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Adiós al “para siempre”: cada vez hay más divorcios en la adultez

Aún sin datos oficiales en el plano local, especialistas advierten que llegan consultas de personas que, tras décadas de matrimonio o convivencia, deciden empezar de nuevo. Desgaste, conflictos eternos o simplemente la búsqueda de algo nuevo, los motivos; la pérdida de bienes y la reestructuración familiar, los miedos

Otro dato que influye: los matrimonios, desde hace varios años, exhiben una tendencia a la baja / Freepik

Por Redacción

Hay momentos en la vida en los que una pregunta que parecía imposible termina apareciendo. Después de veinte, treinta o cuarenta años en pareja, después de hijos, nietos, una casa, una economía compartida y una historia que durante mucho tiempo pareció tener un único final posible, algunas personas empiezan a preguntarse si quieren seguir viviendo del mismo modo.

No existe, todavía, un número preciso que permita saber cuántos divorcios de personas mayores de 50 años se producen en La Plata. Tampoco una estadística local que indique con claridad si se trata de un fenómeno que crece año a año. Pero hay otro dato que puede funcionar como termómetro: la práctica cotidiana de quienes reciben estas consultas. Y desde ese lugar, la abogada platense Camila Rosario Vidal, especialista en Derecho Civil, Familia y Sucesiones, describe un escenario que se repite: adultos que llegan a su estudio después de muchos años de matrimonio o convivencia porque sienten que el proyecto de vida compartido dejó de tener sentido.

No necesariamente se trata de rupturas repentinas. En los matrimonios largos, explica Vidal, muchas veces la separación es la consecuencia visible de un desgaste que empezó bastante antes. Puede haber conflictos prolongados, diferencias en la forma de pensar la vida familiar, infidelidades, problemas económicos o simplemente la sensación de que ya no existe un proyecto común. También aparece una inquietud más difícil de explicar pero cada vez más presente: qué quiere hacer cada uno con los años que quedan por delante.

La pregunta adquiere una dimensión particular cuando los hijos ya crecieron. Durante décadas, gran parte de la organización familiar puede haber girado alrededor de la crianza. Cuando esa responsabilidad deja de ocupar el centro de la escena, algunas parejas descubren que tienen que volver a mirarse como pareja y preguntarse qué las une más allá de esa tarea que durante tantos años funcionó como un eje común. “Qué tenemos en común además de la crianza” podría ser, en muchos casos, la pregunta incómoda que aparece detrás de una consulta legal.

UNA SEPARACIÓN TAMBIÉN PUEDE SER UN COMIENZO

Pensar en un divorcio tardío exclusivamente como una crisis sería reducir un fenómeno bastante más complejo. Una ruptura después de décadas puede estar atravesada por angustia, incertidumbre económica, miedo al futuro o preocupación por los hijos, pero también puede producir alivio. La abogada señala que ambas experiencias pueden convivir: para una persona, separarse puede significar perder una estructura conocida; para otra, recuperar la posibilidad de decidir cómo quiere vivir.

Ese doble movimiento aparece también en la historia de quienes atraviesan separaciones después de los 50. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires -un dato lejano para una mirada estrictamente platense, pero que sirve para observar una transformación más amplia- muestra que los divorcios de personas mayores tienen cada vez más peso dentro del total.

Según datos del Instituto de Estadística y Censos porteño, en la ciudad de Buenos Aires los varones de 60 años o más representaban el 11,8 por ciento de quienes se divorciaban en 2009. En 2025, esa proporción había subido al 18,4 por ciento. Entre las mujeres mayores, el aumento fue del 7,7 al 12,1 por ciento. Es decir, la presencia de personas de esa edad dentro del universo de divorciados creció de manera sostenida durante esos años.

No significa, por supuesto, que lo que ocurre en la Capital Federal pueda trasladarse automáticamente a La Plata. Son ciudades con características demográficas, sociales y culturales diferentes y no hay una estadística equivalente que permita hacer esa comparación de manera directa. Pero el dato porteño resulta interesante porque muestra que la ruptura de matrimonios largos en edades avanzadas dejó de ser una situación excepcional.

Además, detrás de esos porcentajes aparecen historias de matrimonios de larga duración. En 2025, siempre según los datos de la Ciudad Autónoma, la mayoría de los varones mayores de 60 que se divorciaron llevaba más de veinte años casado. Algo similar ocurrió entre las mujeres. No se trata, entonces, de parejas que tuvieron una convivencia breve: son vínculos construidos durante décadas que, por distintas razones, llegan a su final cuando la vida adulta ya está muy avanzada.

La experiencia que describe Vidal encaja con esa característica. En su práctica profesional, muchas consultas de personas mayores llegan después de matrimonios de veinte, treinta o más años. La pareja no llega al estudio jurídico necesariamente porque haya ocurrido un hecho puntual esa semana, sino porque una decisión que puede haber madurado durante mucho tiempo finalmente se transforma en una decisión concreta.

CUANDO LOS HIJOS DEJAN DE SER EL CENTRO

Durante mucho tiempo, la idea de permanecer juntos hasta el final estuvo sostenida no solamente por el afecto, sino también por mandatos sociales muy fuertes. Separarse después de determinada edad podía implicar enfrentar la mirada de los demás, la presión familiar o la sensación de estar rompiendo una regla que parecía escrita de antemano.

Hoy ese mandato pesa menos.

La transformación no depende solamente de que las personas sean más independientes. También cambió el significado social del divorcio. El marco jurídico acompañó ese movimiento. Desde la entrada en vigencia del Código Civil y Comercial, divorciarse ya no exige demostrar una causa. El pedido puede ser presentado por uno solo de los cónyuges y el desacuerdo respecto de otros temas no impide que se disuelva el vínculo.

La modificación es importante porque quita del centro una lógica basada en encontrar culpables.

Y ahí aparece una de las particularidades del divorcio tardío: cuando el matrimonio lleva décadas, no se está discutiendo únicamente una relación afectiva. También hay una vida material construida en común. Una vivienda, vehículos, cuentas, inversiones, negocios, emprendimientos, ahorros o bienes adquiridos a lo largo de muchos años. Por eso, Vidal observa que buena parte de los conflictos más fuertes no necesariamente se producen alrededor de la decisión de separarse, sino de sus consecuencias concretas.

Quién se queda en la casa familiar. Cómo se distribuye el patrimonio. Qué ocurre con un emprendimiento compartido. Cómo se reorganiza la economía de cada uno. Si todavía existen hijos menores, cómo se modifica la dinámica familiar. Y, en determinados casos, si corresponde una compensación económica. El divorcio puede ser sencillo en términos jurídicos y, al mismo tiempo, complejo en términos emocionales o patrimoniales.

MÁS UNIONES

Hay otro dato local que permite observar esta transformación desde una etapa anterior: la manera de formar pareja.

Los últimos números disponibles del Registro de las Personas de la Provincia muestran que en La Plata los matrimonios vienen descendiendo. La ciudad pasó de registrar 3.093 casamientos en 2022 a 2.745 en 2023 y 2.691 en 2024. Es una caída progresiva que se inscribe dentro de un cambio más amplio en las formas de formalizar una relación.

Las uniones convivenciales también descendieron en esos mismos años, pero en un nivel que revela hasta qué punto dejaron de ser una figura marginal. En La Plata se registraron 2.647 en 2022, 2.597 en 2023 y 2.166 en 2024.

La comparación anual deja un dato interesante: en 2024, por ejemplo, hubo 2.691 matrimonios frente a 2.166 uniones convivenciales. Es decir, el casamiento todavía fue más elegido que la unión convivencial, pero la distancia entre ambas formas de formalizar una pareja ya no es tan amplia como podría suponerse.

En el conjunto de la provincia, la tendencia es todavía más visible. Mientras los matrimonios bajaron de 58.671 en 2022 a 50.844 en 2024, las uniones convivenciales crecieron de 34.968 a 41.040 durante el mismo período. La pareja contemporánea parece elegir con mayor frecuencia caminos diferentes al matrimonio tradicional.

Esto no significa que una unión convivencial y un matrimonio sean jurídicamente equivalentes. Y ahí también hay una cuestión que suele aparecer recién cuando la relación termina. Vidal advierte que el régimen de derechos y obligaciones es diferente y que la convivencia prolongada no convierte automáticamente los bienes de cada integrante en un patrimonio común. Existen, sí, herramientas de protección legal, incluida la posibilidad de solicitar una compensación económica cuando la ruptura genera un desequilibrio manifiesto.

En otras palabras, las formas de construir una pareja cambiaron, pero el derecho también necesita ser conocido para evitar que las personas descubran sus diferencias recién en el momento de la ruptura.

NO TODO ES SENTENCIA

Una de las ideas centrales que deja la mirada de Vidal es que el divorcio no debería analizarse únicamente como el final de un matrimonio. Legalmente, la sentencia pone fin al vínculo. Pero la historia familiar continúa.

Hay hijos que pueden ser adultos, pero siguen siendo hijos. Hay nietos. Hay padres mayores que pueden requerir cuidados. Hay aniversarios, reuniones familiares y recuerdos compartidos. Hay una casa que quizás debe dejar de ser la casa de los dos y una economía que necesita reorganizarse.

Por eso la abogada plantea que uno de los grandes desafíos del Derecho de Familia consiste en separar el conflicto sentimental del conflicto jurídico. Una pareja puede haber llegado al convencimiento de que ya no quiere continuar junta y, sin embargo, ser capaz de alcanzar acuerdos razonables sobre los efectos de esa decisión.

Ese aspecto adquiere especial importancia en los divorcios de larga duración. Cuanto más extensa fue la vida compartida, más profundo suele ser el entramado que debe reorganizarse. No se trata simplemente de dejar de convivir. Se trata de redistribuir espacios, rutinas, dinero, responsabilidades y vínculos.

Y también de aceptar algo que puede resultar difícil: que una relación pueda terminar sin que toda la historia compartida se convierta en un fracaso.

Cuando el matrimonio lleva décadas, no se está discutiendo únicamente una relación afectiva. También hay una vida material construida en común

Cada vez son más los adultos que se separan después de muchos años de matrimonio o convivencia porque sienten que el proyecto de vida compartido dejó de tener sentido

Desde el punto de vista jurídico, muchas veces el conflicto no está necesariamente en la decisión de divorciarse, sino en todo aquello que viene después: la vivienda, los bienes, la organización familiar, los alimentos, el cuidado de los hijos cuando todavía son menores y, eventualmente, la compensación económica”

Camila Rosario Vidal
Especialista en Derecho Civil, Familia y Sucesiones

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