“Yo pensaba que el amor era algo que me había pasado una vez y listo. Que había tenido mi turno, que había sido hermoso y que ya está. Nadar era lo único que me sacaba de casa. Lo último que buscaba era que alguien me mirara de otra manera”. Quien habla con EL DIA es Graciela, que a los 58 años llegó a la pileta de un club de City Bell con una indicación médica: moverse. Enviudó hace seis años, después de veintiséis de casada. Tiene dos hijos grandes, trabaja en la administración de una escuela y, cuenta, se había acostumbrado a una casa en silencio.
“Después de que él murió, me ocupé de los chicos, del trabajo, de todo lo que había que resolver. Lo otro lo fui dejando”, recuerda. No obstante, su vida entera, aquella hecha de los pedazos que habían quedado, estaba a punto de dar un vuelco.
Alberto tiene 63 años y es técnico electromecánico. Su esposa murió hace ocho. Tiene un hijo, una hija y una nieta de cuatro años. “Los chicos me insistían con que saliera, que me juntara con gente. Yo les decía que sí y me quedaba mirando la tele”, detalla entre risas. Tras la muerte de su compañera -un accidente fatídico-, Alberto pasó mucho tiempo encerrado, bajo una manta endogámica de supuesto cuidado. Poco a poco, con el paso del tiempo, comenzó a hacer actividades. La natación fue una de ellas.
Esta es la historia de dos adultos cuyas vidas amasetadas por la muerte parecían haber llegado a una cumbre, a un fin. Sin buscar nada, como ocurren las historias más genuinas, se vieron y encontraron en los ojos del otro una oportunidad.
Dos carriles
Ambos comenzaron natación y se anotaron en la misma clase, los martes y jueves a las siete de la tarde. Nadaban en carriles vecinos y se saludaban con un movimiento de cabeza. “Él era el señor que llegaba cinco minutos antes y dejaba el bolso siempre en el mismo banco”, dice Graciela.
“Ella era la que nadaba más prolija y la más lenta que todos. Yo no sabía si eso era un elogio”, responde Alberto, y se ríe. Durante tres meses no pasaron de ahí. Fue la profesora, Silvia, quien movió las fichas. Un martes los juntó en un mismo carril para corregir la respiración de los dos.
“Los vi parejos de nivel y con la misma cara de querer que nadie los mirara. Les dije que se entrenaran juntos. No pensé en nada más que en la técnica”, recuerda la docente. Para ella, no era más que una tarea habitual. Lo cierto es que compartir carril implica contar largos, esperar al otro en la pared, turnarse para salir. Entre un largo y otro había charlas de dos minutos. Hablaron de los hijos, de la nieta de Alberto, del trabajo. De a poco, también de quienes ya no estaban, sin dramatismo.
La puerta del club
Un jueves de mayo llovía fuerte. Graciela salió buscando el paraguas y Alberto esperaba que pasara un remís. Se quedaron bajo el alero de la entrada veinte minutos. “Fue la primera vez que hablé de mi marido con alguien sin que me pusiera cara de pena”, dice ella.
“Ella no me preguntó cómo estaba. Me preguntó cómo se llamaba mi mujer y qué le gustaba hacer. Hacía años que nadie me preguntaba eso”, cuenta él. Después de ese jueves, la salida de la clase se alargó. Primero fue un café en la esquina, después una caminata hasta la parada. Los dos sabían lo que estaba pasando y ninguno lo nombraba.
“Yo pensaba: ¿cómo se invita a cenar a alguien a los 63 años? Me sentía de diecisiete, pero con las rodillas peores”, dice Alberto. Pasaron semanas. Fue Graciela quien dio el primer paso, un jueves, mientras se secaba el pelo en el vestuario y él la esperaba en el pasillo.
“Estaba harta del histeriqueo y pensé que ya estaba grande para el juego. Entonces lo ví y sin pensarlo le dije: ‘Reservé una mesa para el sábado en un bar de Cantilo. Si no venís, me como las dos porciones’. Me salió de golpe. Si lo pensaba, no se lo decía nunca”, cuenta ella.
Alberto llegó quince minutos antes. La cena duró hasta la madrugada, cuando el bar comenzaba a cerrar. Él la acompañó caminando hasta la puerta de su casa, a doce cuadras, y se despidieron con un abrazo largo.
Hoy
Siguen yendo a natación martes y jueves y siguen compartiendo carril. Cada uno vive en su casa, por ahora. Los domingos almuerzan con los hijos, que recibieron la noticia de maneras distintas. “Mi hija me dijo: ‘Mamá, ya era hora’. Mi hijo tardó un poco más. Ahora le cae bien”, cuenta Graciela.
En la casa de ella sigue la foto de su marido en la repisa del living. En la de él, la de su esposa en la mesa de luz. Ninguno pidió sacarlas. “No es que uno reemplace al otro. Es el mismo corazón, que se había quedado guardado y se abrió de nuevo”, dice Graciela.
Alberto asiente. Dice que lo más difícil no fue animarse a invitarla, sino aceptar que se podía volver a querer sin traicionar a nadie.
SUSCRIBITE a esta promo especial