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BTS en La Plata La ingeniería detrás la euforia

Antes de que suene el primer acorde en el Estadio Único, más de 160 toneladas de equipos audiovisuales, un escenario inspirado en un palacio de Seúl y un ejército de técnicos ya habrán cruzado medio mundo. Detrás de los tres shows del grupo surcoreano hay una gira que rompe récords de Billboard, presidentes que negocian entradas por carta y un país que convirtió su cultura en política de Estado

Por Redacción

Hace quince años, el Estadio Único recibió una nave espacial: la “garra” de U2, aquel escenario circular plantado en el medio de la cancha que dejó a medio La Plata mirando hacia arriba. Ahora la escena se repite con otro idioma. El 21, el 23 y el 24 de octubre, BTS desembarca con su gira Arirang y otro escenario de 360 grados.

Pero lo que el público verá durante dos horas y media es apenas la punta de un iceberg logístico que viaja en cajas, se arma en grúas y se mide en kilómetros.

El escenario no tiene frente. Es una X que atraviesa el campo de juego y que, vista desde un dron, dibuja la bandera surcoreana: el círculo central representa el Taegeuk, el símbolo del yin y el yang, y las cuatro pasarelas que corren hacia las tribunas son los cuatro trigramas que lo rodean. Arriba, el techo reproduce la línea del pabellón Gyeonghoeru, del Palacio Gyeongbokgung de Seúl, y desde las cámaras aéreas la silueta coincide con el logo del grupo. El diseño es obra de Guy Carrington y Florian Wieder.

Los números de la estructura, difundidos por el diario coreano Chosun Biz, explican por qué cada estadio que la recibe queda fuera de servicio durante semanas: una torre principal de 14,7 metros de alto, una plataforma central de 17 metros de ancho, pantallas LED que suman más de 50 millones de píxeles, 9,5 kilómetros de cableado y una demanda eléctrica de 9.660 kVA. Sólo el equipo audiovisual pesa 164.500 kilos y se reparte en 2.295 cajas de transporte. Para el estreno en Corea, en abril, trabajaron más de mil técnicos llegados de diez países.

El peso total es otra historia. En Chile, un funcionario del Instituto Nacional de Deportes advirtió que el césped del Estadio Nacional nunca había soportado 600 toneladas, y el organismo negó el permiso para los tres shows de Santiago, cuyas 180.000 entradas ya estaban vendidas. Hubo protestas de fans frente a La Moneda, intervino el Ejecutivo y diecinueve días después llegó la autorización, con una condición: que las grúas operaran desde la pista de atletismo para que ninguna máquina pisara el pasto. En Bogotá, El Campín quedó cerrado al fútbol entre el 23 de septiembre y el 16 de octubre por un doblete de BTS, y la final de ida de la liga femenina se quedó sin sede.

¿Cuánto cuesta todo esto? Nadie lo dice. Billboard, que audita la recaudación de las giras, aclara que los gastos de producción, personal, transporte y alquiler de estadios corren por cuenta separada y no se publican. Lo que sí se conoce es del otro lado del mostrador.

La máquina de recaudar

La gira Arirang arrancó el 9 de abril en Goyang, Corea, y está prevista hasta marzo de 2027: 88 funciones en estadios de Asia, América, Europa y Oceanía. Antes de que empezara ya había agotado sus 41 fechas en Norteamérica y Europa, con casi 2,4 millones de entradas vendidas.

Las cifras de Billboard dan vértigo. En agosto, BTS recaudó 171,7 millones de dólares y vendió 801.000 entradas en doce shows: el segundo mejor mes en la historia del ranking, apenas por detrás de Beyoncé en agosto de 2023. Por función, el grupo promedió 14,3 millones de dólares, más que la propia Beyoncé. A fines de septiembre la gira superó los 500 millones de dólares acumulados: es la primera vez que un grupo pop alcanza esa marca, y apenas la séptima gira de un grupo en lograrlo. Las seis anteriores pertenecen a bandas de rock.

Y todavía faltan unas cuarenta fechas, catorce de ellas en Sudamérica.

Si la recaudación muestra la escala, las filas virtuales muestran la desesperación. En México, 1,1 millones de personas se anotaron en la sala de espera de Ticketmaster para tres shows en el Estadio GNP, y las entradas se agotaron en 37 minutos. En Brasil, la preventa para los tres conciertos en el Morumbi reunió a 630.000 personas en dos días, una demanda que la ticketera calculó en más de 1,2 millones de entradas: quince estadios llenos. En Colombia hubo más de 300.000 personas haciendo cola digital por unas 41.000 entradas por noche.

En Argentina, la demanda obligó a sumar una tercera fecha a las dos originales, y una petición online que pedía prioridad para compradores locales superó las 45.000 firmas. La euforia fue importante, e incluso ya en septiembre algunos fans querían empezar el acampe (la ARMY argentina pidió no acampar), pero todavía quedan algunas entradas sueltas, y también los costosísimos paquetes VIP. El Concejo Deliberante de La Plata declaró al grupo huésped de honor por unanimidad, y el intendente Julio Alak se reunió con hoteleros para coordinar alojamiento y controlar precios.

Pero más profundo fue lo que ocurrió en México: la fiebre escaló a la diplomacia. En enero, la presidenta Claudia Sheinbaum contó en su conferencia matutina que le había escrito al presidente surcoreano Lee Jae-myung para pedirle más funciones: un millón de jóvenes querían entrar, explicó, y había lugar para 150.000. Lee contestó que agradecía el interés y que había contactado a la productora. En mayo, BTS fue recibido en el Palacio Nacional, unas 50.000 personas llenaron el Zócalo para verlos saludar desde el balcón y Sheinbaum anunció que volverán en 2027. No es casual: México es el quinto mercado del k-pop en el mundo por streaming y, según Spotify, el país que más escucha a BTS.

Detrás de la euforia, la plata circula. La cámara de comercio de la capital mexicana estimó que los tres shows dejarían 1.861 millones de pesos, unos 107 millones de dólares. Bogotá calculó un movimiento de 99.000 millones de pesos colombianos, unos 25 millones de dólares, con casi uno de cada cinco tickets comprado desde el exterior, un fenómeno que también pasó para los shows platenses (aunque no tanto como con la visita de Taylor Swift, donde ante la compra de un alto volumen de entradas desde Chile las “swifties” locales decidieron agotar los vuelos a Argentina para frenarles el acceso).

En Lima, donde 151.500 personas vieron los tres conciertos, el ministerio de Turismo proyectó casi 19 millones de dólares sólo en gasto turístico, y Ecuador, que no tiene fecha propia, encabezó la lista de visitantes extranjeros. Hasta la hotelería de Madrid lo registró: el primer show de junio llevó la ocupación de la ciudad al 89,5%.

Lo que se espera en La Plata, en suma, no es un recital: es una mudanza regional.

El precio de la ausencia

Parte de la explicación del fenómeno está en lo que no hubo. Entre diciembre de 2022 y junio de 2025, los siete integrantes cumplieron, uno tras otro, el servicio militar obligatorio que la ley surcoreana impone a todos los varones, sin excepciones para las estrellas pop. El grupo no salía de gira desde Permission to Dance on Stage, un ciclo de apenas doce shows entre 2021 y 2022 en Seúl, Las Vegas y Los Ángeles. Casi cuatro años de abstinencia para un fandom, el ARMY, que funciona como una organización global con capacidad de movilización propia: el título de huésped de honor platense, por ejemplo, nació de una campaña de meses de la comunidad local de fans.

El regreso se diseñó como un acontecimiento nacional. El disco se llama Arirang, como la canción folclórica de la que existen miles de variantes y que funciona como un himno no oficial de las dos Coreas. Se presentó con un concierto en la plaza Gwanghwamun, a la sombra del palacio Gyeongbokgung. Y en julio, el grupo cantó en el entretiempo de la final del Mundial en Nueva Jersey, la que Argentina perdió con España.

Para entender el andamiaje de ese éxito hay que ir de lo particular a lo general, y de La Plata a Seúl. Hay una anécdota que los coreanos repiten como mito fundacional: en 1994, un informe al presidente Kim Young-sam calculó que “Jurassic Park” había generado tantas ganancias como la venta de un millón y medio de autos Hyundai. Tras la crisis financiera de 1997, el gobierno de Kim Dae-jung tomó nota y empezó a financiar la industria cultural como se financia una industria pesada. Treinta años después, la apuesta es explícita.

En 2026, el Ministerio de Cultura coreano maneja un presupuesto de 7,86 billones de wones, unos 5.200 millones de dólares, un 11,2% más que el año anterior; la partida para la industria de contenidos creció un 27%. Además, el Estado lanzó un fondo de inversión de 730.000 millones de wones para el sector, el mayor de su historia. El ministro Chae Hwi-young habla de pasar de una lógica de “apoyo” a una de “inversión”. Las exportaciones de contenidos (música, series, juegos, películas) alcanzaron un récord de 14.900 millones de dólares en 2025, y si se suma lo que el gobierno considera arrastre cultural (cosmética, comida, moda, turismo), la llamada “K-culture” exportó 71.800 millones: el tercer rubro del país, detrás de los semiconductores y casi a la par de los autos. La meta para 2030 es 110.000 millones. Sin esa industria, no se puede entender el fenómeno global de BTS y el k-pop.

La industria que vive de esa ola es, al mismo tiempo, una maquinita de hacer plata y una picadora. HYBE, la empresa detrás de BTS, facturó en 2025 un récord de 2,65 billones de wones, unos 1.860 millones de dólares, con los conciertos creciendo un 69%. Pero su ganancia operativa cayó un 73% por el costo de lanzar nuevos grupos y reestructurar su negocio en Estados Unidos: fabricar ídolos es caro, y la mayoría no llega. El sistema de aprendices recluta adolescentes, a veces niños, y los somete durante años a entrenamientos de canto y baile, dietas extremas y contratos leoninos. En el libro “K-pop, ídolos en el país de las maravillas”, la periodista Jeon Da-hyeon recoge el testimonio de una empleada de una agencia según la cual ocho de cada diez aprendices mujeres dejan de menstruar. Hay abandonos, también casos de burn-out y crisis de salud mental entre los que intentan alcanzar la fama. Desde enero de 2026 rigen nuevos contratos estándar, la última de una larga serie de reformas que empezó con el escándalo de los “contratos esclavos” de TVXQ, que en 2009 denunció haber firmado por trece años.

Ese es el andamiaje completo. Un Estado que invierte, un conglomerado que fabrica, un ejército de fans que compra y un público latinoamericano que hace cola virtual de madrugada. El escenario que se levanta en el medio del Estadio Único es su metáfora más literal: un palacio coreano de 14,7 metros, armado con grúas, alimentado por kilómetros de cable y pensado para que nadie, en ninguna tribuna, quede de espaldas a Corea.

BTS desembarca en la Ciudad este miércoles, el primero de tres recitales que brindarán en el Único

En la ausencia se entiende el furor: BTS se separó en su mejor momento para hacer el servicio militar

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