Hipólito está seco. Escritor famoso, brillante y reconocido, hace tiempo que no le sale una línea y está a punto de tirar la toalla. Arnaldo André, que le pone el cuerpo en “Tango para tres”, asegura que a él nunca le pasó nada parecido. “En ningún momento de mi vida, gracias a Dios”, responde, tajante, cuando se le pregunta si alguna vez sintió que la llama se apagaba. Y explica que, justamente por eso, eligió el papel: “Generalmente me atraen más los personajes que difieren totalmente de los que he hecho en mi vida. Cuando leo un texto y el personaje tiene un parecido a mi personalidad, no me atrae mucho, porque no me va a significar mucho trabajo interpretarlo”.
La comedia dramática, escrita y dirigida por Hernán Krasutzky y con producción de Damián Sequeira, llega el domingo 25 de octubre a las 20 al Teatro Metro (4 entre 51 y 53), en el marco de una gira nacional que siguió a su temporada porteña. Allí, André vuelve a compartir escenario con Marta González, con Romina Fernandes completando el triángulo.
La historia arranca en una casa donde el silencio pesa. Minerva, la mujer de Hipólito, fue una prestigiosa cantante de tango que un día decidió abandonar los escenarios: conoce mejor que nadie el precio de renunciar y no está dispuesta a ver a su marido correr la misma suerte. Entonces aparece Alma, joven, luminosa y fanática de la obra del escritor, que llega a hacerle una entrevista. Minerva ve en ella algo más que una periodista: la chispa capaz de volver a encender la pluma de Hipólito. Lo que empieza como una pequeña provocación se desborda entre seducción, celos y cuentas pendientes, hasta un lugar sin retorno, como en el mejor tango.
“Me atrapó la historia, muy original, intrigante”, cuenta André. “Y el cambio que se produce luego en el personaje”. En otra charla durante la gira, con el diario Uno de Entre Ríos, había abundado en esa transformación: “Me da la posibilidad de ir construyéndolo poco a poco. No aparece todo resuelto desde el comienzo, sino que va reaccionando a medida que avanza la historia”.
¿Es una obra sobre el deseo después de cierta edad? André prefiere no ponerle etiquetas. “No se trata profundamente de eso. Esta es una historia de amor”, corrige. Y recurre a la escuela de la telenovela, que conoce como pocos, para explicar su vigencia: “El amor está presente siempre. Y en una historia de amor los autores pueden hacer uso de la intriga, que es lo que hacíamos en las novelas de antes: había imposibilidades para que la pareja se juntara”. El resultado, prometió en aquella entrevista entrerriana, es “una obra que produce mucha risa, alegría y emoción. Al final hay algunas lágrimas en los ojos de los espectadores”.
LAS MUSAS
Si Hipólito necesita una Minerva que no lo deje rendirse, el actor dice haber tenido de sobra. “Hubo miles de Minervas, con toda honestidad, y creo no estar pecando de orgulloso. Hablo del público, que siempre me acompañó. Nunca sentí que no valía la pena el trabajo porque nadie te va a ver, nadie te da rating. Eso puede provocar un bloqueo: para qué seguir si no tengo éxito”.
La Minerva de carne y hueso, en cambio, es una vieja conocida. André y González se cruzaron por primera vez en 1971, en la tira “Frente a la facultad”, y “Tango para tres” es ya la tercera obra que hacen juntos en gira. “Ha funcionado y nos gusta siempre estar juntos. Además somos amigos, nos vemos permanentemente cuando podemos, y uno confía, ya sabe qué es lo que puede recibir arriba del escenario de una actriz como Marta”, dice. La misma confianza lo une a Krasutzky, de quien ya había hecho otra obra: “Cuando me hablaron de esta, ya sabía qué tipo de autor era Hernán”. ¿Y medio siglo de historia compartida ayuda a construir un matrimonio de tantos años sobre las tablas? “Supongo que el personaje está escrito para gente adulta como nosotros, y eso hace que lo comprendamos más”, ensaya.
La gira, aclara, no es de fin de semana: “Ahora estamos en el norte. Salimos de casa el viernes y volveremos recién el martes que viene. A veces es toda una semana y a veces hasta 15 días”. Pero no se queja. “El actor necesita estar en actividad permanentemente. Y el público, por su simpatía, su cariño, su demostración de afecto, hace que uno tenga esas ganas. Esa es la magia que tiene el teatro”. Más aún cuando, como lamentó, “ya no hay ficción en la televisión”.
“En una historia de amor los autores pueden hacer uso de la intriga, que es lo que hacíamos en las novelas de antes: había imposibilidades para que la pareja se juntara”
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