En julio de 2016, mientras Turquía atravesaba un intento de golpe de Estado que obligó a interrumpir las sesiones del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO, una delegación integrada por representantes de siete países esperaba una definición que llevaba más de una década de trabajo. Finalmente, en medio de ese escenario excepcional, la Casa Curutchet fue incorporada a la Lista del Patrimonio Mundial como parte de la obra arquitectónica de Le Corbusier. Para La Plata fue un reconocimiento histórico: por primera vez un edificio de la ciudad alcanzaba esa categoría internacional.
Diez años después, el aniversario invita a mirar hacia atrás, pero también a preguntarse qué dejó esa declaración. ¿Se trató solamente de un reconocimiento simbólico o logró modificar la relación de la ciudad con uno de sus mayores tesoros arquitectónicos?
La Casa Curutchet ocupa un lugar singular dentro del patrimonio argentino. Es la única obra construida por Le Corbusier en América y una de las diecisiete incluidas por la UNESCO en una candidatura conjunta presentada por Argentina, Francia, Suiza, Alemania, Bélgica, India y Japón. Detrás de esa inscripción hubo años de gestiones, dos intentos fallidos y un trabajo coordinado entre instituciones de distintos países antes de alcanzar el objetivo en Estambul.
Pero para Julio Santana, director de la Casa Curutchet entre 2010 y 2026, el verdadero desafío comenzó una vez obtenida la distinción.
“La obra se completa cuando la comunidad se la apropia, cuando se hace popular”, sostiene. En ese sentido, explica que el reconocimiento internacional debía convertirse en un punto de partida para ampliar la actividad cultural, académica y educativa alrededor de la casa y acercarla a públicos cada vez más diversos.
Durante la última década, ese objetivo se tradujo en cientos de actividades impulsadas junto al Colegio de Arquitectos, universidades e instituciones nacionales e internacionales. Según Santana, esa dinámica permitió consolidar un vínculo más estrecho entre el edificio y la comunidad, además de generar transformaciones concretas en su entorno, como la creación del Boulevard Le Corbusier frente a la vivienda en 2021.
Una casa que dialoga con la ciudad
Más allá de su valor arquitectónico, Santana plantea una idea que atraviesa buena parte de su análisis: la Casa Curutchet no puede entenderse aislada de La Plata.
Recuerda que la ciudad ya había obtenido un importante reconocimiento internacional en la Exposición Universal de París de 1889, cuando fue distinguida por su trazado urbano, y sostiene que ambos hitos comparten una misma concepción del espacio.
Tanto el diseño original de La Plata como la obra de Le Corbusier, señala, privilegian la relación con la naturaleza, la ventilación, la iluminación natural y los espacios destinados al encuentro entre las personas. La casa, construida frente al Bosque sobre el eje fundacional, sintetiza ese diálogo entre arquitectura y ciudad.
Sin embargo, también reconoce que esa visión fue perdiendo fuerza con el paso del tiempo. El crecimiento urbano, las desigualdades y las transformaciones de las últimas décadas fueron alejando a La Plata de varios de sus principios originales.
El patrimonio como punto de partida
En ese contexto, Santana encuentra señales alentadoras en la recuperación de distintos espacios públicos durante los últimos años. A su entender, la renovación de plazas y paseos permitió que miles de vecinos volvieran a apropiarse de esos lugares y recuperaran una forma de habitar la ciudad que estaba presente desde sus orígenes.
“El espacio público es un derecho”, afirma, y considera que cuando los ciudadanos vuelven a hacerlo propio también comienzan a exigir mejores condiciones urbanas y mayor calidad ambiental.
Esa idea excede a la Casa Curutchet. El edificio aparece, más bien, como un símbolo de una discusión más amplia sobre el patrimonio y el futuro de La Plata.
Diez años después del reconocimiento de la UNESCO, la obra de Le Corbusier mantiene intacto su prestigio internacional. El interrogante, en cambio, sigue siendo otro: cómo lograr que ese valor excepcional no quede limitado a los visitantes o a los especialistas, sino que contribuya a fortalecer el vínculo de los propios platenses con su ciudad.
Porque, como plantea Santana, una casa declarada Patrimonio Mundial puede ser mucho más que una obra maestra de la arquitectura. Puede convertirse en el punto de partida para recuperar una idea de ciudad donde el patrimonio, el espacio público y la vida cotidiana vuelvan a encontrarse.
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