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Algunos estudios culpan al celular por la baja natalidad

Por Redacción

La caída de la natalidad dejó de ser una proyección demográfica para convertirse en una transformación visible en La Plata, Berisso y Ensenada. Hay menos bebés, la maternidad se posterga, aparecen nuevas formas de familia y jardines y maternidades empiezan a sentir sus efectos. Detrás de las estadísticas, especialistas describen una combinación de cambios culturales, dificultades económicas, mayor planificación reproductiva y nuevas formas de relacionarse. Inclusive, hay quienes señalan que el abuso en el uso de los celulares impacta en tener menos hijos. Los números dimensionan el fenómeno. En La Plata, los nacidos vivos según residencia de la madre pasaron de 11.339 en 2019 a 7.627 en 2023, una caída del 32,7%, según el Observatorio de Datos Estratégicos. Berisso bajó de 1.081 a 863 y Ensenada de 747 a 574. En conjunto, el Gran La Plata pasó de 13.167 a 9.064 nacimientos en apenas cuatro años. La transformación excede a la Región. Argentina llegó en 2024 a una tasa global de fecundidad de apenas 1,2 hijos por mujer, muy por debajo de los 2,1 considerados como nivel de reemplazo poblacional. Pero una investigación de UNFPA introduce un matiz central: no necesariamente los argentinos dejaron de querer hijos. El 57% de las personas de 18 a 45 años todavía no alcanzó la cantidad que desearía tener y las condiciones económicas y de cuidado explican el 62% de los casos en los que se tuvieron menos hijos de los deseados. Del mandato de ser padres a la posibilidad de elegir Para Alicia Cillo, profesional de Obstetricia de la Universidad Católica de La Plata e integrante del Colegio de Obstétricas bonaerense, detrás del fenómeno confluyen la reducción del embarazo adolescente, la decisión de estudiar durante más tiempo, la búsqueda de estabilidad y las dificultades económicas para sostener un hogar. Su colega Sandra Zapiola agrega otra variable: la postergación. Por razones laborales y proyectos personales, explica, las parejas esperan cada vez más antes de buscar un embarazo. Y allí aparece el límite biológico: empezar más tarde reduce también el período disponible para tener un segundo o tercer hijo. Myriam Mulatero coloca el foco sobre un cambio cultural quizá todavía más profundo. “Cambiaron los modelos de familia”, sostiene. La maternidad dejó de constituir para muchas mujeres un mandato inevitable y actualmente existe mayor aceptación social de quienes simplemente deciden no tener hijos. El fenómeno aparece entre los propios vecinos. Juana, arquitecta platense de 30 años entrevistada recientemente por EL DIA, decidió realizarse una ligadura de trompas. Contó que nunca había deseado ser madre y que prefería viajar y vivir sola, aunque reconoció haber recibido cuestionamientos de familiares y amigos. Su historia refleja algo que las estadísticas no siempre permiten distinguir: no todos postergan; algunos directamente eligen otro proyecto de vida. Cuando el deseo choca contra el bolsillo Existe, sin embargo, otra población que sí quiere tener hijos pero espera condiciones que nunca parecen llegar. La encuesta nacional de UNFPA encontró que siete de cada diez personas de entre 18 y 24 años todavía no tienen la cantidad de hijos que dicen desear. Sólo dos de cada diez mujeres de ese grupo directamente expresan que no quieren tenerlos. Esa brecha entre deseo y realidad permite discutir la idea de una generación simplemente desinteresada en formar familias. Mariana Isasi, jefa de Oficina de UNFPA Argentina, propone precisamente preguntarse si las personas pueden decidir libremente cuántos hijos tener y cuándo hacerlo, porque las condiciones reales muchas veces impiden concretar esos proyectos. En La Plata, el problema aparece incluso antes de pensar en un bebé: muchos jóvenes todavía no consiguen irse de la casa familiar. Sofía, una platense de 28 años que trabaja y estudia, contó que intenta ahorrar para independizarse, pero que el depósito y los gastos necesarios para entrar a un alquiler dificultan la mudanza. Su hermana Agustina, docente de 29 años con cargo titular, fue más categórica: aseguró que con sus ingresos no podría sostener sola un alquiler. Camila, también de 29 años, describió su convivencia con sus padres casi como una relación entre compañeros de vivienda. Aunque mejoró laboralmente, continúa considerando inaccesible un alquiler compatible con sus ingresos y, además, trabaja bajo contrato: comprometerse con una vivienda a largo plazo significa asumir un riesgo que no sabe si podrá sostener. El psicólogo platense Matías Fittipaldi advierte que esta nueva adultez obliga incluso a redefinir la convivencia familiar. Ya no se trata necesariamente de hijos dependientes sino de adultos que trabajan, estudian, colaboran económicamente y permanecen bajo el mismo techo porque las posibilidades de emancipación se retrasaron. El Día de La Plata “Podríamos tenerlo, pero cambiaría nuestra vida” Otra cara del fenómeno aparece entre parejas económicamente relativamente estables. Tomás, de 37 años, y Romina, de 33, llevan cinco años casados y contaron que recién recientemente consiguieron estabilidad profesional. Podrían considerar tener un hijo, pero ella quiere continuar estudiando y ambos tienen sus familias lejos: criar significaría incorporar guardería o niñera y reorganizar trabajo, tiempo libre y proyectos personales. El psicólogo platense Mel Gregorini observa cada vez más parejas consolidadas que deciden no tener descendencia y considera que, cuando existe un acuerdo genuino, puede constituir una decisión responsable. En su consultorio aparecen personas que privilegian viajes, profesión, pareja o autonomía, pero también pacientes que posteriormente se preguntan qué habría sucedido si hubieran tomado otra decisión. Silvina y Emilio representan otra generación. Tienen actualmente más de 55 años, están juntos desde hace décadas y nunca tuvieron hijos. Al principio imaginaban que algún día llegarían, pero con el tiempo priorizaron viajes y la vida de a dos. Incluso discutieron el temor a llegar solos a la vejez, aunque terminaron cuestionando la idea de que tener descendencia garantice compañía futura. Estas historias muestran que “menos hijos” esconde decisiones completamente diferentes: quienes quieren ser padres pero no pueden afrontar el costo; quienes esperan terminar de estudiar o alcanzar estabilidad; quienes aplazan la decisión hasta los 30 o 40; y quienes sencillamente no desean la maternidad o paternidad. Berisso: menos partos, pero también menos maternidad adolescente Reducir todo el fenómeno a la crisis económica sería igualmente equivocado. Una parte de la caída constituye el resultado de embarazos que antes ocurrían sin planificación y ahora se evitan. La jefa de Ginecología y Obstetricia del Hospital Larraín de Berisso, Gabriela Silvani, estima que el programa Niñas No Madres redujo alrededor de un 50% los embarazos adolescentes. La profesional destaca también el efecto de la Educación Sexual Integral, el acceso a anticonceptivos y las políticas de salud sexual. La diferencia conceptual es importante: una menor cantidad de nacimientos adolescentes no necesariamente constituye un problema demográfico que deba revertirse. Puede representar, por el contrario, mayor capacidad de decidir cuándo comenzar la maternidad. En Berisso, de todos modos, el fenómeno excede ampliamente a las adolescentes. Los nacimientos bajaron un 20,2% entre 2019 y 2023, mientras las defunciones subieron de 740 a 877. Ensenada: 35% menos partos El Hospital Cestino constituye otro termómetro regional. Allí se informó una reducción de aproximadamente 30% a 35% en los partos, aunque las autoridades aclaran que parte de la caída coincidió con un período en el que faltaron especialistas, posteriormente subsanado. El descenso demográfico municipal igualmente está documentado: Ensenada pasó de 747 nacimientos en 2019 a 574 en 2023, mientras las defunciones crecieron de 498 a 620. En el sector privado regional ocurre algo semejante. Néstor Porras, presidente de FECLIBA, calcula que la natalidad disminuyó más del 40% y señala como consecuencia una menor demanda de neonatología. Maternidades con menos bebés Para Roberto Martínez, director del Hospital Italiano de La Plata, las tasas de natalidad cayeron de manera “estrepitosa”. La institución ya debió reducir estructura y personal en maternidad y neonatología y continúa evaluando su nivel de actividad. Martínez considera que el proceso excederá ampliamente a las maternidades: una población con menos niños y proporcionalmente más adultos mayores obliga a revisar salud, educación y servicios. “Eso cambia todo”, sintetizó recientemente. La Plata tuvo además un punto de inflexión en 2025: los registros contabilizaron 7.332 nacimientos, luego de 10.831 en 2020. La caída acumulada empieza a trasladarse a jardines y escuelas, mientras cambia simultáneamente la demanda sanitaria. El factor que acaba de entrar en discusión: los celulares A las explicaciones económicas, laborales y culturales acaba de sumarse una hipótesis mucho más novedosa. Dos investigaciones recientes analizadas por The New York Times encontraron evidencia en Estados Unidos de una posible relación entre la expansión de los smartphones y la reducción de los nacimientos. Uno de esos trabajos aprovechó una particularidad del lanzamiento del iPhone en 2007: durante sus primeros años funcionaba exclusivamente con AT&T. Al comparar territorios estadounidenses con distinta cobertura previa de esa compañía, los investigadores encontraron que una mayor exposición temprana al dispositivo estuvo asociada con posteriores reducciones de nacimientos, particularmente entre mujeres jóvenes. La hipótesis no supone que el teléfono perjudique biológicamente la fertilidad. El posible mecanismo sería social: más tiempo de interacción digital, menos encuentros presenciales, transformaciones en la formación de parejas y menor actividad sexual. Y existe una señal local que vuelve pertinente la pregunta. Una investigación de EL DIA sobre deseo y sexualidad encontró en La Plata, Berisso y Ensenada profesionales que observan jóvenes y adultos que postergan o encuentran mayores dificultades para el encuentro íntimo, dentro de un fenómeno asociado a factores psicológicos, culturales y orgánicos. Sin embargo, no existe hasta ahora evidencia científica que permita responsabilizar a los celulares por la caída de la natalidad del Gran La Plata. Trasladar directamente el resultado estadounidense sería incorrecto. Sí abre una nueva línea de investigación sobre cómo redes sociales, aplicaciones de citas y relaciones mediadas por pantallas modificaron la intimidad y la formación de parejas. Tener el primero, pero ya no buscar el segundo Hay otra transformación menos visible. La Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMeR) informó este año que los centros de fertilidad detectan una caída superior al 50% respecto de hace una década entre quienes, después de conseguir un primer embarazo, proyectan buscar un segundo. Los especialistas mencionan la coyuntura económica, la maternidad tardía, los proyectos profesionales y personales y el desconocimiento acerca del envejecimiento reproductivo entre las causas. Eso introduce una paradoja: la reproducción asistida permite ampliar posibilidades, pero no elimina el efecto biológico de la edad. Si el primer embarazo llega cada vez más tarde, el margen temporal para tener un segundo o tercer hijo también disminuye. Una sociedad que envejece La socióloga e investigadora de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Mariela Cotignola, propone mirar el fenómeno más allá de la natalidad: vivimos más años mientras nacen menos chicos. Eso obliga, sostiene, a reconsiderar instituciones, mercado laboral, sistema previsional, salud y organización social de los cuidados. En La Plata, además, más del 80% de los hogares monoparentales tienen jefatura femenina. La socióloga Anastasia Mazars advierte que el problema no radica en la existencia de madres que crían solas, sino en que buena parte de la organización del cuidado continúa estructurada alrededor de una familia biparental que dejó de representar a todos los hogares. Es probablemente allí donde confluyen todas las explicaciones. No existe una única causa detrás de la caída de la natalidad. Una joven que evita un embarazo adolescente gracias a anticonceptivos representa una historia completamente distinta de una profesional que posterga la maternidad hasta los 35, una pareja que no puede pagar alquiler y guardería, otra que decide viajar y no tener hijos o alguien que desea ser padre pero no encuentra pareja. Lo que une esas historias es el resultado demográfico: La Plata, Berisso y Ensenada tienen menos bebés, los tienen más tarde y avanzan hacia familias más pequeñas y una población proporcionalmente más envejecida. La diferencia con generaciones anteriores quizá esté precisamente ahí. Para muchos jóvenes, tener hijos dejó de ser el paso inevitable que inauguraba la adultez. Ahora suele aparecer al final de una larga lista de condiciones -terminar de estudiar, conseguir trabajo, independizarse, encontrar vivienda, construir una pareja y alcanzar estabilidad- que cada vez lleva más tiempo completar. Y para algunos, directamente, ya no aparece en la lista.  

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