabilitación, transformó el trauma en un homenaje a la empatía médica, a la red afectiva que me sostuvo y a la fuerza inquebrantable de volver a florecer”, advierte la contratapa. En diálogo con EL DIA, un año después de aquella grieta en su vida, Labriola dice: “Siento que soy mejor persona. Bah, no sé si mejor. Pero sí que puedo empatizar más o intentar ponerme más en lugares que antes no hacía. Si no me hubiese pasado todo esto no sé si hubiese pensado en estas cosas”.

EL PROCESO

Todo parecía intrascendente en aquel miércoles inolvidable: la alarma del celular, la casa, la ropa, las sensaciones, el cuerpo. Nada anticipaba -ni por asomo- lo que acontecería horas después.

Delfina donó sangre y siguió con su día. No obstante, a las horas, comenzó a levantar temperatura. A la fiebre, se sumó el dolor de panza. El primer diagnóstico fue apendicitis. “Quedé internada en observación, me hicieron estudios, todo, pero no salía nada”, recuerda.

La respuesta llegó, pero de la peor manera. En menos de doce horas, el cuadro se precipitó: “Empecé a no responder a volumen, a requerir muchas drogas para mantenerme con vida”. Había contraído meningitis, una infección bacteriana que se transmite por vía respiratoria y que derivó en un shock séptico: “Me dejaron de funcionar por un momento todos los órganos del cuerpo y mi vida claramente corrió peligro. Estuve en coma bastantes días”.

No había ningún antecedente que lo explicara. “Yo antes de esto, previamente sana, deportista, comía sano. No es que tenía algo de base como para hacer semejante cuadro”, subraya, todavía con algo de la incredulidad de quien tuvo que aprender, en carne propia, que el cuerpo puede quebrarse sin aviso.

A raíz del shock, le amputaron parte de las dos manos y las dos piernas. La internación se extendió casi tres meses, y dejó otra marca permanente: una falla renal que hoy la obliga a diálisis peritoneal tres veces por día, en su casa.

DEL COMA A LA HABITACIÓN

Del tiempo que pasó dormida, Delfina guarda recuerdos que todavía le cuesta describir. “Cuento un poco experiencias que tuve en coma, que capaz que son así un poco, no sé si paranormales, pero con cosas medias raras ahí”, dice, y elige no cerrar la definición: en el libro les da el espacio que en una charla no siempre alcanza.

Cuando abrió los ojos, la primera sensación fue el miedo. Estaba entubada, no podía hablar, no entendía del todo qué le había pasado: “No sabía qué me había pasado hasta que empecé a entender de a poco”. Y sin embargo, en medio de la gravedad -que comprendía con total claridad-, apareció algo inesperado: “Sentí un poco de paz. Pensé: ‘por algo estoy acá, porque con tal mal pronóstico y tanta mortalidad que tenía el cuadro, estoy acá, ¿no?’”.

Ahí empezó otro desplazamiento, tan brusco como el primero: de médica a paciente, y de la independencia absoluta a la dependencia total. “Mi mamá se quedó conmigo. No me podía levantar sola, no me podía cambiar, me tenían que ayudar para ir al baño, para comer, para todo. Necesitaba ayuda para todo”.

Antes de poder calzarse las prótesis, tuvo que atravesar la etapa de la silla de ruedas, “hasta que se te hacen como los callos” necesarios para sostenerlas. En el medio, no faltaron el enojo ni las preguntas sin respuesta: “Hubo momentos obviamente de frustración, de enojo, de por qué, digamos”. Después, de a poco, llegó otra cosa: “Empezó como más la aceptación, y eso también cuento en el libro, como es atravesar un duelo. Capaz que fue físico mi duelo, pero entre medio de lo físico también cambia mucho uno cómo ve la vida, a qué cosas prestarle más atención, por qué preocuparse más, por qué preocuparse menos”.

Cuando la rehabilitación lo permitió, llegaron las prótesis y, con ellas, un proceso nuevo: caminar otra vez. “Los primeros pasos, el dolor, el dolor de miembros fantasma que también aparece, todas cosas que uno después va transitando en la recuperación”. Nada que ver con estar internada y encerrada, aclara, pero con sus propios momentos de felicidad y de frustración.

ESCRIBIR AÚN CON LAS MANOS VENDADAS

El libro nació ahí, en plena internación, por sugerencia de un amigo. “Un amigo vino con un cuadernito de visitadores médicos y me dijo: dale, escribí. Porque sabía que me gustaba hacerlo”. En ese momento, recuerda, “tenía todas las manos con ampolla, sangre, necrosis, era un desastre”. Aun así, inició.

Con el correr de los meses encontró otro tiempo para volcar en palabras lo que le pasaba: las sesiones de hemodiálisis, de cuatro horas, varias veces por semana. “A veces no me daba el cuerpo, pero otras veces me dedicaba también a escribir un poco, o si no, a pensar cómo podía ordenarlo cronológicamente”. Ya escribía antes, sobre todo poesía, “a modo de descargo siempre o de terapia”.

En la sangre fue, en ese sentido, una continuidad y también una pregunta: “¿Qué hago con todo esto que me está pasando, que no entiendo mucho? Sí entiendo en cuanto a lo racional, pero en cuanto a lo interno y emocional es distinto el proceso. Fue como volcar en palabras todo, y de ahí nació”. Y algo que no cambió pese al libro terminado: “Sigo escribiendo, no dejé de hacerlo”.

Decidió, además, compartir su historia porque en algún tramo de la recuperación se sintió sola e incomprendida, aunque nunca por mala intención de los suyos: “Siempre estuve superacompañada, pero es muy difícil ponerse realmente en el lugar del otro cuando uno está atravesando, no sé, no poder pararte”.

VOLVER

Hace poco, Delfina se reincorporó a la residencia médica, “con algunas condiciones adaptadas, otras la verdad que no”, y todavía convive con la falta de accesibilidad en el día a día. Por ahora, cuenta, trabaja con un horario más reducido, pero trabaja.

Hay hábitos de la vida anterior que, por el momento, no volvieron: “Antes me encantaba nadar, andaba por las montañas, hacía gimnasia artística. Hoy en día no sé si volveré a hacer todo, ojalá que sí, pero los tiempos son otros y hay que acostumbrarse a otros tiempos”. Lo dice sin dramatismo, como quien ya incorporó esa cuenta pendiente a su presente.

Para quien atraviesa un cambio de vida tan abrupto como el suyo, Delfina tiene una frase que se repite a sí misma: “Más allá de no tener el por qué pasan las cosas, intentar buscarle un para qué”. Y otra, que funciona casi como consigna: “No a todo dolor hay que agregarle sufrimiento”.

Guarda, todavía, una última frase para el día de la presentación: la primera que pronunció al salir del coma, sin conciencia plena, la que más la marcó. “No voy a dejar la frase polémica que la quiero dejar en el libro, se la spoileo después, en el día de la presentación”, adelanta, aunque reconoce que, cada vez que la recuerda, esa frase “también me da calma”.

PRESENTACIÓN DE “EN LA SANGRE”
El 25 de septiembre, Delfina Labriola presentará “En la sangre” -editado por Ediciones Hespérides- en el Colegio de Médicos. El encuentro será el cierre de un año en el que tuvo que reconstruirse por completo y la apertura de otra etapa, la de compartir con otros lo que aprendió en el camino.
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