Durante décadas, el mito de la vida universitaria platense se construyó sobre la imagen de una intensa efervescencia social y sexual; un circuito de bares y pasillos donde el encuentro cuerpo a cuerpo era la regla. Hoy, ese libreto parece haberse agotado. En los renovados cafés de la diagonal 74 -ahora iluminados por pantallas de notebooks-, en las facultades de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y en los departamentos compartidos del casco urbano, el clima que narran sus protagonistas es marcadamente más sosegado. La hiperconexión virtual y el agotamiento de la vida moderna desarmaron la mística del levante tradicional, transformando la búsqueda de intimidad en un esfuerzo que muchos prefieren evitar.
Una época que exige gozar
Para la licenciada en Psicología Martina Fernández, egresada de la UNLP (MP 56957) (en redes, @martina.escucha), no hay un factor único. “Las causas del desencuentro sexual son singulares. Sin embargo, considero que hay cuestiones de la época actual que nos permiten pensar este fenómeno. Estamos atravesados por discursos que promueven modalidades de goce cada vez más solitarias. La tecnología y la lógica del mercado nos ofrecen múltiples formas de satisfacción inmediata, muchas veces sin necesidad de encontrarnos con otro”, explica.
Esta diferenciación sustancial de lo que nos encontramos en las pantallas con la comparación de la vida real y concreta, muchas veces lleva a una frustración o la desilusión porque lo que consumimos digitalmente no es del todo cierto. Esta pose en las redes y la industria pornográfica causa no solo un estándar imposible de alcanzar en todos los sentidos, sino que también un aislamiento y una soledad en cuanto al placer que nos cohíbe del encuentro con un otro.
A esa lógica se suma una exigencia: “Vivimos en una época que no solo nos invita a gozar, sino que nos exige hacerlo. Tenemos que disfrutar todo el tiempo, y cuando el placer se convierte en una obligación, puede generar culpa, angustia e inhibición” explica la Licenciada Fernandez. Los encuentros reales no siempre son gozosos permanentemente, están sujetos al error, a la vergüenza, a la exposición; situaciones que pocas veces vemos representadas en los consumos digitales. Se entienden los encuentros como algo idílico y cristalizado que pocas veces tiene conexión con nuestros encuentros de carne y hueso.
Un fenómeno global y los números locales
La llamada “recesión sexual” es un fenómeno global. En Estados Unidos, informes recientes indican que la proporción de jóvenes de 18 a 29 años que no tuvieron sexo en el último año se duplicó en la última década.
En la Argentina, el tema volvió a la agenda impulsado por una reciente campaña de la marca de preservativos Tulipán (Índice Hot). En la campaña y lanzamiento del primer perfume de la marca junto a Zurda Agency “Ganas de cog*r”, afirman “Ya no sabemos que más hacer para que tengan sexo”. En el video publicitario revelan entrevistas y números de la paoblación argentina: según ese relevamiento, sólo la mitad de los argentinos tuvo relaciones en los últimos tres meses, mientras que más de la mitad dice que desearía una vida sexual más activa. Además, un tercio de los jóvenes considera que el sexo está sobrevalorado.
El peso del cansancio, la economía y la falta de espacios
Para Alejo Sebastían de Dominicis, Licenciado y Profesor en Sociología por la UNLP, el cambio en los comportamientos sexuales está ligado directamente a las "paupérrimas condiciones materiales de existencia". Citando al Negro Rada —“Cuando el cansancio mate la alegría, seremos una máquina de trabajar”—, el sociólogo advierte: "El pluriempleo y el tener que hacer malabares para llegar a fin de mes no dejan mucho resto ni margen para conocer a alguien nuevo. Estos ritmos vertiginosos nos deserotizan y producen un estancamiento de los círculos sociales".
El mandato de hiperproductividad del mercado actual deja poco espacio para el ocio. En un contexto de crisis, la tentación de quedarse puertas adentro es grande: la consigna de "hacer la mía, mirar videos y no gastar plata" compite directamente con el vértigo y el costo de invitar a alguien a salir.
“Tengo dos trabajos para poder pagar el alquiler de un monoambiente en El Mondongo. Cuando llego a la noche, lo único que quiero es cenar y dormir”, relata Matías (28), empleado administrativo y repartidor. “Ni siquiera tengo el espacio mental para invitar a alguien a tomar una cerveza, mucho menos para sostener una intimidad frecuente”.
Crónica de lo irreal: pantallas, personajes digitales y vínculos descartables
A la fatiga económica se suma la mediación tecnológica. Las aplicaciones de citas, lejos de multiplicar los encuentros, muchas veces los estancan en un limbo virtual. A esto se le suma el exceso de información previa: en la era de Instagram como vidriera, el misterio se diluye. Investigar el perfil de alguien antes de verse es una especie de vista previa de lo que nos vamos encontrar; percibir al otro como una "marca personal" demasiado pulida o disponible desactiva la atracción antes de que empiece.
Sofía (24), estudiante de la UNLP, lo resume así: “Me da fiaca salir. A veces prefiero quedarme mirando una serie antes que prepararme para una cita que probablemente termine en ghosting. Hay una frialdad tremenda para vincularse hoy. A nadie le importa mucho arriesgarse a encontrarse con otro”.
Ghosting es el término en inglés utilizado por las nuevas generaciones para esta conducta donde las personas tienen citas, comparten cierta intimidad de manera intena y constante para después desaparecer sin dar demasiadas explicaciones: como un fantasma (ghost) no sabemos nada más de el o de ella.
La socióloga israelí Eva Illouz describe en sus trabajos un “capitalismo emocional” en el que las relaciones se eligen y se descartan con la lógica del consumo, un comportamiento fuertemente ligado a la modernidad y al uso de la tecnología. El resultado es un mercado del deseo marcado por la incertidumbre, donde tener un catálogo infinito de opciones termina generando un agobio que paraliza.
Salud mental y el factor pornografía
Otro elemento ineludible es la salud mental. La ansiedad crónica que genera la inestabilidad empuja a muchos jóvenes al uso de medicación psiquiátrica (como los antidepresivos), los cuales suelen tener como efecto secundario una disminución directa de la libido.
Encontrarnos constantemente scrolleando en nuestras casas sin contacto con la vida real, causa la creación de una ficción en nuestras cabezas que no coincide con el deseo llevado a la vida real. Los estándares propios y ajenos nunca son suficientes si competimos con cuerpos, performances y personalidades que son inalcanzables para la sociedad común.
A nivel de consumos, la masividad de la pornografía en internet también moldea la escena. Según informes de tráfico global, Argentina es uno de los principales consumidores de plataformas para adultos en la región. La idea de la psicóloga Fernández sobre una oferta de “satisfacción inmediata, muchas veces sin necesidad de encontrarnos con otro” ayuda a pensar por qué una práctica solitaria compite de lleno con el encuentro real.
Un problema vital y una salida analógica
¿Es realmente un problema esta caída en el deseo? "Por supuesto que es un problema", afirma tajante el sociólogo de Dominicis. "Que el lector no se sienta ridiculizado en caso de que le interpele habla de lo socialmente problematizado que se encuentra. El sexo es vital para nuestra existencia".
Como solución, el sociólogo propone diversificar las fuentes de socialización y recuperar la presencialidad: "La clave está en crear y recrear más y mejores espacios para el encuentro que sean compatibles con la barbarie desgastante del mundo del trabajo y del mundo digital". En una época colmada de pantallas, sugiere apostar al anclaje barrial o a las actividades recreativas, cerrando con una invitación clara: salir de la virtualidad volviendo a crear comunidad, tolerar la frustración y volver a poner el cuerpo.
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