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TCA: las señales de alerta que aparecen en los consultorios de La Plata

Cada vez son más los adolescentes que llegan con exigencias alimentarias difíciles de sostener, culpa al comer y una preocupación creciente por los números de su cuerpo. Las señales, preocupaciones y conductas a tener en cuenta

La exposición reiterada a cuerpos idealizados y a rutinas difíciles de sostener también alimenta las comparaciones
Creció la demanda de estudios antropométricos por parte de adolescentes
La relación con la comida y el cuerpo puede convertirse en una fuente de angustia mucho antes de que exista un diagnóstico
Licenciada en Nutrición Laura Salzman MP 4435
Licenciada en Nutrición Erica Bianquet MP 1282

Por Redacción

En los consultorios de nutrición de La Plata, algunas consultas empiezan a repetirse: adolescentes que quieren conocer sus porcentajes de grasa corporal, que preguntan por la cantidad de proteínas que deberían consumir en cada comida o que sienten culpa cuando comen algo que consideran prohibido. Llegan con información sobre alimentación, composición corporal y actividad física, pero también con exigencias que muchas veces les cuesta sostener.

No todos tienen un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) diagnosticado. En muchos casos, lo que aparece son señales previas, preocupaciones que se naturalizan o conductas que todavía no se reconocen como un problema. Para las licenciadas en Nutrición Erica Bianquet y Laura Salzman, que trabajan en La Plata, esa instancia es clave para intervenir antes de que el malestar se profundice.

La preocupación se inscribe en un escenario más amplio. Un análisis internacional publicado en la revista JAMA Psychiatry, que examinó información de 204 países y territorios entre 1990 y 2023, estimó que 18,1 millones de personas vivían con anorexia o bulimia nerviosa en el último año relevado. El número representa un aumento del 71% respecto de 1990. En la Argentina, la tasa combinada estimada fue de 366,4 casos por cada 100.000 habitantes, por encima del promedio mundial de 225,6.

Las cifras no permiten determinar cuántas personas atraviesan estos trastornos en La Plata ni describen por sí solas la situación actual de todos los TCA. Sin embargo, aportan una dimensión del problema que las profesionales locales reconocen en su práctica cotidiana: la relación con la comida y el cuerpo puede convertirse en una fuente de angustia mucho antes de que exista un diagnóstico.

Preocupaciones adolescentes

Uno de los cambios que Bianquet y Salzman identifican en las consultas es la creciente demanda de estudios antropométricos por parte de adolescentes. Se trata de evaluaciones que permiten conocer distintas medidas y estimaciones de la composición corporal y que pueden ser útiles cuando existe una indicación profesional.

Lo que llama la atención es que, cada vez más, son los propios pacientes quienes llegan solicitándolas. Quieren conocer sus pliegues cutáneos, los porcentajes de grasa corporal y otros valores, en ocasiones con la expectativa de encontrar en esos resultados una calificación de su cuerpo o de sus hábitos.

La herramienta no es el problema en sí mismo, sino el significado que puede adquirir para quien la solicita. Un dato que debería aportar información para un seguimiento nutricional puede convertirse en un motivo de preocupación permanente, una nueva referencia con la que compararse o una medida de cuánto se ajusta una persona a determinados ideales físicos.

Por eso, las nutricionistas plantean una pregunta que atraviesa su trabajo: cuánto aporta conocer el valor exacto de un pliegue abdominal cuando esa información termina por generar más inquietud que bienestar.

Un número aislado no define el estado de salud de una persona. Tampoco determina su valor ni la calidad de su relación con el propio cuerpo. En la adolescencia, una etapa atravesada por cambios físicos y por la construcción de la identidad, la atención excesiva a esas mediciones puede sumar presión a una preocupación que ya ocupa un lugar importante en la vida cotidiana.

Otra conducta que observan es la necesidad de incorporar proteínas en todas las comidas. Aunque se trata de un nutriente esencial, las especialistas advierten que una alimentación saludable no se construye alrededor de un solo componente. No incluir una fuente proteica en una comida determinada no representa, por sí mismo, un problema nutricional.

La dificultad aparece cuando una recomendación general se transforma en una regla rígida que debe cumplirse sin excepciones. En ese esquema, comer deja de ser una práctica flexible y cotidiana para convertirse en una sucesión de obligaciones, cálculos y controles.

Las profesionales también señalan que algunos adolescentes sienten culpa cuando comen algo que consideran prohibido, no cumplen un plan alimentario o se apartan de reglas que establecieron a partir de información encontrada en redes sociales.

No se trata necesariamente de un trastorno diagnosticado, pero sí de comportamientos que merecen atención, sobre todo cuando se repiten, generan sufrimiento o empiezan a condicionar la vida social. La preocupación por la alimentación puede dejar de estar vinculada con el cuidado de la salud y convertirse en una fuente de angustia.

Cuando lo saludable se vuelve una exigencia

En las redes sociales abundan las recomendaciones sobre qué comer, qué evitar, cómo modificar la composición corporal y qué rutinas seguir para alcanzar determinados resultados. Parte de ese contenido puede resultar útil, pero también hay consejos descontextualizados, mensajes contradictorios y pautas que no contemplan las necesidades individuales.

El problema no es que los adolescentes se interesen por la nutrición o la actividad física. La dificultad aparece cuando ese interés se acompaña de restricciones innecesarias, miedo a determinados alimentos o la sensación de que cualquier desvío constituye un fracaso.

Las publicaciones que presentan ciertos alimentos como buenos y otros como malos, o que vinculan el aspecto físico con la disciplina personal, pueden reforzar esa lógica. La exposición reiterada a cuerpos idealizados y a rutinas difíciles de sostener también alimenta las comparaciones.

En ese contexto, una elección alimentaria puede adquirir un peso que excede lo nutricional. Comer algo por placer, compartir una comida con amigos o aceptar una invitación deja de ser una situación espontánea y pasa a estar atravesada por cálculos y temores.

Bianquet y Salzman subrayan, además, que estas conductas aparecen tanto en mujeres como en varones. Los trastornos alimentarios no pertenecen exclusivamente a un género y tampoco pueden identificarse únicamente por el peso corporal.

Una persona puede atravesar un problema significativo en su relación con la comida sin que su aspecto físico permita advertirlo. Del mismo modo, el interés por entrenar, mejorar el rendimiento deportivo o cuidar la alimentación no constituye por sí solo una señal de enfermedad. Para reconocer una situación de riesgo es necesario observar el conjunto de las conductas, su persistencia y el malestar que producen.

Qué dicen las estadísticas

El estudio internacional publicado en JAMA Psychiatry permite dimensionar la evolución de dos de los principales trastornos alimentarios: la anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa. Según sus estimaciones, entre 1990 y 2023 los casos de anorexia aumentaron un 57,9%, mientras que los de bulimia crecieron un 75,1%.

Del total estimado para 2023, 14,2 millones de personas tenían bulimia nerviosa y 3,9 millones, anorexia. Cerca de siete de cada diez casos correspondían a mujeres y el 41,2% se concentraba entre personas de 10 a 24 años.

La tasa argentina, de 366,4 casos estimados por cada 100.000 habitantes, superó el promedio global y se ubicó por debajo de las registradas en Perú y Ecuador, entre otros países de la región.

Es importante precisar el alcance de estos datos. El aumento del 71% corresponde al número absoluto de casos estimados, no al incremento de la prevalencia ajustada por los cambios demográficos. Cuando se consideran el tamaño y la estructura etaria de la población, el crecimiento de la prevalencia fue del 20,6%.

En la Argentina también existen antecedentes que ayudan a entender la magnitud del desafío, aunque muestran las limitaciones de la información disponible. Un documento del Ministerio de Salud de la Nación publicado en 2025 reconoció la necesidad de contar con datos epidemiológicos más actualizados y representativos del país.

Entre los estudios previos que reúne figura una investigación realizada en 2010 con estudiantes de 13 a 18 años de escuelas de Buenos Aires. En esa muestra se identificaron trastornos alimentarios en el 14,1% de las mujeres y el 2,9% de los varones evaluados. Esos porcentajes corresponden a esa población y a ese momento: no pueden extrapolarse a la actualidad ni utilizarse como una estimación específica para La Plata.

En la ciudad, las observaciones de Bianquet y Salzman tampoco constituyen una estadística oficial. Su valor está en identificar situaciones que llegan a la consulta y que pueden funcionar como señales de alerta, incluso antes de que exista un diagnóstico.

Detectar antes de que el malestar avance

Las nutricionistas advierten que algunas prácticas aparentemente inofensivas pueden consolidarse con el tiempo: eliminar grupos de alimentos sin indicación profesional, controlar permanentemente el cuerpo, sentir culpa después de comer o vincular la alimentación con el mérito personal.

La prevención no consiste en desalentar el interés por la salud, sino en evitar que ese cuidado se transforme en una exigencia que genere sufrimiento. También implica cuestionar la idea de que existe un único modelo corporal al que todas las personas deberían aspirar.

Frente a estas situaciones, Bianquet y Salzman destacan la importancia de escuchar a los adolescentes, reconocer las señales tempranas y trabajar de manera interdisciplinaria. La atención no debería limitarse a las personas que ya presentan un trastorno diagnosticado, sino incluir también a quienes manifiestan preocupaciones persistentes o conductas que comienzan a afectar su bienestar.

La detección requiere mirar más allá de lo que una persona come o de cuánto pesa. También importa qué lugar ocupa la comida en su vida, qué emociones aparecen al alimentarse y hasta qué punto las reglas que se impone condicionan sus decisiones y sus vínculos.

El próximo 30 de noviembre, el Día Internacional de la Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria volverá a poner el tema en agenda. En La Plata, la experiencia de las profesionales recuerda que la prevención también se juega en las consultas cotidianas, cuando todavía es posible reconocer el malestar y evitar que determinadas conductas se profundicen.

"Cabe preguntarnos cuánto le aporta a un adolescente conocer el valor exacto de su pliegue abdominal si ese dato termina por convertirse en una nueva preocupación. Un número aislado no define el estado de salud de una persona. Mucho menos su valor, su bienestar o su relación con el propio cuerpo"

Licenciada en Nutrición Laura Salzman MP 4435

"Como profesionales, creemos que escuchar, detectar tempranamente y trabajar de manera interdisciplinaria resulta tan importante como cualquier indicación alimentaria. Porque una alimentación saludable no debería medirse solamente en gramos, calorías o pliegues cutáneos, sino también en la posibilidad de comer sin miedo y sin culpa"

Licenciada en Nutrición Erica Bianquet MP 1282

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