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Yo, por mucho menos…

Por María Inés Portillo

“¡Se terminó!”.

Eso dije un domingo lluvioso. Y ahora espero y espero. ¿Qué? ¡Qué maldita costumbre tengo de esperar!

Domingo, otra vez. El sol se esconde. Llueve. El frío se cuela cada vez que alguien entra al bar. Miro pasar los paraguas por la ventana mientras tomo un café amargo. Somos pocos. La moza lleva un vaso de vino al hombre que está cerca de la puerta de entrada.

Él también mira por la ventana. Retuerce las manos. Mueve la pierna derecha. Estira la izquierda. Cambia de posición en la silla. Termina el vino. Mira el reloj. Yo controlo el mío.

Entra una mujer con anteojos oscuros y gorro de lana. Guarda el paraguas. Camina despacio hacia la mesa del hombre. Se sienta a desgano.

Pido otro café.

El hombre habla y habla cerrando las manos. Ella niega con la cabeza. El hombre acerca su cara. La mujer retrocede hasta el respaldo de la silla y mira por la ventana. El hombre aparta bruscamente el vaso. Me mira. Yo disimulo y doblo la servilleta.

Ahora la mujer deja los anteojos sobre la mesa. Se señala la cara lastimada. El hombre baja la cabeza. Me mira otra vez. Le sostengo la mirada. Golpea la mesa. La moza se acerca. Retira el vaso vacío. Saco un pañuelo de la cartera. Tengo ganas de llorar. La moza viene a mi mesa.

-Machirulo! Todos los domingos la misma historia.

Repasa la mesa con un trapo y de vez en cuando los observa.

-Yo, hace rato le hubiera dado el raje. Esa mina es una boluda. No se da cuenta. Al mío, por mucho menos, lo eché de la casa…

-¿Para qué vienen?

-Rutina dominguera. Ella hace de víctima y el tipo se agranda. Los tengo recalados. Le dije al dueño que el día menos pensado a él le cierro la puerta en la cara y a ella la zamarreo, a ver si se despierta.

El hombre se pone de pié y le saca con furia el gorro de lana.

La moza se da vuelta y le grita:

-¡Caballero, por favor. Eso acá, no. Así, no!

La mujer se cubre la cara con los brazos. Otra pareja observa. Dos mujeres dejan el dinero sobre la mesa y salen del bar. Yo murmuro en voz baja: “No se puede creer… la misma historia. Uno aguanta y aguanta, pensando que algún día… algún día… todo cambiará. Y todo vuelve a empezar”.

Silencio. Oscurece. Impotencia. La mujer llora y sale corriendo. El hombre deja dinero sobre la mesa. Nos mira. Con el dedo índice levantado dice:

-No se metan. Aquí no pasó nada. Así son las cosas.

Y se va muy despacio con el gorro de lana. La moza me mira. Retira el pocillo. Limpia la mesa.

-Volverán el domingo. Es una calesita esto. Le contaré al dueño. Yo, por mucho menos… Le faltan ovarios. No se da cuenta o…

-No podrá.

-No quiere.

-A veces uno quiere y no puede… o no sabe cómo… no sabe cómo seguir…

-Si querés, podés. Tenés que querer, sino no salís más de eso. Yo lo pasé… Mirá, se dejó los anteojos sobre la mesa. Bueno, por ahí ve mejor lo que le pasa. ¡Es una boluda, ésta!

- Es una pobre mujer. Te pago. Nos vemos el domingo que viene.

-Dale. A ver qué pasa.

Vuelvo a casa. En el camino me digo: “Es el apego. La rutina del tiempo. Lo que se puede. La moza dijo: “lo que se quiere”. Uno lo ve venir. No es fácil. Pedir ayuda… ¿A quién? ¿Y luego, qué? ¿Cómo seguir? Yo guardo. Guardo. Hasta que un día explote. Mientras tanto… aguanto. Pide perdón, pero, otra vez empieza todo. La culpa. De él y mía. “Aquí no pasó nada… Así son las cosas”… Un día de estos me decido y digo: ¡Basta!”.

* * *

Otra vez domingo. Llevo paraguas. Entro al bar y me ubico junto a la pared. La mujer está sentada en la mesa del centro. Nos miramos. La saludo y le digo:

-La otra vez se dejó los anteojos sobre la mesa.

-Sí, gracias. La chica ya me los dio.

No tiene gorro de lana. Hay poca gente en el bar. Llamo a la moza y le pido un vaso de agua. La mujer mira la puerta de entrada. El tiempo pasa. Espera. Se mira las manos.

Por la ventana veo pasar la gente. La mujer me mira. Tomo agua. Tengo sed. La moza se acerca.

-¡Le ganó! Vino antes. Fijate como tiene las manos. Amoratadas. Le pegó otra vez. ¡Qué boluda! No aprende. Por qué no le dice: “Andate. No te quiero ver más”. Le conté al patrón y me dijo: “Quedate piola. Cosa de ellos. Vos hacé la tuya”. Yo no me los banco más.

Y vuelve al mostrador.

Llega él. La moza y yo nos miramos. El hombre le indica a la mujer la mesa que está casi detrás de la puerta de entrada. Ella no se mueve. Él espera. Se acerca con fastidio y se sienta protestando en el centro del bar. Deja la mochila en el suelo. La moza viene y me limpia la mesa.

- ¡Vamos! ¡Bien! Primer paso… ¿Ves?

El hombre la llama y pide un vaso de vino. La mujer, un té. El hombre se da vuelta y me mira. Yo toso y busco algo en la cartera. La mujer mueve la cabeza como negando. Él parece insistir con bronca. Mueve las piernas. Aprieta las manos. Toma el vino de un trago. Quiere tocar las manos de la mujer.

Ella se cruza de brazos. Niega otra vez con la cabeza. Él acerca la cara. Ella se aleja. Él extiende los brazos. Ella corre la silla hacia atrás y cruza las piernas. Pido una botella de agua. El hombre me mira. Yo toso y me cubro la boca con una servilleta.

La moza trae la botella y dice:

-Qué denso el tipo este. Ella está diciendo: “no”. Y él avanza. Yo, por mucho menos…

Pasa y retira el vaso vacío de la otra mesa. El hombre se toma la cabeza con las manos. Levanta la mochila y se dirige al baño. Silencio. Todo queda quieto. Oscurece. De pronto, un estampido seco y brusco. El tiro pone de pie a la mujer. La moza nos mira desconcertada y corre al baño.

Me acerco a la mujer y la abrazo:

-Por fin dijimos: ¡BASTA!

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