“Esa noche hablamos como si nos conociéramos de toda la vida y yo me fui esperando que pase algo más. Ese momento nunca llegó. Durante meses me pregunté si me lo había imaginado todo, si él sentía lo mismo o si había sido apenas una charla linda entre dos adolescentes que se caían bien. Les escribo porque quiero contar que a veces las cosas llegan tarde, pero llegan”.
Así empieza la carta que llegó a la redacción de EL DIA firmada por Fabiana, que hoy tiene 30 años y vive en La Plata. Es un texto largo, escrito con la calma de quien ya sabe cómo termina la historia pero a corazón abierto. Lo que cuenta es cómo se sintió durante los primeros meses, cuando todavía no sabía si había una historia, si no había sido víctima de la idealización.
“No fui a levantarme a nadie. Estaba cansado y aburrido de las mismas charlas y ella estaba sola con una guitarra al lado”
AQUELLA NOCHE
En 2015, Fabiana y Tomás tenían 19 años. Se conocían de vista, de cruzarse en juntadas de amigos, pero nunca se habían prestado atención. Una noche de octubre los juntó una casualidad: un amigo de él había empezado a salir con una amiga de ella, y la reunión era para acompañar a la pareja nueva.
No eran muchos. En total, entre 15 y 20 amigos. Algunos tomaban en el patio, otros escuchaban música y bailaban. Tomás se acercó a ella a sin ninguna intención. En diálogo con EL DIA, recuerda: “No fui a levantarme a nadie. Estaba cansado y aburrido de las mismas charlas y ella estaba sola con una guitarra al lado”, recuerda él.
Fabiana tocaba desde hacía años. Él, apenas. Ese fue el primer punto en común y alcanzó para arrancar: hablaron de acordes, de punteos imposibles, de canciones que él no se animaba a tocar, de las que ella se sabía de memoria. Después hablaron de los amigos que los habían llevado hasta ahí. Después, de las familias. Y sin darse cuenta, de ellos mismos: de las carreras que estaban empezando, de lo que querían hacer, de lo que les daba miedo.
“No era normal. Teníamos 19 años, éramos casi dos desconocidos y yo le estaba contando cosas que no le había dicho a nadie”, escribe Fabiana. No obstante, cuando la noche terminó -ya de madrugada- y cada uno empezaba a organizar cómo volver a su casa, ella esperó. Él se despidió, y no le pidió el número.
EL LIMBO
Antes de esa noche ya se seguían por redes, como se hacía en 2015, como se hace ahora. No significaba nada ni tampoco hubo algún acercamiento por esa vía: ni “likes”, ni comentarios, ni nada. “Miraba el celular más de lo que voy a admitir”, cuenta Fabiana en la carta. “Pensaba: si le interesara, me escribiría. Y enseguida pensaba: capaz que no le interesa. Y así todos los días”.
En diciembre coincidieron en una fiesta de fin de año. Pero él ya se tenía que ir y ella recién llegaba. Se cruzaron en la puerta, se saludaron con un beso en el cachete, un “hola, ¿cómo estás?” (quizás muy vehemente para dos desconocidos, recuerda él), y cada uno siguió para su lado. “Me fui pensando que otra vez lo había dejado pasar”, dice Tomás. “Y me quedé con eso varios días”.
Fabiana, entonces, escribe que en esas semanas empezó a dudar de lo que había sentido aquella noche. Si la conversación había sido tan buena como ella la recordaba o si la había inflado la música, el clima, la edad. Cuando pensaba en escribirle, no lo hacía. Había pasado demasiado tiempo para hacerlo sin que pareciera un gesto enorme. Confiesa, ella, que había empezado a olvidar.
EL ENCUENTRO
Lo que no había pasado en La Plata pasó en Mar del Plata. En las vacaciones de enero, los grupos de amigos coincidieron en “La Feliz”, y esta vez no hubo puerta ni horario que los separara. “Fue como retomar la charla donde la habíamos dejado, tres meses después”, escribe ella. Volvieron a hablar de guitarras, de miedos y de todo lo que no habían dicho. Esa vez, cuando se despidieron, hubo teléfono.
Se pusieron de novios a los meses. Hoy, once años después y aunque son jóvenes, planean casarse. Todavía se acuerdan de cada detalle de aquella primera noche, aunque no lo recuerdan igual. Ella jura que él se fue sin decir nada. Él, que ella nunca dio ninguna señal.
“No era normal. Teníamos 19 años, éramos casi dos desconocidos y yo le estaba contando cosas que no le había dicho a nadie”
Una vez, ya de novios, Fabiana le preguntó por qué no le había pedido el número. “Le dije que no sabía. Que me pareció que esa charla era demasiado importante para cerrarla con un trámite”, cuenta Tomás.
La carta termina con una imagen simple: la guitarra, que sigue en el living de la casa donde viven, y que él ahora, toca un poco mejor.
SUSCRIBITE a esta promo especial